En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


lunes, 30 de enero de 2017

No pasó nada - Antonio Skármeta



          Cualquiera que haya tenido que emigrar de su ciudad, y no digamos de su país, arrastra de por vida un sentimiento a medio camino entre la ausencia y la sorpresa resignada. Ausencia, porque la infancia es la eterna referencia -en ella aún todo era posible-, y el emigrante se ha visto obligado a abandonar las certezas de esa época -su casa, las calles, los paisajes, las personas-, reducidas a un recuerdo cada vez más lejano y viejo, usado y gastado. Y sorpresa resignada, porque sus hijos nada tienen que ver ni con su ciudad ni con su pasado, y no hay distancia emocional con un hijo que no produzca congoja a sus padres.

          De ese eterno alejamiento -de los orígenes y el de quienes nos suceden- y del subsiguiente aislamiento trata esta breve novela de Antonio Skármeta, escrita con el mismo tono entre humorístico y cariñoso que otras de sus obras.

Antonio Skármeta.
Antofagasta. 1940.
          No pasó nada cuenta la historia de unos chilenos que, con motivo del golpe de estado de Pinochet, se ven obligados a marchar a Alemania. Mientras los padres, de cuerpo presente en Alemania, viven espiritualmente en Chile, sus hijos, y en especial el protagonista-narrador, solo están en Alemania. Allí despiertan a la vida, afrontan en solitario sus primeros problemas -entre los que la adaptación al idioma no es el menor-, sufren y gozan sus primeros amores y, también sus primeras peleas. Mientras los padres sueñan con regresar a Chile ellos sueñan con un futuro que solo imaginan en Alemania porque apenas con conscientes de otra realidad.

          Y he hablado de amores y peleas porque un primer amor desemboca en pelea: el protagonista atiza una patada, allí donde más duele, a otro muchacho. El hermano de éste, un morlaco, jura venganza, y el pobre chileno se pasa media novela tratando de eludir la paliza sin renunciar a vivir.

          El exilio político permite al autor mostrar mucho mejor la añoranza del emigrante, pues las noticias políticas de Chile llegan a Alemania haciéndoles concebir miedos y esperanzas. Más difícil hubiera sido mostrarla con exiliados económicos. Y esta facilidad hace también más evidente, por contraste, la actitud de los hijos, que poco o nada saben ni de Allende, ni de Pinochet ni de nadie, y que más están pendientes de si su enamorada irá a tal acto o no, que de por qué se convoca.

          El final, que no anticipo, es bonito y tierno, porque alude indirectamente a la necesidad de comprensión que todos tenemos, a nuestra debilidad y a que toda nuestra fuerza, precisamente por ser tan débiles, radica en nuestra capacidad para comprender a los demás y hacernos comprender. Y también es un final realista. O así me lo ha parecido porque una vez, teniendo yo la edad del protagonista, también hubo un «animalico» que durante cierto tiempo quiso pegarme una paliza. Un buen día quiso hacerlo: trató de zurrarme en un lugar apartado, y yo me defendí. Ambos recibimos más de lo que deseábamos y menos de lo que temíamos, tras lo cual… Bueno, leed No paso nada.


jueves, 26 de enero de 2017

Tú no eres como otras madres - Angelika Schrobsdorff





Eurípides, Bertolt Brecht, Gorki, Tolstoi, García Lorca... son legión los escritores que han hecho de la madre la figura central de alguna de sus obras, y todas las «madres protagonistas» -que necesariamente se salen del canon para ofrecer algo digno de ser contado- presentan aspectos comunes: o bien ejercen su papel de un modo heroico o, en el extremo contrario, la preeminencia del yo les hace traicionar el rol materno. Además, en todas las historias desde el siglo XIX los cambios en el papel social de la mujer han abonado el terreno para que todas sean pioneras o rompan tabúes, pues desde hace más de un siglo ninguna generación de mujeres ha hecho lo mismo que la anterior.

Tú no eres como otras madres es una maravillosa obra autobiográfica de presentación novelada que relata la vida de Else, la madre de Angélica Schrobsdorff. En Alemania se publicó en 1992 e, increíblemente, no se ha traducido al español hasta 2016. Pero baste este dato, su traducción veinticuatro años después seguida de un éxito arrollador, para acreditar que se trata de una obra destinada a perdurar.

       Nacida en la última década del siglo XIX en Alemania, en una familia de comerciantes judíos moderadamente prósperos, ni a Else ni a sus padres se les pasaba por la cabeza que no fueran alemanes, como tampoco que no fueran judíos.

         A partir de aquí no hay espacio para la sorpresa, porque la autora cuida de hacer del texto un testimonio, no una trama, y anticipa cuanto se pueda anticipar. Una digna forma de no transformar en espectáculo la vida de los suyos y su sufrimiento. Es así como consigue que lo importante sea la vida, y no los sucesos. Por eso ya de entrada sabemos quién va a morir y cuándo, si las rupturas fueron definitivas o no, si dos personas se volvieron a ver o no... Pero es que, como digo, lo importante de las vidas es el cómo, y eso lo conocemos letra a letra.

Angélika Schrobsdorff.
1927-2016
      Crecida con la idea de que el colmo de la felicidad es un matrimonio lleno de amor e hijos, el primer amor de Else, que acabó siendo su primer marido, fue un escritorzuelo cristiano. Para hacer valer su voluntad Else dejó en la estacada el proyecto de matrimonio más o menos bendecido por sus padres –personas de su tiempo, honestas y bondadosas-. Es la primera revolución «personal», y motivo de deshonra familiar por la traición a la palabra dada y a la religión propia. Este ejercicio de libertad produce la ruptura total con sus padres y el judaísmo. Unos verán en la actitud de Else libertad y coherencia inaudita en esa época; otros, insensatez; otros, egoísmo. Pero para lo que viene luego, solo es un aperitivo.

Angélika Schrobsdorff, la más pequeña, junto a su madre y hermanos.
Tardaron en saber que cada uno era de un padre distinto.

      La muerte del otro hijo hace que los padres vuelvan a admitir a Else como una suerte de hija pródiga, aunque en realidad los héroes son ellos, porque Else sigue llevando su vida y son ellos quienes se adaptan a lo que les había hecho sufrir. La reconciliación cambia por completo la suerte económica de Else, provocando que su principal ocupación y preocupación sea vivir bien.

      Sin embargo, su idea de «matrimonio lleno de amor» se va al traste cuando se entera de las infidelidades de su marido. El mundo de Else se viene abajo. Él le ofrece excusas peregrinas para ocultar su propio egoísmo. En esa época muchas mujeres hubieran optado por la resignación; otras, por el perdón; pocas, por la ruptura; ninguna por lo que Else: intentó asimilar las razones de su marido hasta el punto de hacerlas propias, y esa interiorización la condujo a un modo de vida no ya avanzado para una mujer de principios del siglo XX, sino incluso escandaloso para una del siglo XXI. La casa matrimonial se convirtió en un revoltijo de amantes, hasta alcanzar una convivencia a cuatro, con hijos de por medio, que satisface a Else y va arrinconando poco a poco a su marido, obligado a aceptar los argumentos en los que él mismo se había escudado.

      Así llega Hans a la vida de Else. Tienen una hija que, para evitar escándalos, hacen pasar por hija del primer marido, forzándola a crecer en la inopia. Un acto de barbarie emocional cometido por miedo y edulcorado con la idea de proteger a la niña. Un acto profundamente egoísta. A mi juicio Hans es, sin duda, el hombre que más ama a Else de la legión que pasa por sus brazos a lo largo de su vida. Por amor Hans se aviene a un tipo de existencia que no desea, por amor renuncia a ejercer la paternidad de una hija a la que adora; por amor aguanta a Else humillaciones pensando, el pobre, que antes o después se casarán; creyendo, el muy ingenuo, que su amor a cada instante demostrado con mil cesiones acabará calando en el corazón de Else.

      Pero como siempre ocurre cuando alguien se deja humillar por amor, quien lo maltrata, en lugar de agradecerlo y rectificar acaba creyéndose con derecho a todo y lo aplasta hasta que ya no le queda por sacrificar ni la propia dignidad. En ese momento, al humillado solo le queda una opción si no quiere volverse loco: marcharse y no volver. Esto último es lo que hace Hans, lo cual reduce su presencia al mínimo en la vida de Else y en la obra, pero lo he querido resaltar por creer, como he dicho antes, que de todos los hombres de Else él fue quien más y mejor la amó. Y lo resalto, también, porque demuestra cómo Else confunde atracción y amor, si por amor entendemos el deseo ferviente de hacer a alguien mejor y dichoso. Else cree sentir amor cuando alguien la hace feliz a ella.

      Aún no se había ido Hans cuando ya estaba llegando Erich, un bondadoso alemán de familia más que opulenta obsesionado con la honestidad y el cumplimiento del deber. A diferencia de Hans, Erich, que ni de lejos soporta tantas humillaciones como Hans, nunca abandonará a Else y ella no dejará de agradecérselo, lo cual no impide apreciar que su relación más tiene más de amistad y conveniencia que de amor, el cual se acabó pronto si es que alguna vez llegó a existir, pues pronto ambos se decepcionaron mutuamente. Si Erich, un timorato caído en la tentación de una mujer tan atractiva y vital, es leal a Else durante años, no es por un compromiso con ella, sino consigo mismo, con su sentido del deber y la honestidad.

      En estas idas y venidas, construcción y derrumbe de falacias, donde desde hijos a abuelos todos viven engañados, se le pasa a Else la juventud, con la Primera Guerra Mundial y los años veinte como un marco que, pese a su dureza, no llega a afectarle verdaderamente debido a la protección económica de sus padres y de la familia de su marido, y de que esa guerra siguió siendo una guerra «tradicional» que afectó relativamente poco a la población civil. La vida, para Else, consiste en disfrutar de los amigos, de las juergas, del teatro, de lo que ella cree amor, de la literatura, del contacto con autores, actores, filósofos... de toda la flora intelectual que derrochó aquella época. Algo que si ahora suena bien, en una mujer de principios del siglo XX era una revolución.

      Así como en la literatura otras madres egoístas son despóticas, Else es amable y se hace querer por todos, aunque en la intimidad del hogar se enfurezca con frecuencia. Pero es manipuladora y tergiversadora, transforma en tontos útiles a los hombres que la aman, y disfraza la realidad con argumentos que solo ella se cree pero que consiguen engañar al resto, que ignoran todo el pastel. Solo la mueve el egoísmo, solo una mezcla de egoísmo y egocentrismo la lleva a tergiversar tanto al realidad y a creerse sus propias mentiras, aunque de todo esto ni ella misma se da cuenta.

      Llegados los años treinta, ocurren dos hechos, previsibles para el lector, que cambian por completo la deriva del libro: la aparición del nazismo y el crecimiento de los hijos de Else hasta la adolescencia y más allá de ella, lo cual los transforma de personajes pasivos en activos.

      Lo primero sitúa a Else ante una realidad que se niega a aceptar, como una especie de trasunto del mundo personal, en el cual también se ha negado aceptar la realidad, creyendo que su «derecho a ser feliz» le permitía pisotear a todos sin dignarse en fijarse ni mucho menos en reflexionar sobre ello. Lo segundo, hace que la conducta y el protagonismo de Else se modifiquen sustancialmente.

      La forma en que, con sangre judía y tras una «vida alegre» se vivió el nazismo, es profundamente humana y conmovedora. ¿Cómo iban a pensar aquellos alemanes, alemanes desde generaciones, que las cosas iban a llegar donde llegaron? La forma en que miraban hacia otro lado, la incredulidad, el no querer ni imaginar lo que podía avecinarse son comprensibles: se está tan bien cuando las cosas van bien que para qué pensar que puedan ir mal o en aquellos a quienes les va mal. La Else que no ha querido ver cómo ha construido su felicidad provocando la desgracia de quienes la han querido es la misma que se niega a ver una realidad que amenaza con aniquilar esa misma y estúpida felicidad.

      Los hechos se acaban imponiendo. Y entonces comienza el enfrentamiento con la realidad. Es doble: con las circunstancias y con las personas. Las circunstancias que amenazan su vida y la de sus hijos y provocan el drama de que lo que hoy te salva en un sitio mañana te mata en ese mismo lugar, circunstancias que la abocan, poco a poco, de la opulencia a la precariedad absoluta, material, afectiva y espiritual; y enfrentamiento a las personas: a sus hijos, que víctimas de su modo de vida basado en un egoísmo tergiversador apenas tienen a dónde asirse en lo emocional, más allá de la propia Else, la misma que los ha llevado a una situación límite; debe enfrentarse a la realidad de que esa vida libre a la que creyó tener derecho la ha conducido a una situación de desamparo en la que no puede decir que nunca haya hecho nada por nadie; por tanto, pocos favores puede pedir, a pesar de lo cual son muchos los que se esfuerzan por ella, la ayudan y echan una mano. Sin los demás, Else no hubiera sido nada. Especialmente emotivo es el nadar y guardar la ropa de Erich: débil de principio a fin, pero siempre honesto y solidario.

      El derrumbe del mundo de Else y sus hijos es absoluto. Del todo a la nada, y de la mentira a la verdad.

Angelika Schrobsdorff durante el exilio en Bulgaria.
De la opulencia a la indigencia.

      Hasta ese momento Else solo ha sido, a ojos del lector, una cabeza loca, pero es ahora cuando el lector y ella comprenden que durante años solo se amó a sí misma y que le ha tenido que llegar la desgracia desde fuera para que, mirando la realidad de frente, acabe amando -solo a sus hijos- y acabe también respetando, por fin, a aquellos a quienes creyó amar y emocionalmente machacó.

      La vida de sus hijos en esos años produce pesar, porque son niños y jóvenes enfrentados a la vez a dos problemas extremos: el contexto histórico que ha aniquilado su pasado y ha transformado el mero hecho de existir en un crimen castigado con la muerte, y el contexto personal, en el que van descubriendo que su vida ha sido una mentira pergeñada por su propia madre, con quien en ese momento mantienen no solo una relación filial, sino de apoyo mutuo -forzoso- para sobrevivir. La sensación de asfixia, de angustia, la necesidad de volar, de tener una vida propia lejos de la mentira y el sufrimiento crea un último elemento de tensión emocional en el que solo el afán de sobrevivir hace que los personajes no exploten.

      El libro es, también, un maravilloso canto a la capacidad de superación del ser humano. Para bien o para mal, siempre se puede sufrir más, y el afán de sobrevivir aún en condiciones de extrema debilidad saca lo mejor de cada cual y permite despojarse de lo superfluo hasta encontrar lo esencial, el motivo que cada uno tenemos para vivir. En el caso de Else, y en el de tantos, cuando todo se derrumbó solo quedó en pie el amor a los hijos.

      Finalmente el nazismo pasa. Pero con él no terminan las desdichas, pues nada que haya sido destrozado puede volver a lo que ha sido, y porque en algunas zonas las dictadura nazi fue sustituida por la comunista. La vejez, además, hace presa en Else. Todo ha quedado atrás, y el paraíso perdido nunca será recuperado.

Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Los escombros ya no están en las calles.
Veinte años antes había sido el paraíso con cuya recuperación Else soñó durante una década.
Sin embargo, la mayor ruina era la moral: regresar envejecida, pobre, sin amigos, sin futuro.

      Las páginas finales del libro son las últimas cartas de la protagonista, donde hace balance, autocrítica y donde su hija Angélika, la autora, no sale bien parada. Y, sin embargo, como dice el título de esa última y breve parte de la obra, la vida fue hermosa.

      Un testimonio brutal, muy bien escrito, que rezuma ansia por comprender y que, en la forma en que expresa los argumentos que exponen los personajes, tiene un humor sutil, fino, que sirve para mostrar cariño y ánimo de reconciliación con el pasado, con la historia, con la debilidad del ser humano, con la propia vida.

      Este es el mérito de este libro: ayuda a entender que, desde el egoísmo ciego y mezquino hasta la barbarie, hay que convivir con lo incomprensible sin otro recurso, para conseguirlo, que el amor -que tantas veces se confunde, provocando la desgracia, con la alegría de lo que gusta o conviene-, y la humildad para hacer autocrítica. 


jueves, 19 de enero de 2017

Los Amantes de Teruel - Juan Eugenio Hartzenbusch




          Este año, 2017, se celebran los 800 años de la historia-leyenda de los Amantes de Teruel, y la llamo así porque, como decía Alfonso Morera en la edición de la obra teatral que ahora comento, todo apunta a que la leyenda tiene cierta base histórica. Ocho siglos. Casi nada.

Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880)

          Y hoy, 19 de enero de 2017, hace exactamente 180 años que la obra Los Amantes de Teruel, de Juan Eugenio Hatzenbusch, se estrenó. Fue en el Teatro Príncipe de Madrid, con una excelente crítica de Larra. Ese mismo año, 1837, se publicó la primera edición de una obra que todavía hoy se sigue publicando.

          La leyenda de los amantes es conocida: Diego Marsilla se va en busca de fortuna pues sin ella no le es permitido casarse con su amada, Isabel de Segura. Concluido el plazo de varios años que el padre de Isabel le dio, no hay noticias de Diego. Pero Diego, pese a todos los peligros ha hecho riqueza y, si no ha vuelto todavía es debido a diversos sucesos que no está en su mano evitar. Entretanto, Isabel, que no ha dejado de pensar en él ni un solo día, es prometida por su padre a Azagra, poderoso señor de Albarracín. Concluido el plazo otorgado a Diego, éste llega tarde pero a tiempo de escuchar las campanadas que anuncian la boda de Isabel. Desesperado, por la noche se introduce en la habitación de Isabel sin ser visto; entonces ella le cuenta que no pudo evitar ser desposada apenas concluyó el plazo; él, por su parte, cuenta que hizo fortuna pero no le fue posible llegar antes. Siguen enamorados, pero la realidad se ha impuesto y ambos rechazan cometer ningún tipo de «locura»: simplemente, la vida les ha salido mal y ahora deberán ser desgraciados el resto de sus días. Diego le pide un último beso. Isabel, por estar ya casada, se lo niega. Diego, a causa del dolor de la pérdida y del beso negado, muere de amor. Al día siguiente, en los funerales en la iglesia de San Pedro, Isabel, enlutada y con la cabeza tapada, se acerca a dar a Diego el beso que en vida le negó y, al hacerlo, muere. Muertos ambos de amor, y siendo público que ambos se amaban y las condiciones y plazos que habían tenido que afrontar para casarse, son enterrados juntos en la iglesia de San Pedro, como una especie de justicia poética que hace posible en la eternidad lo que en vida fue imposible.

Mausoleo de loa Amantes. Escultura de Juan de Ávalos.

          La versión de Hartzenbusch respeta aproximadamente la historia tal y como es conocida, y añade algunos puntos para hacer más atractiva la representación teatral: el cautiverio previo de Diego en Valencia, donde se enamora de él la sultana, esposa del Amir o rey musulmán de Valencia, que a verse rechazada por la fidelidad de Diego a Isabel maquina su venganza haciendo ver a Isabel que Diego ha muerto y retrasando la llegada de este. Hay también un trasfondo de lucha por el poder que permite a Diego abandonar el presidio colmado de riquezas por el propio Amir y, por último, se indica que el señor de Azagra está en posesión de unas cartas que prueban la infidelidad de la madre de Isabel hace muchos años, infidelidad que esta ha expiado desde entonces entregándose a la caridad, lo cual mueven a Isabel a consentir a su pesar la boda con Azagra para evitar un escándalo que afectaría al honor de sus padres. También la escena del beso de Isabel difiere de la tradición.

Isabel muere al dar a Diego el beso que en vida le negó. Escalinata.

          Los Amantes de Teruel, en versión de Juan Eugenio Hartzenbusch, se cuenta como la más famosa de todas cuantas se han escrito, y con razón. Con predominio del verso, se lee muy fácilmente; la historia es meridianamente clara y, a diferencia de otras obras teatrales, es sencilla de representar y de leer debido al reducido número de personajes, al perfecto orden en la exposición y a la claridad con que se expresan las ideas, circunstancias y motivaciones de todos los intervinientes.

Personajes en la versión de Hartzenbusch


          Adoptando el sentido del honor del siglo de oro y entrando de lleno en el romanticismo, esta versión de Los Amantes de Teruel es una obra dura y tierna, porque aunque las desgracias se suceden nadie actúa por maldad, y sí todos por amor. El de Diego por Isabel está claro, como también lo está el de Isabel por Diego. Pero Azagra no es un tipo insensible, sino que es el amor hacia Isabel lo que le hace conducirse de forma a veces innoble; lo mismo puede decirse de Zulima, la sultana, cuyo afán de venganza nace del despecho pues ama a Diego, y que por amor, aunque sea despechado, asume la clandestinidad y la huida como modo de vida frente a las riquezas y comodidades de ser la esposa del Amir. Y si Isabel traiciona la promesa de ser de Diego o de nadie, es por amor hacia su madre la cual, a su vez, por respeto a su marido y amor a su hija está dispuesta a todo, incluso a afrontar el escándalo que lleva quince años expiando en secreto. Hasta las relaciones entre los padres de Isabel y Diego, don Pedro y don Martín, están teñidas de sinceridad y nobleza.

Las supuestas momias de Diego Marsilla e Isabel de Segura.

          Una buena lectura para conmemorar el 800 aniversario de una pareja de jóvenes que no ha de envejecer jamás: Isabel de Segura y Diego de Marsilla. El aniversario de una de las más bonitas historias de amor.




lunes, 16 de enero de 2017

Reflexiones sobre literatura y humor,




"En Francia no se toma en serio a los escritores que se lo pasan bien, y, sin embargo, es curioso que la novela moderna surgiera con Rabelais y Cervantes, que hicieron novelas cómicas”

Frederic Beigbeder. Revista Nuestro tiempo.


jueves, 12 de enero de 2017

La asesina ilustrada – Enrique Vila-Matas



          ¿Imaginan ustedes un libro cuya lectura causara la muerte? La idea fue de Unamuno, y Enrique Vila-Matas trató de desarrollarla aunque, como los lectores procuramos sobrevivir a lo que leemos, debió circunscribir las muertes a lo acontecido en las páginas. Páginas que me han permitido conocer a a su autor, de quien, mea culpa, no había leído nada hasta ahora.

          Publicada en 1977, cuando Vila-Matas tenía 29 años, muestra un dominio de la situación apabullante y la inteligencia despierta y retorcida se nota a cada línea. Por fortuna para los despistados la novela es corta, porque de otro modo seguirla resultaría complicado debido a sus idas y venidas, que hacen que, por ejemplo, un personaje del presente rememore un momento en el que tuvo un sueño donde tras ocurrir esto y lo otro soñó que soñaba no sé qué otra cosa… Y luego despierta del sueño que soñaba, del otro, se acaba el recuerdo y el lector se queda con la sensación de acabar de bajar de una montaña rusa.

Enrique Vila-Matas
Barcelona. 1948
          La novela, compuesta por una serie de fragmentos independientes pero que forman una unidad, comienza con el hallazgo de un cadáver, el de un escritor que tiene a su lado la novela «La asesina ilustrada». Pero el buen hombre tenía mucho que ocultar, y otro escritor que durante años lo investigó hasta descubrir y hacerle confesar, teme a la muerte de un modo perturbador, como si supiera que la muerte le ha de avisar de su llegada. De contar la historia de este segundo escritor se ocupan las notas de Ana Cañizal, mujer joven que lo conoce con ocasión de tener que escribir un prólogo a la autobiografía del autor, y que de paso conoce también a la joven y misteriosa esposa, autora de «La asesina ilustrada», brevísima novela que aparece y desaparece provocando efectos inquietantes acerca de si no provocará su lectura lo que ideó Unamuno,  además de hacer dudar de hasta qué punto la autora está al tanto del poder de su obra y hasta qué punto lo utiliza. ¿Y qué es lo magnético? ¿La novela? ¿Su autora, capaz incluso se seducir a la Ana? ¿La muerte?

          Un acierto, también dar a la novela el mismo título que a la «novela de la que trata la novela», para aumentar así la tensión y confusión del lector.

          En resumen: un lío considerable que se sigue bien si se lee con atención y que provoca lo que es de suponer que el autor pretendía: un clima de misterio y asfixia donde el lector siempre duda de dónde se encuentra y a cada momento se siente muerto, si no de lectura, sí de curiosidad e inquietud.

          Tras varias ediciones en diversas editoriales, la novela puede comprarse ahora dentro del volumen En un lugar solitario, que recoge los primeros escritos del autor.



          

viernes, 6 de enero de 2017

El baile - Irène Némirovsky



                No hace mucho leí un artículo según el cual, así de tajante era, el rechazo es la peor experiencia por la que puede pasar el ser humano. El rechazo provoca heridas que jamás cicatrizan, que dejan para siempre ofendida la propia dignidad y, por supuesto, aniquila sin posibilidad de resurrección la confianza del rechazado hacia la otra parte. La división que causa el rechazo es eterna. El sentimiento es tanto más destructivo cuanta mayor es la implicación previa del rechazado en aquello de lo que es sacado a patadas o ignorado como si no existiera; y aún más si existe relación emocional -amistad, pareja, familia- con quien lo maltrata. En ocasiones, además, el maltrato es doble porque el maltratador, consciente de su actuación, para disimular, fortalecer su posición o lavar su imagen se dedica a ocultar la realidad al resto, e incluso llega hablar bien en público de aquel a quien en privado maltrata -como esos maltratadores que hablan flores de sus parejas maltradadas y afirman amarlas-, y así logra fama de generoso angelito mientras al rechazado puede caerle, sin ninguna culpa, la de desagradecido, soberbio o pobre imbécil. El maltratado acaba por no tener otra salida que marcharse.

                Cualquiera que haya pasado por algo así, sabe que no exagero.

                El baile, de Irène Némirovsky, que estos días he leído por segunda vez, es una maravillosa y durísima novela corta, muy corta, que basa su dureza en la idea del rechazo. De ahí la reflexión anterior.

Irène Némirovsky 1903-1942
                La protagonista es una mujer, esposa de un financiero judío inesperadamente millonario tras una operación especulativa. Rosine y su marido, el señor Kampf, son «nuevos ricos» en el sentido más humano de la expresión: tras una vida de estrecheces, esfuerzos y sacrificios soñando con la prosperidad, una vez alcanzada necesitan culminarla de la única manera que se les pasa por la cabeza: siendo aceptados como iguales por aquellos a quienes llevan años deseando parecerse. Para conseguirlo de modo que nadie -especialmente ellos mismos- tenga ninguna duda sobre la contundencia y legitimidad del logro, no tienen mejor ocurrencia que organizar un baile donde no falte de nada, en la mansión que han comprado, y al que invitan a cuantos consideran del estatus adecuado. También invitan a una peculiar pariente, más bien pobretona, resentida y envidiosa, con la «feliz» idea de que sus cotilleos trasladen al resto de la familia el esplendor alcanzado por los Kampf, haciendo bueno el cínico y acomplejado dicho de que las cosas buenas que nadie envidia, no son tan buenas.

                Llegado el día, la sociedad a la que los Kampf aspiran a pertenecer les da la espalda. El rechazo es absoluto. De ahí la terrible dureza del final, porque nada hay más doloroso que el rechazo y los Kampf se enfrentan a él sin nada, sin absolutamente nada que pueda consolarlos. Ahí radica la extrema dureza del rechazo: si tiene excusa, no es rechazo; y si no la hay, la única causa posible de la situación es uno mismo, convertido, sin palabras, como un indeseable a quien más vale no acercarse ni dirigir la palabra. Sin embargo, lo que el lector sabe y el matrimonio Kampf ignora es que ese rechazo no es posible saber si es real o no -seguramente no, o no tan radicalmente-, sino que su apariencia, que ellos tienen por cierta, ha sido causada por algo que ni se les pasa por la cabeza y que deviene en mayúsculo acto de crueldad precisamente por la extrema dureza psicológica que implica el rechazo.

                Esa crueldad ha sido tramada por la hija del matrimonio, una adolescente tímida y resentida que es tratada por su madre con una mezcla de desprecio y displicencia, porque Antoinette, que así se llama la hija, es vista por su madre todavía como una parvulita de ideas infantiles, mientras que Antoinette ya se ve a sí misma como una mujer adulta; unamos que el ansia de Rosine por culminar sus sueños le hace ser especialmente egoísta en esos momentos y no pensar más que en ellos, y completaremos ese retrato inicial causante de que, al principio de la novela, el lector sienta antipatía hacia Rosine, en ese momento un personaje acomplejado y odioso insensible ante la vulnerabilidad de su propia hija; sin embargo, y este es otro de los méritos del libro, la evolución de los acontecimientos transforma a la víctima en verdugo y al verdugo en víctima con una desproporción tal entre «crimen» y «pena» que no cabe hablar de justicia, sino de crueldad y de una injusticia más, y mucho peor, que se acumula a la anterior, haciendo buena la idea de que lo que se siembra se recoge multiplicado.

                Un libro corto, duro y tan simple y claro en su planteamiento que es imposible no detenerse a reflexionar sin sacar ideas claras.