En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


jueves, 23 de junio de 2016

La Vía Láctea - Louise Dupré



Conocí esta novela gracias a su traductora, Marina Lomar, y como además de saberla entusiasmada con su trabajo sabía que no iba a dedicar su tiempo a una mala obra, la compré y leí sin dudar.

La Vía Láctea es «pensamiento» porque en sus páginas, como si nos metiéramos en cerebro ajeno, leemos las reflexiones de la protagonista, una arquitecta canadiense de mediana edad. Pero aunque todo pensamiento tiene algo caótico y a veces contradictorio por cómo la mezcla de deseos y temores zarandea las ideas y dificulta la racionalidad, está escrito con maestría y el aparente desorden no impide al lector seguir sin dificultad la historia, simple en su planteamiento y compleja en su resultado, a lo cual ayuda lo reducido de los capítulos, de dos o tres páginas cada uno, como fogonazos de ideas y sensaciones y, también, el modo en que ese pensamiento se apoya en imágenes dibujadas con un vocabulario rico y conciso. Literatura de calidad.

Anne Martin, la protagonista, ha conocido un hombre italiano en Túnez, Alessandro, durante un evento profesional. Entre ellos hay diferencias de edad y pasado, pero algo,  quizá  ver una pequeña arruga en la comisura en los labios al sonreír, como se dice al final, los atrae; y es a distancia como comienzan una relación que los llevará a reunirse en Montreal durante unas navidades, a separarse de nuevo cuando él debe regresar a Italia, y a planificar un reencuentro, ya duradero, en Roma. ¿Casualidad que el final feliz o no se vincule a la «ciudad eterna», como si se quisiera decir que todo, lo bueno y lo malo que llevamos dentro, está destinado a perdurar, a ser tan «eterno» como nosotros? ¿Casualidad que la acción transcurra en un Canadá frío y gris que ayuda a percibir la soledad a que enseguida me referiré, y el «sueño» se encuentre en un territorio cálido y luminoso, que unas veces es la Roma donde vive Alessandro y otras Cartago, donde hace excavaciones?

Louise Dupré
La historia, contada en tono intimista porque el pensamiento es íntimo, parece de amor, pero lo es de soledad. De ahí el tono como de constante pérdida, de tristeza por lo que se fue o no ha llegado o, peor aún, no se ha llegado a entender, o por no saber lo que se desea o cómo alcanzarlo. Tono de pérdida, digo, porque está contado en ese momento en que la vida parece haber perdido el sentido que la juventud da por descontado, esa edad tan propicia para las huídas hacia delante que suelen acabar, diez o veinte años después, en el sitio de partida, con casi toda la vida ya por detrás y eludiendo la sensación de derrota.

Historia de soledad y no de amor, porque soledad es que una mujer se tope con un hombre que vive en otro continente y se moleste en conocerlo a distancia, en buscarlo al otro lado de un ordenador y, sobre todo, en su propio pensamiento. Historia de soledad porque la esperanza de estar con él se parece demasiado al consuelo por una existencia en la que Anne no encaja. Porque su día a día  está cuajado de soledad para ella inexplicable y, por tanto, inatacable: la sonrisa de la mujer que vio suicidarse lanzándose al vacío (¿estaba loca o era la más cuerda de todos?), la sobrina de esta mujer, a la vez independiente para buscar consuelo en su creatividad y dependiente de Anne, en quien busca compañía; soledad en el recuerdo de la separación de sus padres debido a que la doble vida de él borró el suelo firme de la familia y el amor, la forma en que Anne no lo ha perdonado ni acaba de entender que su madre no se rebele, y más cuando se ha hecho cargo de la cuñada aquejada de una demencia sobrevenida, inexplicable  y aterradora, cuyo recuerdo sitúa a Anne ante la pregunta sin respuesta del sentido de la vida; soledad, también, en las relaciones laborales cordiales pero que no pueden pasar de ahí y en lo emocional son solo una sucesión de parches... Soledad en todas partes, porque está en los ojos de Anne.

                Por eso Anne no se ha  enamorado de Alessandro, creo yo, ni tampoco del amor. Se ha enamorado de la seguridad, de la certeza del no estar sola en un mundo que le da miedo, que le produce la impresión de que la va a superar si no tiene a nadie en quien apoyarse; se ha enamorado no de un hombre, sino de sentirse acompañada para no tener que mirar de frente a una vida cuyo sentido no entiende. Se ha enamorado de dejar que alguien la abrace ya que no la abraza la vida. Y, sin embargo, a quien admira es a su madre, que ha sabido asumir la soledad y encontrarse a sí misma en ella. La admira, digo, aunque a veces se siente exasperada por no entender cómo su madre no siente las mismas necesidades e impulsos. Anne actúa así quizá porque no sabe lo que quiere, o quizá porque nada la ilusiona lo suficiente, o porque vivir sola la enfrenta al vacío de los domicilios de solteros y separados cuando se alcanza cierta edad. Se ha «enamorado» para no estar sola. Y si las cosas con Alessandro van bien es porque ambos se limitan a satisfacer la necesidad de compañía del otro, aunque sea a distancia la mayor parte del tiempo, y no ambicionan más. Un amor perruno, genuinamente perruno, en el que ninguno de los dos hace nada por el otro excepto estar ahí; no hay ninguna ilusión por hacer mejor la vida del otro, por ayudarle en nada, y sí mucho temor al abandono, al no encajar, a no encontrar sitio si no se vencen los recuerdos de una vida en la que no se estuvo, porque aunque siempre se dice que el futuro está en nuestras manos, la única certeza es el pasado y ni podemos cambiarlo ni prescindir de su impronta. Amor perruno, digo, que se vislumbra a cada instante a través de la estática figura de Alessandro: Anne siente una confortable seguridad cuando lo ve fumando su pipa sentado en el sillón, menea la cola cuando él la acaricia abrazándola o haciéndole el amor, y gime asustada cuando teme, al pensar en el pasado, que el «amo» a quien se ha entregado la abandone. Pero ni ella ni Alessandro hacen nada más que estar. No construyen nada juntos, ninguno hace propios los sueños del otro ni tienen un objetivo común más allá del estar. Su historia de amor es la historia de dos soledades juntas que se miran la una a la otra para evitar mirar hacia sí mismos.

La Vía Láctea sería solo la historia de dos personas maduras que, huyendo de sí mismas, se buscan y se encuentran no por lo que han hecho, ansían, valen o merecen, sino por miedo a la soledad; sería solo esto si su autora no diera una vuelta de tuerca en la última parte de la novela. En ella Anne proyecta irse a vivir durante un año a Roma. Si lo hace o no, parece condicionar el final feliz o desgraciado de la novela, y aunque no voy a desentrañar qué ocurre, sí digo que ese planteamiento es el modo en que la autora muestra cómo la solución del miedo a la soledad no está en lo que hacemos ni en si alguien nos acompaña o no, sino en lo que soñamos. Que lo importante no es hacer, sino soñar. Así es como escapamos de nosotros mismos. Por eso Anne ha encontrado el sentido de su vida en un hombre al que apenas ve y que la mayor parte del tiempo no es más que un anhelo. Por eso la historia se detiene con ella en Canadá y Alessandro en Italia ¿Vivirán juntos en Roma? ¿No lo harán? Léelo y lo sabrás. Léelo y sabrás que quizá sea mejor ignorarlo. Si alguna duda queda sobre esta interpretación, la frase que cierra el libro la aclara.

         La Vía Láctea. Una invitación a perder el miedo a todo, porque la única solución es soñar.


                 

lunes, 20 de junio de 2016

Contra Juan José Millás



     En contra, solo en apariencia. Si lo he interpretado bien, a favor.

     Juan José Millás, a quien leo y admiro, publicó el viernes una columna cuyo contenido me permito resumir así: quien se hace famoso sea por cocinero, delincuente, astronauta o bruto, acaba publicando un libro. Los escritores, en cambio, no pueden hacer el camino inverso. Visto el número de firmas en las ferias del libro de unos y otros, al escritor le dan ganas de dedicarse a otros menesteres; pero es escritor, y seguirá siéndolo incluso perdido en medio de ese circo.

     Aunque para circo, el de los escritores, pseudoescritores y aspirantes a serlo que han compartido el artículo en las redes, alborozados porque uno de los grandes haya puesto voz y altavoz a tamaño intrusismo, a esa suerte de competencia desleal, a esa conjunción planetaria, una más, que les impide ser «best sellers» y recibir su merecida gloria en la prensa nacional. Conocí el artículo gracias al impaciente que en lugar de compartirlo mediante su enlace, lo fotografió en el periódico para difundirlo de inmediato.

     Se le podría replicar a Millás que, contrariamente a los que afirma, son legión los escritores que practican todo intrusismo al calor de su mucha o poca fama literaria. Sin red, saltan de la novela (buena o mala) a pontificar sobre política internacional, económica o educativa sin saber nada sobre estos temas, y se quedan tan panchos; o se meten a tertulianos -incluso sin cobrar si no tienen nombre suficiente-, solo para adquirir otra fama, «extraliteraria», que poner al servicio de sus libros en el mejor de los casos o, en el peor, porque su verdadero objetivo es solo ser famoso, que en estos tiempos es una profesión; y son infinitos los que consideran que su cenit «literario» es ser llevado al cine o a la televisión. A ninguno se le ocurre que desplazan a guionistas, economistas, analistas, periodistas… Y, también contrariamente a lo que dice Millás, hay muchos escritores que acceden a la política en puestos notables; me vienen a la cabeza alguna escritora devenida primero articulista, luego tertuliana televisiva y, finalmente, diputada, y algunos ex ministros y directores generales nacionales y autonómicos. Se le podría replicar eso. Pero cada cual tiene derecho a intentar hacer con su vida lo que buenamente pueda, y además no es esta la cuestión.

     Tampoco lo es recordar la evidencia de que el libro, como la televisión, es solo un formato que da soporte a un batiburrillo de expresiones: poesía, soflamas, desarrollos matemáticos, historia, ficción, recetas de pollo al chilindrón, guías de restaurantes, consejos para ser feliz, trucos de cartas... Todo se vende en librerías y en ferias que suelen ser del libro, y no de literatura.

     Sí va en la línea de la literalidad de su artículo algo que, por afectarme, en ocasiones he dicho: junto a la literatura (de humor, especificaba yo) se incluyen libros completamente ajenos a ella. Un problema en muchos géneros, pero no achacable a la celebridad televisiva que recopila sus gracias o al médico que acumula anécdotas hospitalarias, sino a quienes venden libros, pues ser prolijo al clasificar aturde al lector. Resultado: a saber qué puede acabar en la misma lista que un recetario de las monjas benedictinas.

     También podría recordar a Millás que las grandes editoriales, para serlo y ofrecer sus ventajas a autores consagrados como él, necesitan grandes números, y un millar de libros de un gran escritor suponen menos ingresos que diez mil del último botarate autodegradado en un plató..

     Se podrían contestar muchas cosas a Millás, pero el problema no es el que apuntan sus letras, sino el que asoma entre sus líneas: Que se vende menos literatura.

     En las palabras de Millás no percibo la envidia que dice temer que le achaquen, sino frustración. Y no porque el pequeño Nicolás de turno se encarame a lo alto de una lista de ventas, sino porque cada vez se vende menos literatura. Y menos literatura buena. Tiradas más pequeñas y autores, grandes autores, arrinconados. No creo que Millás se queje de que vende menos que Belén Esteban. Creo que se queja de que vende menos que antes. Y como él, casi todos los buenos escritores. Si a su lado un indocumentado se hincha de firmar libros y acaba desplazándolo de los expositores de las librerías, a ver quién en su pellejo no acaba o enojado o deprimido.

     La lectura, que para casi todos los lectores es una forma de ocupar el ocio, se enfrenta desde hace años a una competencia creciente y con un poderío económico espeluznante. Se da el caso, incluso, de que los grandes grupos de comunicación se hacen la competencia a sí mismos en un intento de ocupar la mayor parte posible del mercado, y las áreas que priman, las más rentables, acaban hundiendo al resto.

     La cultura, la historia lo demuestra, puede avanzar y retroceder. Muchos de los antiguos lectores de Millás, Marsé, Vargas Llosa y tantos otros hoy «no tienen tiempo» para volver a ellos porque están en el sofá viendo Salvados o Master Chef, o porque no sé dónde han abierto un restaurante yemení, o porque les dan las tantas colgando consejos en las redes sociales. Y no olvidemos que, además, cada semana hay dos partidos del año.

     Para la literatura, que durante siglos fue uno de las principales maneras de ocupar el ocio, además de una de las más enriquecedoras, es difícil, quizá imposible, competir en grandes números con opciones que colocan ante tu nariz satisfacciones inmediatas y primarias. Y más para la literatura de calidad, que requiere lectores capaces de disfrutarla. Pero los escritores, los verdaderos, los que, como dice Millás, tras escribir un libro comienzan a pensar en el siguiente, los que no tienen por objetivo la fama y consideran las ventas un medio y no un fin, solo tienen una alternativa: seguir escribiendo lo mejor que saben.

     Porque en este océano de banalidad la literatura de calidad llega cada vez a menos personas y, precisamente por eso, su importancia es todavía mayor. La literatura, nada menos, a la que tengo por el arte capaz de expresar las ideas más complejas y profundas.

     A ver si mañana me compro el último libro de Juan José Millás, cuyo título, «Desde la sombra», bien podría aludir al modo en que los buenos escritores lo siguen siendo.




jueves, 9 de junio de 2016

Sobre la escritura



SOBRE LA ESCRITURA

Desde que a los siete u ocho años cogí la máquina de escribir de mi padre para redactar historias en hojitas de papel cuadriculado y soñar con que los demás soñaran con ellas, sé que muchos escritores miden su éxito o su fracaso en términos comerciales. Pero a pesar de aquellos sueños de niño, me cuesta ponerme en su lugar, como entenderá quien sepa que mi mejor libro (o al menos el que yo tengo por tal) lo escribí solo para mí y no ha de ver la luz.

            Pero sea el objetivo comercial, o personal y literario, el aprendizaje es largo y exigente. Y en su suerte juegan un papel relevante, a veces decisivo, quienes te rodean.

            Hay un tipo de adulación inevitable y que solo busca la comodidad en el día a día. La de los amigos y la familia. Te leen, opinan por afecto e, invariablemente, para tenerte contento o hacerse querer concluyen que lo haces muy bien. Ánimo, sigue así. Eres un tío grande. Pero esta noche no te pondrás a escribir, ¿verdad?, o no podremos salir a cenar.

            Ánimos que estimulan pero que no señalan ni allanan caminos. Es la reflexión crítica la que te hace mejorar. La crítica que piensa, la que percibe fallos porque es capaz de encontrar soluciones. La que intenta anticiparse a tus errores porque te conoce. Es como más rápido y con mayor calidad se avanza en lo literario, en lo comercial y en todo: que alguien con capacidad se moleste en conocerte y en analizar lo que haces y te critique, advierta o sugiera, es un privilegio que pocos tienen y menos saben valorar.

            Yo he tenido escasos aduladores espontáneos porque o no me han encontrado o soy poco rentable para ellos. Y he tenido suerte con la familia y los amigos: no los mareo dándoles a leer nada, pero cuando me han pedido un escrito nadie ha querido verme por debajo del nivel que creen que puedo alcanzar: cuando algo no les ha gustado, me lo han dicho de forma descarnada; e incluso han torcido el gesto si, gustándoles, pensaban que lo podía hacer mejor; pero el mundillo literario no les interesa más que como lectores. Sus opiniones empiezan y acaban en lo que leen y, como a cualquiera cuando otro le habla de aficiones desconocidas, difícilmente pueden adoptar una visión en perspectiva. Ahora ya no, pero hace tiempo solía conversar sobre mis inquietudes con personas con similares aficiones, lo cual siempre enriquece, pero, salvo que mi mala memoria me haga ser injusto, recuerdo más opiniones improvisadas al hilo de conversaciones que críticas trabajadas en profundidad, y tampoco era frecuente que alguien soliera anticiparse para hacerme sugerencias y evitarme errores o rumbos equivocados. Hace falta mucho interés para acometer ese trabajo, y además no soy fácil: no busco y encuentro argumentos para disfrazar impulsos, como tanta gente, sino que sigo el orden lógico; mis decisiones suelen ser fruto de la reflexión y por eso suelo exponer mis razones con una vehemencia que a menudo parece resistencia, porque si algo debe acabar con ellas, debe ser capaz de vencerlas en el debate. En lo literario, a diferencia de en lo profesional, no he encontrado a nadie que haga conmigo algo tan duro e ingrato como ejercer de abogado del diablo, aunque yo sí lo he sido de otros, y también así he aprendido.

            Por todo lo que he dicho, casi todo lo que sé lo debo a lo que he observado en muchos, a lo que he ayudado a unos pocos y, sobre todo, a mis numerosos errores.

Algo he aprendido. Ahora, donde al principio miraba con curiosidad y voluntad de aprendizaje, pronto distingo la estrategia del vencedor y la del perdedor, y raras veces me equivoco; lo sé porque aunque se precisan años para confirmar las impresiones, ya han pasado unos cuantos. Mejoran y prosperan quienes hacen ciertas cosas, y fracasan quienes hacen otras. Pero si la fórmula mágica no existe es porque saber lo que hay que hacer no implica saber hacerlo.

Saber qué es solo el primer paso para aprender cómo. Cuando crees saber algo hay que seguir observando, reflexionando, escribiendo, equivocándote y aprendiendo. Y hacerlo bajo el riesgo de haberte confundido con el qué, y sabiendo que puedes no encontrar el cómo. Sé poco, pero sé que sabiendo el qué, no hay dos cómos iguales, y cada cual debe encontrar el suyo, si es capaz.

Encontrarlo requiere tesón, paciencia y asumir riesgos no para alcanzar el objetivo final, sino los intermedios. Esos que ninguna gloria dan.

Para saber cómo funcionan algunas cosas y compararme conmigo mismo, me han venido muy bien novelitas y  relatos que considero solo «entrenamientos» o intentos fallidos, y a los que he podido sacrificar en ebook, bajo pseudónimo, en procesos de prueba y error. Dicho así suena fácil o al menos cómodo, ¿verdad? Pero también estas obras han requerido una cantidad ingente de trabajo y esfuerzo. Todas surgieron por o para algo. Y tras cada una hay alegrías y decepciones. Sacrificarlas y al hacerlo enterrar tanto trabajo no es otra cosa que la dureza del camino.

Intento escribir al revés de quienes lo hacen en los momentos felices de publicación, adulación, presentaciones y entrevistas y en cambio en los de plomo cierran el ordenador y se van de parranda, porque el día a día de un escritor suele ser de plomo y el oro es escaso y efímero. Prefiero  escribir desde la serenidad de sentirme nada que desde la euforia de creerme todo, tan cercana a la ceguera. Cuando no lo he hecho así, qué vergüenza he pasado tiempo después al releer.

            Mis errores, mis maestros, me pasan facturas que a veces me dejan exhausto: novelas enteras mal orientadas, escritas como si al talento y a la inspiración pudiera sustituirlos el entusiasmo en lugar del esfuerzo. Docenas de historias comenzadas e inconclusas. Cada una, un camino cortado. Marcha atrás con la experiencia y el cansancio del trayecto recorrido, y vuelta a empezar en otra historia, en otro mundo. Miles de horas de trabajo del que no puedes recordar nada de lo que sentirte orgulloso, miles de horas de mirar una pantalla en la que puede haber cualquier cosa mientras buscas en tu cabeza no sabes qué, pero tras las cuales un día alumbras algo que sabes bueno. Y si en esas escasas ocasiones lo sacrificas todo y dedicas tu tiempo a trabajar, escribes unas páginas hermosas que si eres capaz de limpiar y pulir darán sentido a años de esfuerzo. Muchos se miran sin pudor en el espejo de escritores célebres para justificar lo mismo la autoedición como por qué su talento no debe medirse por las ventas, pero nadie dice que a menudo la celebridad procede de solo un puñado de páginas fruto de una vida de renuncias y trabajo entregado y, de no ser por ellas, estéril. Solo trabajando y estando alerta para ver dentro y fuera de nosotros mismos podremos comprender, aprender y alcanzar nuestro límite.

            No es sencillo. Y aún lográndolo, si no nos contentamos con escribir para nosotros, más nos vale trabajar también la humildad, saber que nuestro límite estará más cercano a la cumbre de una colina desconocida que a la del Everest; también será el momento de recordar que para escribir bien hace falta ser buen escritor, y para vender mucho, un buen vendedor. Y como todo en la vida es circular, termino donde he empezado: hay vendedores que se meten a escritores. Pero este texto no va dirigido a ellos.
           
           
           

            

martes, 7 de junio de 2016

Primer balance



  
Un año después de su publicación en Mira Editores, La sota de bastos jugando al béisbol apareció en ebook.  Pocos días antes La terrible historia de los vibradores asesinos comenzó su despegue en Amazon en ese mismo formato, tras cuatro años y medio en papel. Despegue al que sigo sin encontrar otra explicación que el boca a boca.

El objetivo realista que me había planteado para los primeros doce meses de los vibradores se había cumplido sin alharacas, pero el objetivo ambicioso quedó lejos. El mismo objetivo realista volví a fijar para los doce meses siguientes, pero ya para las dos novelas.

En este segundo año en ebook, que comenzó en noviembre, La terrible historia de los vibradores asesinos, lo vengo repitiendo, superó con creces su objetivo anual en apenas unas semanas, y va camino de superar el ambicioso, que me parecía una locura. Pero escribo esto porque su buena marcha no debe ocultar que La sota de bastos jugando al béisbol también está teniendo un comportamiento excelente en ebook. Su objetivo para los doce primeros meses lo ha alcanzado en solo siete. Fue el jueves. Un día antes de reencontrarme con ella en papel en la Feria del Libro de Zaragoza. Siete meses instalada en el top 100 de humor y entrando y saliendo del top 100  de novela negra, junto a pequeños logros en los top 100 de humor en español quizá no muy llamativos, pero negados para casi todos los libros: nº 2 en el Reino Unido y en Italia, donde fue nº 1 en intriga; y, aunque con unas ventas renacuajas, nº 1 en Canadá.


¿Qué queréis que os diga? El primer libro es especial. Pero este segundo tuvo un embarazo largo y complicado y un parto doloroso. Pero ahí está Ajonio con la exmulata, su amigo el Pulgas, el cura prófugo, los exmonaguillos, el cadáver, el sacristán secreto, el diputado, el concejal, los millones de euros, los archivos secretos, los viajes a Madrid, al Pirineo… No hacen falta vibradores asesinos para que los lectores sigan divirtiéndose con sus correrías.


Gracias a todos.


jueves, 2 de junio de 2016

Ante de seguir...



Antes de seguir con la normalidad en el blog, tras algo que os contaré este fin de semana, un poquito de información para los lectores de Zaragoza.