lunes, 17 de agosto de 2026

La casa limón - Corina Oproae

 




En la casa de color limón que da título al libro vivió en Rumania la familia de la innominada niña que nos cuenta la historia. La casa simboliza la libertad. La construyó su familia en un pasado más libre, en el que eran más felices, en el que podían decidir qué hacer con su vida. Era su casa, en ella vivían como y donde habían querido vivir… Hasta que el régimen de Ceaucescu los desalojó, la derribó y los envió a vivir en un pequeño piso en un edificio horroroso y masificado.

    La madre trabaja en un hospital. El padre en una planta química. La vida de la niña, que tiene su refugio en una cueva construida con libros bajo la mesa del comedor, transcurre entre las estrecheces causadas por el régimen y el temor a decir una palabra más alta que otra porque toda crítica hecha en cualquier ámbito -la escuela, el trabajo, la calle…-  puede deparar consecuencias funestas. Educar a los hijos en una dictadura es aún más complicado de lo normal, porque debes evitar que crean normal lo indigno, pero no puedes permitirte que, con su inexperiencia, se delaten y te delaten. Algo de esto saben los españoles más mayores.

    La acción transcurre mayoritariamente en los años 80, aunque va y viene en el tiempo, desde la infancia de la protagonista a su juventud e incluso a los primeros años de adulta. La mayoría de lo que cuenta son hechos, pero hay también ensoñaciones significativas. Su historia es la de su familia, que va más allá de sus padres y alcanza a tíos y abuelos; y también va más allá de la innominada ciudad transilvana donde viven (¿Făgăraș?), hasta alcanzar el mundo rural.

    Es una lectura agradable, porque lo duro se lleva con entereza, por el toque de nostalgia y melancolía, por el amor que se advierte al hablar de las vicisitudes de los padres, que no son pocas ni pequeñas. Es también una lectura profunda, porque revela el terror de un régimen dictatorial sin necesidad de mostrar episodios de represión, y lo es también por su alta carga simbólica. La casa limón que representa la libertad; el refugio construido a base de libros, representa a la cultura como lo último que puede salvarnos; la enfermedad del padre, que conocerá quien lea la novela, parece un corolario lógico al encarcelamiento mental a que somete toda dictadura; y el mundo del campo representa el pasado, como si el último reducto de la libertad fueran los recuerdos… Y, por último, la caída de Ceaucescu. Terrible. Magnífica. Hoy está aquí, al frente de la dictadura, creyéndose todopoderoso, y mañana, tras un juicio sumarísimo, yaces muerto en un rincón y la durísima dictadura parece haberse extinguido contigo. Tan fácil y tan difícil, lo cual hace todo más dramático. La ejecución, en entornos zarrpastrosos e inmundos, de criminales que tuvieron todo el poder y se rodearon de todo boato, de algún modo los reduce a lo que son, meros seres humanos, y con ello acentúa el horror de sus actos: ¿cómo alguien que era más que un ser humano más pudo causar tanto daño? La muerte de Ceacescu tiene algo de despertar de un sueño, de una pesadilla.

    Carina Oproae tenía 16 años cuando cayó Ceaucescu.





jueves, 13 de agosto de 2026

Dos tardes con Benito Pérez Galdós - Ignacio Martínez de Pisón

 



    Considerar a Ignacio Martínez de Pisón un magnífico escritor y ser devoto lector suyo no me impide decir que una cosa es que dominar el lenguaje te permita expresar y transmitir con estilo y eficacia las ideas profundas que todo buen escritor tiene, y otra que toda obra de un buen escritor sea interesante. Es el caso de este prescindible librín. Honra a Martínez de Pisón que él mismo lo reconozca: la suerte de refrito sobre Galdós de estas dos tardes tiene su origen en material reciclado que usó ya no recuerdo para qué cuenta, así que estas páginas, señala, solo merecerán el reconocimiento de quienes se interesen por lo que en aquel momento concreto le interesó a él.

    En definitiva, «Dos tardes con Benito Pérez Galdós» es un ejercicio de reciclaje que no se sabe muy bien qué pretende (o sí, pero de eso hablaré luego), que empieza en ningún sitio y recorre parte de los episodios nacionales para saltar luego, siguiendo un orden cronológico, a los episodios personales de Galdós desde su avanzada madurez hasta hasta su muerte. No soy capaz de decir qué sobra, pero si de saber que faltan muchas cosas. En resumen, un conjunto de ideas más o menos desordenadas y sin un objetivo claro, aunque la maestría de Martínez de Pisón permita leerlas con mayor sensación de continuidad de la que de verdad hay.

    El lector ya se puede oler el mejunje tras la breve introducción de Sergio del Molino, quien parece ser el poco esforzado padrino el invento. Toda una amable y sonriente declaración de intenciones, un acariciar el lomo del cliente con tono de vendedor de enciclopedias (que no pueden faltar en tu casa para evitar que tus niños sean unos zoquetes), que viene a decir que esta colección hay que tomársela muy en serio, mucho, pero no te asustes porque como son cositas para leer en dos tardes tampoco hay que esperar prodigios ni requieren esfuerzos intelectuales fuera de tu alcance. O sea, es profunda y simple, la cuadratura del círculo, una enciclopedia al alcance de los niños (y de los tontos como tú), pero también es rigurosa porque con ella la prole sabrá un porrón (y tú podrás aparentar que no eres un ignorante). Adaptado al presente se deduce que esta colección es ideal si quieres ser un avisadillo, que en este instagramático mundo es de lo que se trata. Pero, claro, una cosa es que en dos tardes uno no vaya a hacerse un experto en nada y se conforme con un endeble barniz, y, otra, que para eso uno esté dispuesto a tragarse cualquier reciclado, como si tampoco a los autores se les hubiera exigido mucho más de las dos tardes que se le prometen al lector.

    En resumen, da la sensación de que este invento está más vinculado al pasar por caja que a la concisión rigurosa. Que de los cuatro libros que he localizado en la colección al menos dos los firmen autores que parecen tener una relación más o menos amistosa con el organizador del asunto tampoco me inspira demasiada confianza. 

    Termino con una reflexión: me siento capaz de escribir (aunque en bastante más de dos tardes) «Dos tardes con Andrea Camilleri». Me lo pasaría en grande y estoy convencido de que el resultado sería bueno. Pero también creo que nadie que lo leyera podría decir que había estado dos tardes hablando con Camilleri, sino conmigo hablando de don Andrea. Esto es que lo pretende esta colección, supongo que por razones comerciales. Quiero decir que hay un doble gancho: el del autor celebérrimo analizado (a quien no lo examina un experto en él) y el de autor contemporáneo y conocido que tiene su propio público. Si no pica el devoto de Galdós, que pique el de Martínez de Pisón. Un autor conocido hablando de un autor célebre. Esa es la fórmula que se repite en esta colección. Una mezcla que se da cada vez más en todo el mundillo cultural porque suele preocupar más lo crematístico que lo artístico. Así que olvidad mis tardes con Camilleri: ni yo soy conocido ni sabemos aún si él pasará a la historia.




lunes, 10 de agosto de 2026

Todos aman a Clara - David Foenkinos

 


David Foenkinos tiene una habilidad portentosa para sintetizar una cantidad ingente de asuntos en textos breves que no pierden cercanía ni detalle. Crea mundos con dos pinceladas.

Por eso, tras leer este libro te das cuenta de que la sinopsis era solo un aperitivo. Hela aquí: «Alexis Koskas tiene un trabajo respetable en un banco privado y una hija adolescente a la que adora, Clara. Cuando la joven sufre un accidente que la deja en coma, la vida de Alexis da un vuelco. Mientras retoma el contacto con su exmujer durante las visitas al hospital, se embarca en un proceso de escritura para intentar aliviar el dolor. Pero las consecuencias del accidente van más allá cuando Clara despierta y no es la misma»

Bueno, pues y un jamón.

La historia es mucho más. Es lo que cuenta la sinopsis, pero también lo de antes, que hay bastante, y lo de después, que hay mucho más. Lo que ha llevado a cada uno a ser quien es y cómo es, y cómo cambian las personas cuando cambian las circunstancias. Es la historia del padre de Clara, de la madre, de la propia Clara, del resto de amores, de la opulenta clienta de un banco, de…

Y, sobre todo, es mucho más que la digestión de un accidente de consecuencias dramáticas. Es lo que conduce a él y las horrorosas emociones que suscita, son sus consecuencias, es el cambio que produce las personas, es el futuro que sigue a todo eso, es una historia que navega en un barco con el nombre de un personaje y que, de pronto, cambia a otro barco con otro nombre y otros rumbo porque al primero ya le tocaba echar el ancla.

Esto provoca, también, que a veces los texto de Foenkinos, y en especial este, parezcan un poco desorientados, como carentes de finalidad, porque comienzan apuntando a un objetivo y al final persiguen otro, pero es una sensación engañosa. Lo que pretenden transmitir, y lo consiguen, es que la vida es sorprendente hasta para las existencias más grises.

Por eso, lo que cualquier de nosotros tendría por tremebundo drama, ¿quién quiere tener un hijo en coma durante un tiempo indefinido tras un grave accidente, sin saber si sobrevivirá o no?, acaba teniendo consecuencias completamente inesperadas. Algunas derivan del cambio que los acontecimientos provocan en las prioridades y necesidades de cada cual. Y otros, algo forzados… Bueno, quien lea esta sorprendente historia sabrá a qué me refiero.

Y sabrá entonces, también, que en esta historia hay dos historias separadas por un punto de inflexión, que la primera es real y puede sucedernos a cualquiera y la otra, en cambio, enlaza con todas esas historias que no le ocurren a nadie pero que todos conocen y, algunos, creen posible que alguna vez las puedan experimentar: la vida soñada.

No puedo decir más sin reventar lo que la sinopsis ha querido callar. Solo añadiré hay que una cosa en común entre ambas historias:  todos aman a Clara.

También tú lo harás.


jueves, 6 de agosto de 2026

Momentos estelares de la humanidad - Stefan Zweig

 


¿Quién no ha pensado alguna vez que su vida ha dependido de una nimiedad? Estar o no en un sitio en un segundo concreto a veces es la diferencia entre vivir o morir, o entre conocer a alguien o no, o entre que encontremos o no la oportunidad que nos cambiará la existencia. Esos instantes trascendentales son fruto del azar la mayoría de las veces y, el resto, lo son porque tomamos una decisión consciente, que no es lo mismo que reflexionada. La decisión de hacer algo o no hacerlo, la de hablar o callar. Cada elección tiene consecuencias. Cada azar, también. Algunas, sin posibilidad de preverlo, las disfrutamos o sufrimos de por vida. 

    Por supuesto, cuando uno se ve envuelto en algún acontecimiento histórico los azares que le afectan y sus decisiones trascienden su persona, hasta el punto de que cualquier estupidez se puede proyectar en la historia durante años o incluso siglos. Lo que se perdió en una hora no se ha de recuperar en mil años, dice Zweig al hablar de que la toma de Constantinopla se decidió, según el mito, porque alguien olvidó cerrar una puertecilla secundaria en la muralla. ¿A qué se pudo deber? ¿Un despiste por andar pensando en cualquier cosa? ¿O por las prisas del asedio? ¿O porque se puso a orinar y se le fue el santo al cielo? Un tonto descuido que, de ser cierto, cambió la historia del mundo.

    Lo que hace Stefan Zweig en este libro es elegir unos cuantos momentos históricos en los que, según él, sus protagonistas se vieron en la tesitura, voluntaria o no, consciente o no, de dar al futuro colectivo un rumbo u otro, y novelarlos. El libro resulta apasionante no tanto por la fidelidad histórica, en la que no hay que confiar ni un pelo, sino por el modo en que Zweig transmite la intensidad del momento visto a través de su rica imaginación. La cosa tiene truco, claro. Él, el narrador, escribe desde el futuro posterior a sus personajes; por tanto es consciente de cuanto estaba en juego en cada instante, mientras que los novelados no siempre lo están. Esto le permite a Zweig rodearlos de un dramatismo que a menudo ellos no sienten, o inventar una psicología que no tuvieron por qué tener. El resultado histórico es una memez que ejemplifica los peligros de la novela histórica al tiempo que reivindica la historia como fuente de inspiración, porque el resultado literario es exquisito por su fuerza dramática. Esta es la razón de que todos los personajes sean, a su modo, excelsos. Algunos son grandes por la inherente grandeza de su alma, y otros, paradójicamente, por su mediocridad elevada a canon. Para Zweig son símbolos andantes.

    Bueno, ¿y qué aventurillas nos cuenta Zweig? Muchas. Alrededor de una docena más o menos ordenadas cronológicamente. Todas independientes.

    La reacción de Cicerón cuando se vio, a la vejez, fuera del juego político y forzado a descubrirse a sí mismo y a decidir qué quería hacer con sus últimos días.

    La caída de Constantinopla en 1453.

    La historia de Vasco Núñez de Balboa, un piernas que, huyendo hacia delante, quiso salvar el pellejo con un osado mecanismo: pasar a la historia. Esto lo llevó a «descubrir» el Océano Pacífico. O no.

    Cómo Händel pasó del patatús y casi la retirada del mundo a componer algo sublime: «El Mesías».

    Cómo Goethe venció a la vejez sublimando el dolor en poesía.

    El contraste entre el grandioso simbolismo de «La Marsellesa» y la mediocridad y oscuridad de su compositor, que solo tuvo un momento brillante en la vida, insuficiente para alcanzar él la celebridad de su obra.

    Cómo unos momentos de indecisión del Mariscal Grouchy pudieron decidir la batalla de Waterloo y con ella el futuro de Europa.

    De millonario a pringao por exceso de riqueza. La historia de John Sutter, dueño, muy a su pesar, de El Dorado

    Dostoievski se enfrenta al pelotón de fusilamiento. ¿Qué hubiera sido de la literatura sin él?

    Lenin, o las circunstancias que permitieron a un anónimo ruso exiliado en Suiza retornar en un tren sellado y cambiar el rumbo de la historia.

    Cyrus W. Field cambia el mundo con un cable submarino intercontinental, pasando las aventuras del patito para tenderlo. O dicho de otro modo, el hombre que hizo desaparecer las distancias.

    León Tolstói, a las puertas de la muerte, con una obra colosal y la admiración de todos, averigua qué quiere ser de mayor.

    Morir para ser un segundón. La aventura de Robert Scott en la Antártida. La escasa diferencia entre el héroe y el fracasado.

    Woodrow Wilson, o cuando el idealismo bienintencionado acaba empeorando las cosas.

    En las últimas décadas Stefan Zweig ha adquirido una fama portentosa. Los lectores que lo adoran son legión, casi una plaga, supongo que por la mezcla de pasión y sensibilidad que pone en sus escritos, por el lenguaje culto, emocionado, a menudo exaltado y florido con que contagia su fervor. Sin embargo, aunque reconozco que escribe fabulosamente y admito su capacidad para emocionarnos contando la historia de una ardilla, a veces me ha parecido empalagoso. Por suerte, no ha sido así en estos «Momentos estelares de la humanidad», que para muchos pasa por ser su mejor obra. Su momento estelar. No para mí, aunque me ha gustado mucho y la he disfrutado.

    Para terminar, una broma: de haber escrito yo este libro, lo hubiera comenzado describiendo la cara de Adán en el momento en que Eva la plantó la manzana en las narices. Luego hubiera desarrollado con todo dramatismo y pasión cuanto pasó por la cocorota del pobre hombre hasta que aceptó hincarle el diente quién sabe si para no contrariar a Eva. Es decir, quizá lo hizo porque temió más a ella que a Dios. ¿O temió a la soledad, dado que Eva era su única compañía? ¿Qué pasaría por su cabeza? Se vería a sí mismo allí, con la puñetera manzana en la mano pudiendo ponerse ciego de higos, nueces, mangos, piña o chirimoyas, quizá saciado y con dolor de tripa tras un atracón de melón, dudando de si atizar un bocado a la jodida manzana para tener la fiesta en paz con su única compañía; quizá pensando que Dios tampoco había de liarla pese a las advertencias; a fin de cuentas, a Él qué más le daba. ¡Si siendo todopoderoso podía enmendar cualquier realidad que le disgustara! Total, que atizó el bocado ¡y menuda la que lió el pollito! Momento estelar no sé, pero estrellado...


lunes, 3 de agosto de 2026

Grandes promesas - Pierre Lemaitre

 


Qué agradecido estoy a Pierre Lemaitre, aunque no por el primer libro suyo que leí, «Vestido de novia», que de tan inquietante lo pasé mal, sino por su trilogía de «Los hijos del desastre» y, enlazada con ella, la tetralogía «Los años gloriosos», que termina con la novela que con estas líneas reseño: «Grandes promesas».

Las siete obras forman una saga monumental, intensa, entretenida, casi siempre divertida incluso en lo malo (por lo que de estrafalarios y chapuceros tienen los personajes más egoístas), siempre un poco loca porque nada es tan serio como aparenta, y que se apoya en cómo afectaron a una generación las dos guerras mundiales  (la trilogía «Los hijos del desastre») y las dos décadas y media de desarrollo posterior (la tetralogía «Los años gloriosos»). Lemaitre escribe logrando agilidad a través de la eficacia expresiva y el ahorro de recursos, consiguiendo dar panoramas generales salpicados con digresiones tan rápidas que no interfieren en el argumento, y con una sensación de solvencia que deriva del dominio del lenguaje, la estructura y los tiempos.

El título, «Grandes promesas», alude a las extraordinarias perspectivas de crecimiento que hubo en los años sesenta y que se truncaron repentinamente en 1973. Europa occidental avanzaba a velocidad de vértigo devorando bienes de consumo novedosos y atreviéndose con las faraónicas obras públicas precisas para adaptarse a los tiempos, como la circunvalación de París, que tanto juego da en esta obra.

No aconsejo leer estas siete novelas en otro orden que no sea el de su publicación. Así, quien llega a estas «Grandes promesas» ya sabe lo qué ha sido del patriarca de la familia Pelletier, qué fue de uno de sus hijos, y cuáles han sido las andanzas de su ya anciana esposa y del resto de su descendencia. Con el paso de los años el elenco de personajes ha ido envejeciendo o madurando y, ley de vida, se ha ido reduciendo. Jean, arrastra un secreto que comparte con el lector y que, por sentido común, no puede acabar nada bien. Y más cuando ya sabemos que, en la novela anterior, su hermano menor, François, andaba con la mosca tras la oreja.

El secreto lo conocen los lectores de las tres novelas anteriores, pero por si acaso alguien lee esta reseña antes de leerlas diré, sin desvelarlo, que es morrocotudo, de los que aniquilan todo.

Por eso el papel que juega François en esta ocasión el de investigador. Lo impulsa su curiosidad, lógica en un periodista aunque no actúe ya como tal. Y acabará metido en un dilema colosal. Jean, por su parte, sigue dejándose arrastrar por su esposa, la extravagante, ambiciosa y mal bicho Geneviève. La vida de la familia se transforma así en el hilo argumental de la novela, cuando en las anteriores era una especie de subtrama o telón de fondo. Ahora no. Ahora esa subtrama pasa a ser lo principal. Por fin se resolverá un asunto que lleva tres novelas coleando. Ese es el argumento, y el resto es lo que pasa a ser colateral. Los hijos de Jean y Geneviève, Colette y Phillipe, siguen siendo comodines que conmueven al lector, que admira a la niña y se solidariza con el niño.

Jean, el torpe hijo mayor de los Pelletier, sigue siendo un empresario de éxito. Quién lo iba a decir. Su extravagante y malévola esposa, Geneviève, sigue acomplejada por su espíritu pequeñoburgués, y no ceja en el empeño de sobresalir, de ser más, y más, para lo cual viene de perlas el entorno económico y social que antes he mencionado, la época de grandes oportunidades, con la economía a toda máquina y en pleno desarrollo de bienes y servicios nunca antes imaginados. Esta es una de esas historias ahora colaterales.

Otra es la de François, que de periodista ha devenido escritor de éxito, lo cual le permite tener nuevas costumbres y otras tantas libertades.

Y, por último, está la historia de un humilde agricultor de ascendencia española, que le permite a Lemaitre dos cosas. La primera, ofrecer la otra cara de las «Grandes promesas», es decir, la de los damnificados por las economías de escala. Y, por otra, le suministra un personaje y una excusa que le viene de muerte para zanjar la tetralogía de un modo original y al mismo tiempo sencillo.

    Qué bien lo he pasado.

¿Qué más queréis que os diga? Leed estas siete novelas en un plazo no muy largo, un par al año, empezando por la primera, todas en orden, para terminar con esta. Mi «gran promesa» es que no os arrepentiréis.