lunes, 6 de julio de 2026

Orilla del mar - Véronique Olmi

 


Si los libros pudieran clasificarse según si necesitan darte una somanta de palos para dejarte molido o si son capaces de mandarte al otro barrio de un solo puñetazo, «Orilla del mar» destacaría entre estos últimos. Un libro tan bueno y breve como emotivo y duro.

No te repones de su lectura. Cada vez que lo recuerdas, te cambia la cara.

La historia es breve, simple, sencilla, y tan intensa y verosímil que, tras leerla, averiguar que se basaba en un caso real no me añadió ninguna certeza. Mientras la lees sabes que no estás ante nada que no haya sucedido en cualquier lugar del mundo y que vuelve a ocurrir constantemente cuando no en un sitio, en otro. Y eso te estremece tanto como la conciencia de tu falta de atención hacia estas situaciones.

La novela comienza con una mujer y sus dos hijos en un autobús de línea. Stan tiene nueve años y el lector pronto comprende las razones de su evidente madurez y de su permanente alerta teñida de tristeza. Kevin, que solo tiene cinco, aún sigue siendo un niño. Bueno, niños son los dos, pero nos entendemos.

La diferencia entre ambos es que Stan ya ha vivido lo suficiente como para ver más allá de lo inmediato. Y ve muy bien. Tanto que esa visión determina su carácter y, también, explica su postura en el abrupto final de esta historia. De hecho su postura ante ese final es de una tristeza abrumadora.

La madre es una persona impotente, desorientada, que ha perdido el norte hace tiempo por no saber cómo hacer frente a la penuria. Cada camino que toma es equivocado porque la razón para tomarlo es solo que todo lo distinto parece una escapatoria. Pero no son caminos. Son agujeros. No la ayuda mucho los problemas psiquiátricos que se adivinan: lo bastante severos para provocar su impotencia, pero no tanto como para que no sea consciente de ellos. Sufrimiento al cuadrado.

    El amor siempre es algo presente que solo se concibe relacionado con el futuro, incluso cuando el objeto del amor es algo pasado. Y esto es aún más cierto en el caso del amor hacia los hijos, cuya vida ha de exceder la nuestra y llevarse nuestro amor como compañía. Por eso, cuando una madre no es capaz de dar un futuro a sus hijos el sufrimiento es atroz. Es como no poder entregarles su amor, o como si su amor fuera impotente. Cómo no culparse, si además se sabe trastornada. Cómo no intentar expresar su amor de cualquier manera.

    Está anocheciendo, hace frío y diluvia. Es invierno. Pero la familia va de vacaciones, decía. ¿Vacaciones? Enseguida el lector se da cuenta de que algo no cuadra: los niños han tenido que dejar las clases porque su madre, que es quien narra la historia, se ha empeñado en regalarles unas vacaciones para que por primera vez vean el mar. Tiene algo de simbólico, ¿verdad? Ver la inmensidad frente a la estrechez del día a día. La inmensidad como esperanza de que hay futuros más allá de lo inmediato. La inmensidad como reflejo de ese amor que se desea dar. Pero, a la vez, demuestra la pobreza: hoy, que tan sencillo es moverse de un lado a otro, ir y venir en un tren o en un autobús, ya quedan pocas personas que no hayan visto el mar. Por eso la vida de Stan y Kevin parece atravesar los siglos y provenir de una pobreza antigua, que ha existido siempre; dos eslabones más en la infinita cadena de seres humanos desgraciados que jamás han tenido una oportunidad. Pero la orilla del mar simboliza algo más. Algo que se comprende al terminar la novela y que tiene que ver con el infinito. Con huir a él. Con refugiarse en él. Pronto se comprende que esas insólitas vacaciones son también una huida hacia delante, la única birria con que la madre ha sido capaz de intentar paliar su sentimiento de culpabilidad por no haber podido darles nunca nada, más que la más triste precariedad. La madre quiere que sus hijos sean como todos y al intentarlo evidencia la imposibilidad de que así sea, porque no tienen un céntimo. Hasta comer resulta humillante por cómo deben contar el dinero y por lo poco que se pueden permitir. En algún momento, incluso, parece que más que unas vacaciones son una huida disfrazada, un engaño para dejar todo atrás sin que los niños protesten. Y algo de eso hay. La escasez se hace patente a través de muchas otras maneras. Kevin y Stan tienen por sueños imposibles lo que para la mayoría de los niños son menudencias superfluas. El trío se aloja en un hotel infecto en una localidad triste, gris, sin atractivo para nadie, en un sexto piso sin ascensor, en una habitación sin cuarto de baño y tan minúscula que no caben. Ahí están los tres en la magnífica y terrible portada de Elisa Arguilé. Los tres en una misma cama. Casi sin sitio para caerse. Un modo de simbolizar su soledad hasta en lo material. Solo se tienen a ellos. No hay espacio para más. Apenas tienen lo puesto.

    La experiencia no depara la felicidad que la madre buscaba, sino que cada intención pone de manifiesto su penosa situación, a lo que ayuda no poco su falta de cabeza y, por supuesto, su nula experiencia en permitirse un capricho. Podríamos decir que todo es impotencia porque todo sale mal. Y no dramáticamente mal, sino mal por cuestiones banales que para ellos se transforman en montañas. Sin embargo alguna cosilla sale bien. Algún motivo tienen los niños para sonreír gracias al desordenado tesón de su madre. El único alivio que experimenta el lector es ver a Stan y a Kevin disfrutar de algún «gran» lujo.

    Bueno, piensas entonces, quizá las cosas no estén tan, tan, tan mal después de todo. Quizá la penuria deje un resquicio a la esperanza, y la esperanza a la dignidad. Quizá.

Es entonces, cuando ya nada queda por mostrar del desolador panorama de la familia, cuando llega el final y el puño que ha estado toda la novela balanceándose delante del lector le propina tal puñetazo que no ha de recuperarse jamás de la lectura de esta obra. ¿Qué es lo que has vivido? ¿Una reacción improvisada? No, mucho peor. Las vacaciones tenían un sentido. Salir por la puerta grande, aunque sea la de una una ratonera.

No te recuperas de este libro, digo, porque es tan fuerte la conciencia de que vivimos rodeados de tantas personas impotentes y desesperadas con muchos Kevin y Stan a su cargo que, si no nos interesamos por su particular «Orilla del mar» estaremos precipitando quién sabe cuántos desenlaces funestos. Todo lo que podamos hacer por mitigar la desigualdad es vida ganada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario