lunes, 6 de abril de 2026

Cuando el toro se llama Felipe - Rafael Azcona

 


Las corridas de toros me parecen una aberración impropia de los valores que deseo para la sociedad. Como somos muchos quienes así pensamos confío en que su fin llegará antes o después de un modo natural. Por evolución. Solo cuando sus defensores sean ya una ínfima minoría las corridas recibirán el empujoncito de la prohibición. No es un deseo, sino una previsión a largo plazo. No creo realista abogar por la prohibición inmediata urbi et orbi porque la fiesta nacional es cada vez menos representativa del sentir nacional pero aún tiene suficiente apoyo social.

Esto es lo único que he pensado de los toros desde que la memoria me alcanza (porque es un tema que no me interesa ni cuando algún diestro ha abierto el pico para demostrar las limitaciones de su cerebro con argumentos lastimosos) y, por tanto, es lo que me he limitado a decir en las infinitas ocasiones en que el asunto ha salido en las situaciones más variopintas. Por eso jamás me había parado a pensar en la casi nula trascendencia literaria del toreo. Es cierto que hay novelas sobre este mundo, pero solo vienen a mi cabeza una de Blasco Ibáñez y dos o tres de Hemingway. Muy, muy poco. No es que haya huido del tema, es que ni siquiera recuerdo haber tenido ocasión de hacerlo. Que la huella de los toros en la literatura sea tan minúscula y me atrevo a decir que tan decreciente desde hace ya décadas es indicativo del significado intelectual del asuntillo y de que la tendencia que deseo es un hecho. 

Toda esta filípica viene porque «Cuando el toro se llama Felipe» es la primera novela que recuerdo haber leído sobre el mundo de los toros. Y, además, no es precisamente una elegía, sino una parodia en la que nadie sale bien parado. Que el texto vaya dedicado al difunto toro ya es revelador.

    No he podido fechar la obra. La editorial dice que es de los primeros textos largos del autor, lo que lo situará en la segunda mitad de los años 50. Rafael Azcona nació en Logroño en 1926.

«Cuando el toro se llama Felipe» juega con diferentes tópicos y, sobre todo, con la certeza de que la afición a los toros es emocional y no racional, como ocurre con el fútbol y ya también con la política. El resultado favorece la parodia, porque lo emocional se lanza de cabeza a regocijarse con tópicos, ideas preconcebidas y prejuicios, pero la cruda realidad interfiere colocando obstáculos en los que no tropezaría la racionalidad.

España. Años 50. Don René está obsesionado por los toros y quiere que su hijo a punto de nacer sea matador. Pero, ¡ay de él! ¡Cómo va a ser torero alguien nacido en Logroño y no en el corazón de Triana! Un torero de Logroño no tiene ningún pedigree, es como ser esquimal en el Caribe. Con la esperpéntica resolución de este desaguisado comienzan los despropósitos.

La acción es por completo caricaturesca, de todo punto irreal pero con verosimilitud, que es lo que se pide a cualquier novela. La verosimilitud la alcanza porque Azcona no disimula lo hiperbólico. Desde la primera línea el lector espera cualquier ocurrencia, cualquier barbaridad por estrafalaria que sea, y todas le harán sonreír. Desde el modo en que se recluta a la afición hasta los primeros pinitos en un improvisado coso en el comedor de un piso o el alquiler de un chico-toro, todo es una divertida secuencia de disparates.

A medida que el maestro deja el biberón y comienza a crecer queda patente que una cosa son los designios de don René y otra la voluntad del niño, que, para colmo, lleva gafas (¿Cuándo se ha visto un torero con gafas?), lo que introduce en la historia otra derivada: las relaciones paternofiliales cuando los padres consideran a los hijos una prolongación suya. ¿Hay manera más eficaz de hacer desgraciado a un hijo?

El caso es que Rafael (o, mejor dicho Rafaé), que así se llama el, ejem, maestro, tiene unas dotes para el toreo tan malas como buenas son sus intenciones hacia el toro. Además, ¿qué bicho viviente va a dedicar su juventud a pensar en cuadrúpedos cornudos, pulgosos y de mal genio, mulas malolientes, banderillas afiladas, capotes y cuadrillas achaparradas cuando al alcance de la mano está el amor? ¡Ay, el amor!

Con estos ingredientes Azcona teje una historia divertida (sobre todo al final) pero un tanto irregular, porque los orígenes del asunto y la evolución del diestro hasta la juventud son algo que parece encarrilado hacia la resolución de la duda de si Rafael hará algo o no en la tauromaquia, pero en un momento dado el centro de la acción gira y el toreo se convierte en circunstancia determinante de algo que nada tiene que ver con él y que aparece ya tarde en la novela.

Ambas partes tienen además un problemilla: la acción avanza a trompicones, como secuencia de anécdotas cuya única relación entre ellas es que las primeras sirven de base a las siguientes, pero sin relación de causalidad.

La narración corre a cargo de un testigo presencial que en realidad no siempre lo es: un tal Vicente, que se da a conocer dando cuenta de algo muy atípico para la época, a lo que volverá al final. Vicente -nada que ver con el repelente niño Vicente, también de Azcona- se ve envuelto en el desarrollo de la carrera de Rafael, y tanto los une esa circunstancia que acaban siendo dos probos… Bueno, no digo más. El caso es que comparten destino, que es la mejor manera de que surjan desavenencias. El problema, el problemón, es el que permite el desenlace de la novela al hilo de un topicazo de la época del que solo voy a dar un dato: es mujer. El entorno social está ligado a los valores más rancios del momento; tanto han cambiado que verlos ahora exagerados para parodiarlos casi resulta violento. Pensad, también, que la identificación de las corridas de toros «con lo español» propició la defensa y promoción de la tauromaquia por el franquismo, a fin de cuentas un régimen nacionalista. Por eso el libro también puede ser entendido como una burla a «lo españolazo» ya que don René chapotea en el ridículo debido a su convencimiento de que nada hay más importante que los toros.

Humor blanco, por una parte, y crítico por otra. Lo que de inocentón tiene el desenlace queda compensado con la ridiculización del mundo taurino. La caricatura de ciertos valores, como el machismo rampante e inconsciente de don René que su esposa acepta sin dudar, también puede leerse como una crítica. Aunque a saber. Quizá algunos lo festejaron.

«Cuando el toro se llama Felipe» no pasará a la historia de la literatura de humor, porque le falta linealidad para ser un todo distinto a la mera acumulación de escenas mortadelofilemonianas, pero bien merece un hueco en las bibliotecas por cómo parodia una época que a estas alturas parece, por la naturalidad con que se aceptaban ciertos valores, antediluviana.

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