En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 29 de mayo de 2014

La calma del más fuerte – Veit Heinichen



Sexta novela del comisario Proteo Laurenti. Novela que ofrece síntomas de agotamiento. Pero antes de señalarlos, el argumento:

La inspectora Pina, que sigue compartiendo protagonismo con Laurenti, es mordida por un pitbull cuando practica ciclismo por la zona fronteriza del Carso. De hecho, toda la acción transcurre entre Italia y Eslovenia. La asiste un discapacitado que llega montado a caballo, y la conduce a su modesta casita: una mansión tremebunda donde vive con su papá, un amable caballero que siempre lleva guantes y que está hecho un tiburón de las finanzas internacionales; un tipo que nos es pintado como uno de esos caballeros que tras un vistazo de reojo a una pantalla llena de números dicen “compra” o “vende” y el mercado de futuros del maíz se viene abajo o pega un brinco hasta la estratosfera, lo que convenga al buen señor; en resumen: un perfil peliculero, simplificado y exagerado.

Padre e hijo tienen dinero como para inundar el planeta, aunque cada uno va a su aire; mientras el padre es un especulador, el hijo parece tener otro tipo de objetivos más elevados. Entre los cuales, por cierto, pronto se encuentra Pina.

Vista aérea del paso fronterizo
donde transcurre parte de la acción
Entretanto otros buenos señores vinculados a la mafia se dedican a organizar peleas clandestinas de perros donde se mueve un dineral en apuestas, y el lugar elegido para la ocasión es la tierra de nadie entre Italia y Eslovenia, coincidiendo con el acontecimiento que marca toda la novela: la apertura de la frontera por la ampliación del acuerdo de Schengen (lo que sitúa la acción en 2004) y la pachanga que se organiza para celebrarlo, con asistencia de la flor y nata de la política y de la economía (aunque, parece mentira, con lo detallista que es Heinichen para otras cosas aquí se le han escapado bastantes). Además, y con esto arranca la historia, el malo malísimo de la mansión, aunque ahora es un señor honorable contra el que nadie tiene nada, tuvo en el pasado unos socios poco recomendables, a quienes ahora desprecia y quienes han decidido apiolarlo. Claro que él se entera del asunto (que para eso es muy listo) y se encarga de liquidar a su asesino. Y así es como empieza la novela, con el asesinato de un pelagatos dedicado a todo tipo de chapuzas ilegales. Cómo se enlazan la manipulación de las finanzas internacionales con las peleas de perros en un descampado y el matonismo más salchichero, lo sabrá quien lea la novela. 


Vista del paso fronterizo, todavía en Italia. Eslovenia, a 100 metros.

Si he dicho al principio que La calma del más fuerte da síntomas de agotamiento es porque aunque el final tiene un ritmo muy elevado, la primera mitad es bastante lenta y porque, sobre todo, la prueba de que los personajes ya dan poco de sí es que los hechos se van enlazando unos con otros y ni Proteo Laurenti ni la inspectora Pina deben hacer grandes esfuerzos para que las cosas cuadren. Más que investigadores, son certificadores de evidencias, aparte de alguna acción aislada. Tampoco forman un dúo especialmente integrado ni coordinado literariamente hablando. De hecho el comisario anda de acá para allá preparando las navidades, que va a pasar toda la familia junta por primera vez en mucho tiempo, lo cual es el toque “costumbrista”, aunque en esta ocasión no está demasiado logrado; Pina, por su parte, lo que hace no es tanto investigación como dejarse querer con Sedem, que así se llama el pintoresco galán del corcel. Una de esas casualidades que tanto ayudan en literatura a falta de ideas más originales. Y los nuevos personajes, ya he dicho, resultan demasiado tópicos.


Línea fronteriza

Respecto a los antiguos, Galbano no solo pierde peso en esta ocasión, sino que se diría que aparece para que no nos olvidemos de él. Marietta, en su sube y baja permanente, en esta novela la vemos arisca con el mundo. Y volviendo a Laurenti y su familia, parece que la gracia vuelve a estar en que sus numerosas transgresiones de las normas de convivencia quedan siempre superadas gracias a las influencias de papá cuando no, directamente, a que el propio Laurenti tapa las vergüenzas familiares con su propia y contagiosa desvergüenza.

Entre Italia y Eslovenia hay otros muchos pasos fronterizos en los
alrededores de Trieste, algunos en sinuosas carreteras secundarias.
Lo mejor, sin duda, es la forma en que se lían las cosas para que todo esté relacionado con todo. Pero en ese armónico mejunje, insisto, los protagonistas son los delincuentes (incluso hay un perro que nos cuenta su historia), mientras que quien da excusa a la novela, el comisario Laurenti, casi podemos decir que pasaba por allí. Trieste y su entorno, que siempre es protagonista, también comienza a agotarse; aunque Heinichen es minucioso en los datos y siempre aporta nuevos, lo cierto es que en una sexta novela las peculiaridades de los territorios fronterizos aportan ya pocas sorpresas. Tampoco falta, y no lo digo en sentido elogioso, los “problemas” con los capitostes de Roma, que obviamente “no saben nada” y se desentienden de todo (otro tópico) pero para eso están los héroes de las novelas, capaces de luchar contra los elementos internos y contra el enemigo externo al mismo tiempo. Y todo sin descuidar totalmente las obligaciones familiares.

En definitiva, una novela solo relativamente entretenida y bastante pobretona desde el punto de vista de la originalidad, pues los tópicos en los que se basa apenas quedan disimulados por el ornato supuestamente especial de Schengen y el fiestorro, ni por las costumbres navideñas que cambian el día a día que hasta ahora conocíamos del comisario y su familia.



lunes, 26 de mayo de 2014

La analfabeta que era un genio de los números – Jonas Jonasson



            Cuando leí el título, tan del estilo de El abuelo que saltó por la ventana y se largó, temí lo que la lectura ha confirmado: que Jonas Jonasson, y/o su editorial, etc., han querido pasar por caja aprovechando el éxito del abuelete. Y Jonasson lo ha hecho sin romperse la cabeza: se ha limitado a imitarse a sí mismo, y lo ha hecho con resultados muy discretos (por decirlo de algún modo) si tenemos en cuenta que la anterior sí es una muy buena novela de humor. En cambio, La analfabeta que era un genio de los números es solamente un producto de consumo.

            El abuelo usaba el estilo indirecto libre de forma muy divertida, habida cuenta de la personalidad del protagonista. Me veo obligado a decirlo porque esa es la voz –la del abuelo- que habla en La analfabeta que era un genio de los números, pero como ahora ni hay abuelo saltarín ni Nombeko, la protagonista, tiene nada que ver con él, el resultado es un narrador que adopta un tono que, alejado de cualquier personalidad reconocible, poco tiene que ver con el estilo indirecto libre, y la historia se transforma así poco menos que en un chiste, porque una cosa es que el protagonista sea más o menos peculiar, y otra que lo sea un narrador ajeno historia. Es decir, tratando de repetir el éxito del abuelo se ha adoptado su visión del mundo sin que haya causa que lo justifique; el resultado también es obvio: algo falta, o alguien; lo que mengua la diversión. Si el narrador no resulta creíble ni justificada su "locura", ¿qué queda?. No es que el realismo sea exigible, sino que andar con un pie en la realidad y otro en el delirio es un equilibrio tan complicado y requiere tanta habilidad que rara vez sale bien. Y aquí no ha salido. Cosas de las prisas por cobrar, supongo.

            Además, La analfabeta toma prestados los principales ingredientes del éxito de El abuelo, pero cocinados de forma precipitada, poco trabajados y sin la gracia de la novedad: introduce una versión abreviada de acontecimientos históricos y hace participar a diversos políticos, desde presidentes sudafricanos a presidentes chinos, pasando por la realeza y los gobiernos suecos, amén del Mosad. Y, por supuesto, el narrador más que los personajes hacen suya la peculiar filosofía de la vida del abuelo.

            ¿Cuál es el argumento? Nombeko es una niña negra que nace en la Sudáfrica de los años 60, en el apogeo del Apartheid. Analfabeta, se gana la vida transportando excrementos, pero como es muy pita pronto prospera. Por accidente acaba de “chica de la limpieza” de un ingeniero blanco, perfecto borrachín, que está al frente del programa nuclear sudafricano como, habida cuenta de su talento, saber y hacer, podría regentar una churrería ruinosa. Paralelamente conocemos la vida obra y milagros de una saga de locos suecos, donde de padres a hijos se va transmitiendo la pasión por la monarquía. O mejor dicho, los sentimientos que genera la monarquía, porque si primero son de adhesión inquebrantable, la adhesión se quebranta y se transforma en furibundo republicanismo con la tonta ocasión que sabrá el lector. Esta familia sueca está como unas maracas, lo cual hace que uno de los dos gemelos llamados a tomar el testigo del padre zumbado ni siquiera exista legalmente. Los caminos de los gemelos y de Nombeko acaban convergiendo a lo largo de los años (desde los sesenta hasta la actualidad), en una “aventura” que tiene como único aliciente saber qué demonios pasará con la bomba atómica de tres megatones que circula por ahí como Pedro por su casa. Este asuntillo de la bomba tampoco es demasiado original. Las historias (sobre todo en el cine) que desarrollan las peripecias derivadas posesión más o menos forzada de algo peligroso, son infinitas.

            Lo cierto, sin embargo, es que el tema de la bomba no da para mucho y enseguida resulta repetitivo. Así que Jonasson, llegado ese punto, cambia el objetivo de la novela, que pasa a ser averiguar si la pobre Nombeko y los locos suecos serán capaces alguna vez de llevar una vida normal y de satisfacer sus loables ambiciones intelectuales. Nada hace presagiarlo a corto plazo, porque la excusa para que nada se resuelva (la conversación eternamente pendiente con el primer ministro sueco) es tan inane como forzada, y desde el comienzo apunta a que el lector deberá tener paciencia. El desenlace se hace esperar, pero cuando llega es demasiado largo y exagerado. Y el final del final, mejor no hablar: tiene tan poco sentido como relación con la novela, y toma de nuevo algo prestado de la comedia cinematográfica, con la diferencia de que no es lo mismo gastar al espectador una broma de cinco segundos a costa de un secundario para dejarlo con buen humor, que hacer leer al lector unas cuantas páginas sin ton ni son.

            Por último, o se me ha hecho de lectura pesada por que no ando muy fino, o el libro está desequilibrado: en la primera mitad –que es lo que más pesado se me ha hecho- ni hay méritos literarios que admirar ni una historia que interese, más allá de una sucesión de anécdotas que no se sabe a dónde quieren llevar.

            Conclusión: con lo bueno y divertido que es El abuelo que saltó por la ventana y se largó, es una pena que Jonasson, movido por las prisas que enseguida entran cuando hay un éxito comercial, no se haya consolidado como un gran escritor de humor, y haya firmado esta amalgama de cosas que quieren ser algo nuevo sin dejar de ser El abuelo, lo cual es imposible.  



jueves, 22 de mayo de 2014

El crimen de Lord Arthur Saville - Oscar Wilde



Breve y sutilmente divertido, El crimen de Lord Arthur Saville se pitorrea de las clases altas inglesas de la época (finales del XIX) presentándolas como un hatajo de desocupados que no tienen otra cosa más importante que hacer que mirarse el ombligo y rascarse complacientemente la barriga. Entre tan feliz tropa se encuentran, además, quienes tienen las neuronas tan relajadas que están dispuestos a creerse cualquier cosa.

Lord Arthur Saville es un jovenzuelo de familia rica, con un futuro opulento en el que pronto va a contraer matrimonio con una chica que, como no puede ser de otra manera, es una extraordinaria mezcla de belleza, bondad, altruismo y cuantas cataratas de virtudes quepa imaginar. La esposa perfecta para la época, que en todo agrada a su marido y en nada discute sus designios.

Pero antes de que llegue tan feliz acontecimiento, Lord Arthur está en uno de los fiestorros de lady Windermere, y allí el quiromántico de cabecera de la tal lady, al examinar la mano de Lord Arthur, queda muy preocupado (lo cual, en la literatura de la época, implica una palidez mortal). Alguien con dos dedos de frente podría pensar que era una patraña para despertar el interés del Lord y vaciarle el bolsillo a cambio de satisfacer su curiosidad, pero Lord Arthur anda tan escaso de dedos de frente como sobrado de alocada voluntad, y así, previo desembolso, llega a saber que el destino le depara cometer un crimen.

Quien vive opíparamente sin dar un palo al agua a costa, por tanto, de los sudores de vaya usted a saber quién (ni él lo sabe), queda horripilado: ¿cómo él, con lo bien que le va la vida, va a convertirse en un criminal?

Y el hombre, cuya urgencia más inmediata es convertirse en un feliz marido, llega a la siguiente extravagante conclusión: no puede cometer el crimen después de casado, porque eso sería hacerle una faena a su bella y abnegada esposa. ¡Pobrecilla! La solución es aplazar la boda hasta que él pueda cometer el crimen; y luego, con el delito ya cometido y la incertidumbre despejada, casarse tan contento. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Y a ello se dedica el caballero: a matar a alguien. Da igual quién. Para lo que revisa su listado de amistades. Esto son amigos, y lo demás cuentos.

Claro que apiolar gente no es tan sencillo, y desde el veneno a los explosivos pronto don Arthur comienza a acumular fracasos que le exasperan, como si el destino se hubiera empeñado no en hacer de él un criminal, sino en cargarse su matrimonio.

El desenlace es conocido, de alguna manera ejemplarizante y a la vez ridículo para el protagonista y cuanto representa.

El humor se desarrolla en segundo plano, a través de la insensatez de los personajes, en especial de Lord Arthur, y de su peculiar escala de valores, y de la forma en que el destino se burla de ellos. El sentirse por encima del bien y del mal cuando en el fondo se es un ignorante es lo que fundamenta por un lado la crítica implícita en la novela y por otro su aire humorístico.

Una novelilla de esas que justifican el diminutivo por su extensión, pero que en el fondo han devenido en un clásico.



lunes, 19 de mayo de 2014

El primer caso de Montabano – Andrea Camilleri



El primer caso de Montalbano (Serie Montalbano, 12)

A mi juicio, uno de los mejores libros de Montalbano de los doce que llevo leídos, formado por tres relatos que constituyen, cada uno, una pequeña novela. Tres relatos escritos en diferentes momentos del tiempo del autor y del tiempo del personaje. Vemos así a Montalbano cuando llegó a Vigàta y otros casos situados en un momento posterior. Vemos también que los secundarios  cambian bastante de perfil de un relato a otro (Fazio lo tiene aquí mucho más definido, Mimí Augello algo menos, y las locuras de Catarella son cambiantes dentro de un mismo tipo), e incluso hay o deja de haber algunos personajes que se echan de menos en este libro o en los anteriores (así, por ejemplo, en el relato El primer caso de Montalbano no se menciona siquiera a Livia, pero tampoco vuelve a aparecer en otras novelas la psicóloga del último de los tres casos de esta obra).

Cada vez me gustan más estos libros de relatos “montalbanescos”, porque dice mucho de la forma en que escribe Camilleri. Da la sensación de que cualquier idea que pasa por su mente se transforma en una historia y que, en función de lo larga o corta que le sale, acaba en forma de novela o como parte de un libro de relatos. De este modo el personaje y las historias adquieren mucha frescura, porque no están ceñidas de antemano a un determinado patrón. Esto, unido a lo prolífico de Camilleri, hace que lo que no sea aprovechable para una cosa lo sea para otra.

El primer relato tiene un argumento curioso. Comienza con el asesinato de un pez (sí, he dicho bien) y continúa con el de otros animales. Al principio parece una locura digna de no ser tomada muy en serio, pero pronto todo apunta a un crimen ritual. El reto es anticiparse, y Salvo Montalbano es para ello tan pito como suelen ser todos los protagonistas de las novelas; eso sí, en la historia participan secundarios que valen su peso en oro solo por su pintoresco aspecto, y que dan forma al universo de Vigàta, como en este caso ocurre con el anciano erudito, quisquilloso y zampador de biberones que lleva por nombre Alcide Maraventano.

El segundo relato es el que da título al libro: El primer caso de Montalbano. El comisario, rescién ascendido, acaba de llegar a Vigàta, y la historia de su primer caso se alterna con un chorro de información que hará las delicias de los seguidores de Montalbano: su ascenso a comisario, el traslado a Vigàta, la localización de Marinella y en alquiler de la casa, el primer contacto con sus subordinados, con la mafia local, con la trattoria San Calogero, etc.  En cuanto al caso en sí, una guapísima chica es sorprendida con una pistola, pero se niega a decir qué pretendía hacer con ella; y, en realidad, se niega a decir cualquier cosa con una obstinación enfermiza. Como casi siempre le ocurre al comisario, la curiosidad le impele a forzar el cumplimiento de sus obligaciones. Unamos que la chica tiene un origen bastante más que modesto enlazado con la Sicilia profunda, que Montalbano se ve metido en un incidente de tráfico que acaba relacionado, y que algún mafiosillo anda por en medio –con sus relaciones de rigor- y tenemos el cuadro completo.

El tercer y último relato, situado temporalmente en un momento muy posterior, cuenta cómo, durante una tradicional comida campestre interrumpida por una tormenta, una niña de tres años desaparece y vuelve a aparecer dos o tres horas después ante una casa situada cinco o seis kilómetros más allá de lugar de la excursión. Si alguien se apiadó de la niña en la tormenta o si fue un secuestro, es lo que Montalbano trata de desentrañar. Y la historia no defrauda, porque aunque el lector tiene sospechas que se acaban confirmando, Camilleri es capaz de seguir sorprendiendo, porque no toco acaba donde parece.

Y, como siempre, con los salmonetes que Montabano come en este libro, podría alimentarse un regimiento. Aunque yo me quedo con los entrantes a base de queso y olivas negras.



jueves, 15 de mayo de 2014

Portadas de novelas de humor

        
          La portada es la tarjeta de presentación de cada libro. Al menos en las primeras ediciones, de donde no pasan la mayoría. Pero una tarjeta de presentación puede ser adecuada en un país e inadecuada en otro, o dentro de un mismo país una portada concreta puede ser acertada en un momento y desacertada tiempo más tarde. Es más: cuando un libro llega a ser lo bastante conocido la portada puede dejar de ser un “gancho” para convertirse en una “imagen de marca” que resulte reconocible más por la costumbre que por lo llamativa. O, como a veces sucede cuando la novela es llevada al cine, la portada se inspira en las imágenes de la película, buscando atraer así, probablemente, un público más cinéfilo que lector.

          Algunos de esos libros famosos llegan a serlo tanto y con tanto motivo que acaban en colecciones de “clásicos”, donde la uniformidad de las portadas aportan la solemnidad que uno tiende a atribuir a lo importante.

          También, cuando ha pasado el tiempo suficiente, es posible ver cómo han evolucionado las modas en las portadas. Porque en esto, como en casi todo, también las hay.

           Y, cómo no, también hay portadas que en sí mismas son auténticas obras de arte.

          Al hilo de estas ideas solo apuntadas, y sin otro ánimo que el anecdótico, aquí va una recopilación de portadas de libros más o menos famosos, todos ellos comentados en el blog: Amor se escribe sin hache, Wilt, El malvado Carabel, Duluth, Yo soy Fulana de Tal, Sin noticias de Gurb y El misterio de la cripta embrujada.


Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela,
se publicó en 1928. Las primeras portadas, casi de cómic,

transmitían la idea de una novela de humor en algunos
momentos alocada. Con el tiempo ha llegado a ser
un clásico, y ahí está, en Cátedra (que, por cierto, es la
edición que tengo)




En 1976 Tom Sharpe publicó su novela más famosa, Wilt, traducida
a infinidad de idiomas y reeditada sin cesar hasta el día de hoy.

Uno de los temas recurrentes en las
portadas ha sido el comienzo de los disgustos de Wilt: el enterramiento
de una muñeca hinchable bajo un montón de hormigón es visto
y confundido, en la distancia, por un crimen. Sin embargo, 

me da la sensación de que muchas de las portadas que
aquí aparecen pueden hacer pensar que el sexo juega un papel más
importante del que en realidad tiene en la novela, como si lo editores
hubieran pensado que la promesa de sexo era más atrayente que el argumento.
En el caso de "Compactos Anagrama"
las diferentes novelas del personaje han seguido una "imagen
de marca" vinculada al dibujo de portada. Otras portadas hay
a mi juicio demasiado caricaturescas.






En las portadas que he encontrado de El malvado Carabel (1931),
de Wenceslao Fernández Flórez, no se aprecia la influencia de las versiones

cinematográficas que inspiró en 1956 y en 1962. El recurso en todas ellas al dibujo
más o menos cómico traslada la idea de estar ante una novela de humor.



Está claro que en Duluth (1983), de Gore Vidal,
 lo que más inspiró a los diseñadores de portadas
fue la bella policía sádica que aparece en la novela.

Debe de ser que el sexo vende mucho, porque bien
podría haber otros muchos motivos para la portada,
habida cuenta de la complejidad de la novela. O también
puede ser que, después de las primeras portadas,
se reprodujera la estética por aquello de
la imagen de marca




Supongo, pero no lo he confirmado, que dirigiendo La Codorniz
durante más de tres décadas, a Álvaro de Laiglesia no le faltarían
dibujantes dispuestos a ilustrar sus portadas. El mismísimo
Antonio Mingote, que trabajó con él, prologa alguno de sus libros (y

dio a luz algunas de sus portadas).
Yo soy Fulana de Tal fue llevada al cine en 1975,
lo que a la vista está que influyó en posteriores ediciones. En las primeras

los dibujos avisan del elevado componente humorístico. En
otras, en cambio, el lector no avisado podría esperar otra cosa.




No he encontrado muchas portadas de la famosísima Sin noticias de Gurb (1991),
pese a que Eduardo Mendoza advierte en el prólogo de la edición que tengo que es su
obra más vendida y traducida. No me llama la atención la referencia al
camaleón (ver el artículo Noticias de Gurb), pero sí que no haya encontrado
imágenes de marcianos haciendo estropicios.




El misterio de la cripta embrujada (1978) supuso un cambio brutal
respecto a su predecesora, La verdad sobre el caso Savolta.
De una novela de corte clásico a una genial broma.
La adaptación al cine se nota en algunas de sus portadas. En otras,

en cambio, la estética de cómic no puede hacer pensar, en este caso,
en una obra de humor, porque al no ser dibujos caricaturescos
y reflejar una escena violenta, más hacen pensar en algo distinto. Sea como
sea, una novela cuyas portadas alcanzan ya todos los registros.

lunes, 12 de mayo de 2014

El temible Blott - Tom Sharpe



Un diputado inglés vive en el quinto pinto, en la mansión que durante cientos de años ha pertenecido a la familia de su esposa, una familia de fabricantes de cerveza. La esposa, a su vez, es una mujer de armas tomar. El matrimonio apenas se soporta, y cada uno está haciendo planes para librarse del otro sin perder el patrimonio que representa la susodicha mansión. Es así como el diputador, Sir Giles, consigue que cierta autopista pase por la propiedad, lo que obliga a la expropiación, que es la forma que ha elegido para burlar ciertas disposiciones testamentarias y echarse al bolsillo el precio de Handyman Hall, que así se llama el lugar; claro que hay trayectos alternativos, y para que su mujer no le arruine el plan él debe jugar a querer una cosa y fingir desear otra. Su esposa, en cambio, lo tiene claro: por Handyman Hall  no debe pasar más que el aire puro. En el proceso de ver quién se sale con la suya se ven envueltos el Lord que actúa como juez, el enviado del Ministerio de Medio ambiente (un tipo extraño pero a la vez lógico), todo el que pasa por allí y, por supuesto, Blott, un individuo de origen incierto que fue a parar allí en la Segunda Guerra Mundial (el libro es de mediados de los 70) y que allí sigue, como jardinero del matrimonio. Unamos a esto que Sir Giles le gusta el “sexo inglés” y que tiene en Londres una amante sumamente despistada, y tendremos todos los ingredientes para una nueva trama que se basa en la idea de ver quién se sale con la suya, para lo que cada uno recurre a las ideas más estrambóticas, que dan como resultado las trifulcas más tremendas.

El temible Blott está a la altura de otras novelas de Sharpe en lo que a enredo se refiere, aunque por debajo en tres aspectos: los recursos de que echan mano los protagonistas son más exagerados de lo habitual, lo que da un toque caricaturesco que mengua el realismo mínimo necesario; manteniendo un nivel humorístico elevado, faltan sin embargo las puntas de ingenio de otras ocasiones, y además los personajes, cada uno a su manera, consiguen ser lo bastante desagradables como para que el lector no tome partido por ninguno. Quizá el único que despierta ciertas simpatías sea el enviado del Ministerio, porque al hombre no le pasa nada bueno y acaba actuando movido por la desesperación, pero dado que su papel, siendo importante, no es central, no basta.

Lo mejor, como tantas otras veces, es la inmensa capacidad de Sharpe para liar las cosas. Merece la pena leer sus libros solo por ver cómo las situaciones se van enredando, cómo los equívocos y las decisiones se suceden provocando situaciones tan ingobernables como explosivas.

En esta ocasión, como ya he apuntado, algunas de esas ideas son demasiado traídas por los pelos (el zoológico, por ejemplo),  aunque a cambio las referencias al sexo, que en otras ocasiones son gratuitas, en esta están plenamente justificadas e integradas en la trama: lo que Lady Maud hace con el enviado del Ministerio es preciso para justificar luego la conducta de este; y, sobre todo, las perversiones que tanto gustan a Sir Giles sirven de excusa primero para dar cuenta de la situación de su matrimonio y, más adelante, para que su esposa pueda reaccionar como lo hace.

De trasfondo, una situación política donde impera el tráfico de influencias y, en ocasiones, el cohecho. Lo malo, respecto a esto, es que lo que Sharpe presenta como resultado de la forma de ser de los políticos, es mucho más suave y tiene muchos más mecanismos de control en la propia novela de lo que luego hemos llegado a ver mucho más de cerca en la realidad. En resumen, que lo que en la novela pretende pasar como un escándalo camuflado en la hipocresía y en las apariencias, en lugares y momentos  cercanos y en la realidad en lugar de en la ficción, campa a sus anchas sin apenas disimulo, así que uno no sabe qué tomarse con humor, si la novela o que la realidad haya dejado muy atrás los escándalos que Sharpe narra.



jueves, 8 de mayo de 2014

Los hombres te han hecho mal - Ernesto Mallo



         Tercera novela de Lascano, alias el Perro, algo más breve que la anterior, pero también más directa. Como en las dos primeras, en cada página se nota el buen saber hacer de Ernesto Mallo.

El tiempo ha pasado sin que Lascano se dé cuenta, hasta el punto de que un buen día se encuentra jubilado. Pero antes de poder poner orden en su nueva vida –o de aburrirse con ella, pues no parece qué saber hacer con sus días- recibe una petición que se transforma en un trabajo: encontrar a una niña desaparecida años atrás. La madre murió no se sabe a manos de quién (aunque puede intuirse), y es la millonaria abuela quien está detrás de la encomienda a Lascano, a quien conoce... por lo que verá quien lea la novela. 

  Como en sus predecesoras, la historia se teje entrecruzando historias. La de Lascano por un lado, la de la abuela, la hija y la nieta por otro, y la de los delincuentes que directa o indirectamente intervienen; unos, por lo que hicieron y siguen haciendo; otros, porque interfieren; y luego, los de siempre, porque delinquen desde la impunidad que da el poder. El turbio ambiente que mezcla la delincuencia organizada y más o menos organizada, las tramas y los grupúsculos, la droga y el trágico mundo de la prostitución (más bien habría que hablar de esclavitud) son el marco donde todo se desenvuelve.

  La novela se lee con rapidez porque es corta, aunque haya que leer despacio porque todo es significativo (lo que hace que se disfrute más), y donde el componente de género no impide apreciar una vez más la denuncia de la corrupción. El misterio en torno a cómo se desenredará lo que parece un complejo ovillo sirve de guía al lector en un paisaje donde la vileza siempre la soporta el más débil, que suele ser también el más pobre, y donde la violencia –mucha- acaba alcanzando a todos.

Quizá como consecuencia de esa ligera mayor brevedad combinada con el elevado número de personajes, los diálogos no son tan potentes como en  El policía descalzo de la Plaza San Martín, pero lo siguen siendo bastante y merece la pena detenerse en ellos.

Solo hay un aspecto ajeno a la historia en sí, que viene de las novelas anteriores y que si hay otras nuevas seguramente se prolongue en ellas: la relación de Eva con Lascano, que en El policía descalzo de la Plaza San Martín parecía haber quedado reducida al recuerdo, todavía da juego; lo cual, unido al ambiente marginal en lo profesional de Lascano y a la atmósfera corrupta en que se desenvuelven los personajes, da soporte a la continuidad de las novelas. No obstante, dado el sorprendente final en lo que a la situación de Lascano respecta (no digo más para no estropear nada a nadie) habrá que ver, si hay una cuarta novela, por dónde irán los tiros (y no es un juego de palabras).


lunes, 5 de mayo de 2014

La mujer leopardo - Alberto Moravia



          Alberto Moravia terminó de escribir La mujer leopardo pocos días antes de morir, lo cual no quiere decir que esta obra tenga aire de despedida. Otra cosa es que, como se apunta en el epílogo, Nora, la esposa del protagonista, represente la vida. Porque Nora, la mujer leopardo, es incomprensible, inapropiable e inasible. 

          ¿Pero estamos entonces ante la visión de la vida expuesta por un autor que ve inminente la muerte? Es una idea romántica, pero creo que algo retorcida, porque los temas que aquí trata Moravia no son ajenos a otras de sus obras. Además La mujer leopardo es, explícitamente, una novela sobre los celos. Sí, seguro que también pueden interpretarse simbólicamente como el miedo injustificado a lo que nuestra propia vida pueda estar haciendo con nosotros a nuestras espaldas, pero hay tantos miedos y tantas inseguridades, que cualquiera de ellos puede fundamentar una novela sobre lo incomprensible de la existencia; lo mismo los celos que los complejos de inferioridad que aquejan a tantos que se creen superiores, o la inseguridad que otros tratan de aplacar con la vanidad o la avaricia. Los ejemplos son muchos, pero no creo que Moravia haya elegido los celos para hablar de la vida, o no solo para hablar de ella, porque hay otro tema que siempre está presente en sus novelas: la relación entre hombre y mujeres. Los celos, en realidad, le permiten matar dos pájaros de un tiro.

          El protagonista, Lorenzo, periodista, está muy orgulloso de la belleza de su esposa, Nora; tanto que decide “lucirla” en una reunión con el director del periódico donde, por casualidad, está el propietario, un cincuentón llamado Colli. Nora y Colli apenas hablan, pero Nora advierte, y así se lo dice a su marido, que entre ambos ha habido una suerte de entendimiento inconsciente, lo cual basta para alertar a Lorenzo.

          Ocurre además que Nora se opone a acompañar a su marido a un viaje a Gabón, donde también van a ir Colli y su esposa. Cuando Lorenzo inquiere los motivos, Nora acaba confesando que no se fía de lo que pueda ocurrir entre ella y el desconocido Colli. Para colmo, acaba siendo Colli y no Lorenzo quien vence la resistencia de la mujer y la convence para ir a Gabón.

          Y allí se van, más de vacaciones que de trabajo, los dos matrimonios. Si entre Nora y Colli pasa algo o no y qué es ese algo, que lo juzgue el lector; verlo, no lo llegamos a ver; ni siquiera a intuir si no fuera por las numerosas frases con que Nora deja abierta la puerta a todo, y que uno tiene a interpretar como afirmativas porque en otro caso mantener la incertidumbre de Lorenzo sería una crueldad gratuita. Claro que la vida es cruel e incomprensible, y quizá Nora, como he apuntado antes, representa la vida.

          El tormento de Lorenzo es doble: por una parte, lo que imagina, la rabia que le produce, el amor propio mancillado, la inseguridad que produce el sentirse ninguneado, el no saber qué hay que hacer para no perder; aunque él mismo reconoce que son celos y que los celos, por definición, son infundados. Pero es que Ada, la esposa de Colli, también está celosa, y no solo imagina, sino que asegura y no deja de decirle a Lorenzo lo que los otros dos estarán haciendo en cada momento. Porque si algo cierto hay es que Nora y Colli pasan mucho tiempo juntos. 

Alberto Moravia (1907-1990)
Moravia era el apellido de su abuela paterna.
Su verdadero nombre era Alberto Pincherle 
          Como reacción despechada, entre Lorenzo y Ada pueden pasar muchas cosas, pero hay tantas dudas entre ellos y el motivo cimenta tan mal cualquier relación de ese tipo, que entre ambos solo hay un permanente tira y afloja, un avivar y apagar fuegos, una sucesión de reacciones impotentes ante una realidad que ni conocen de verdad ni, por tanto, pueden dominar. Es más: asocian la infidelidad a la consumación del sexo, lo cual no deja de desorientarlos, porque mientras que la afinidad entre Nora y Colli es más que evidente, el sexo nunca lo es. Algo debe simbolizar esta relación imposible entre Ada y Loranzo, porque Moravia no escribe ni una sola línea inocente. ¿Qué? No me resulta fácil saberlo. Si tuviera que elegir, diría que Ada y Lorenzo son, precisamente, el hombre y la mujer que tanto preocupan siempre a Moravia; ambos incapaces de hacer nada en común porque cada uno de ellos tiene un problema consigo mismo. La cuestión, entonces, es qué representa la relación entre Nora y Colli, más allá de un ideal imposible.

          El marco en el que todo transcurre es un oasis de civilización rodeado de una selva impenetrable, como para remarcar el aislamiento del ser humano ante el misterio de la existencia; como si fuera de uno mismo y de su vida incomprensible no hubiera más que eso: la selva.

          Qué ocurre, ya lo he dicho, aunque el desenlace es inesperado. La conclusión es que a menudo perdemos el tiempo, las fuerzas y la paciencia temiendo fantasmas; que en otras ocasiones los fantasmas son reales pero no por ello tienen más poder sobre nosotros del que nosotros les consintamos; y, por último y volviendo al principio, plantea la reflexión de hasta qué punto nuestra vida es nuestra o es nuestra vida la que nos domina y nos zarandea a su antojo sin que podamos hacer demasiado por evitarlo. A este respecto, el destino de Colli es significativo.

          La novela es, como casi todo lo de Moravia, de un nivel muy elevado. De forma breve y sucinta se exponen ideas y sensaciones de una gran complejidad (de hecho, lo único que chirría alguna vez es cómo Lorenzo puede amargarse tanto la vida a pesar de la lucidez de muchos de sus pensamientos). Moravia es capaz de extraer la raíz de los sentimientos y exponerla a la luz despojada de toda la maraña de circunstancias que habitualmente sirven de excusa para no reconocer la propia debilidad y que acaban por ocultar la realidad, y exhibe todos los procesos derivados sin prisa pero sin pausa. Por eso, aunque el libro sea relativamente breve, hay que leer despacio (es de esas lecturas que se saborean), porque todo es significativo, no hay frases ni escenas inocentes; nada sobra, todo tiene su razón de ser.


jueves, 1 de mayo de 2014

El hombre perro – Yoram Kaniuk



Mañana Yoram Kaniuk hubiera cumplido 84 años, y he aquí un libro de los que dejan huella, aunque cuesta explicar el motivo. La tragedia empañada de humor no deja indiferente, y es quizá una de las cosas que hacen el libro difícil de asimilar, porque resulta complicado compatibilizar las dos perspectivas a la vez.

Llama la atención la absoluta renuncia a explicar las razones. Me explico: es claro por qué están en “el centro” los pacientes; pero no el proceso que los ha llevado allí; otros, con similares padecimientos, fueron capaces de vivir (o malvivir) con ellos a cuestas sin irse de la cabeza. ¿Por qué estos sí? No se sabe ni siquiera en el caso del protagonista. Consecuencia: el lector debe imaginar el grado de sufrimiento que a él le haría volverse loco, y eso no deja indiferente. Choca, en medio del drama, tanto la presentación de algunos de los enfermos –muy pintorescos, extravagantes hasta mover a la sonrisa- como la existencia de algunos personajes casi cómicos –las hermanas no sé cuántos- y alguno difícilmente comprensibles por lo extraño –hablo de Gina, demasiado perfecta para ser verdad: bonita, entregada, sin otra vida que la que se relata cuando tiene toda a sus pies, una mujer idealizada.

Cómo se llevan entre sí y cómo se relacionan los “perros” es analizado intensamente, pero por una vía indirecta: exponiendo hechos. Es algo meritorio y sin duda lo mejor del libro: ¿qué queda del ser humano, cómo se comunica, cuando sus formas de expresión normales han sido aniquiladas? ¿Cómo se expresan entonces los sentimientos más básicos?

La lectura tiene su aquel: combina pasajes muy llevaderos y entretenidos con otros de una verborrea magistral, pero difíciles de seguir por las alusiones e interpretaciones a las que el lector debe saber dar sentido.

Yoram Kaniuk. 1930-2013
Y, en todo caso, te obliga a tener presente las atrocidades que cualquiera puede cometer. Porque sí: Hitler hubo uno, pero necesitó el apoyo de tantos miles de manos que es ingenuo pensar que alguna vez en la historia ha dejado de haberlas. Simplemente, duermen. Ninguno sabemos el límite del dolor que somos capaces de soportar ni, lo que es peor, de causar. Para lo bueno y para lo malo, no somos más que animales. Y no muy inteligentes. Y fácilmente manipulables. Hitler parecía un caso excepcionalmente patológico –personal e históricamente- pero no es verdad: aunque miremos hacia otro lado ahí está Yugoslavia hace nada, por no hablar de Camboya, Ruanda... Aunque parezca increíble, la salvajada siempre es posible. Incluso donde y cuando menos se la espera. ¿A que nadie se atreve a decir que en los próximos treinta años no va a haber más barbaridades como esas? Por eso son buenos los libros que obligan a pensar, como éste.