En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 28 de abril de 2014

El Gatopardo - Giuseppe Tomasi di Lampedusa



          Que una novela como El Gatopardo sea la única de su autor no deja indiferente a nadie que se acerque a ella. Y más si uno lee el breve prólogo de Giorgio Bassani, donde se nos cuenta que el autor, ajeno al mundo literario, acudió a una reunión sobre la materia acompañando a su primo, el poeta Lucio Piccolo. Y tan influenciado volvió  de ella Giuseppe Tomasi, príncipe di Lampedusa, que comenzó a escribir. ¿El qué? Lo que, según su esposa, llevaba 25 años planificando: una novela histórica. A ella se aplicó entre 1955 y 1956. Luego, enseguida, murió, pero dejó para la historia una novela extraordinaria. Una obra sobre la decadencia de una larga época, sobre los albores de otra, y sobre los miedos y ambiciones el ser humano, los cuales, jugando con la idea más célebre de la novela, no cambian nunca aunque cambie todo.

Lucio Piccolo (izquierda) y Giuseppe Tomasi di Lampedusa

          En un tono doliente pero no ajeno al humor, a lo largo de un puñado de capítulos primero separados por meses y al final por décadas se nos cuenta la historia de don Frabizio, príncipe de Salina, casa de la nobleza siciliana representada por un gatopardo. Una casa –inspirada en la propia familia del autor- que poco a poco ha ido a menos y de la que, aunque sigue siendo poderosa, el príncipe atisba ya el final. Entre medio, la unificación de Italia con sus rivalidades territoriales, Garibaldi, las disputas por el poder y el ascenso económico y político de la burguesía.

          El príncipe, un hombre culto aficionado a las matemáticas y a la astronomía, que comparte sus días con el resignado padre Pirrone, tiene hijos e hijas, aunque su preferido es su sobrino Tancredi, un muchacho arruinado por su fallecido padre que solo tiene tres cosas a su favor: ambición, encanto y un título nobiliario. Es precisamente el irresistible Tancredi quien pronto expresa la idea más célebre de esta novela, parte de la literatura del siglo XX; en un diálogo en el que, dirigiéndose a su tío en relación a los sucesos que habían de desembocar en la marcha de los borbones del Reino de las Dos Sicilias, dice: “Si allí no estamos también nosotros –añadió-, ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”

          De esta forma justifica Tancredi su apoyo a los cambios políticos; es decir: si uno quiere mantener sus privilegios, debe adaptarse para estar siempre en el bando ganador. 

          Y eso es El Gatopardo: la historia de los que cambian para que nada cambie y la de quienes por no cambiar acaban viendo cómo a su pesar cambia su vida. Los primeros, ambiciosos; los segundos, acomodados, resignados, impotentes o engañados.

          Tancredi, como es sabido, sale victorioso y de alguna manera facilita que el príncipe nade y guarde la ropa. Pero Tancredi sigue siendo tan pobre como antes, y la única manera de evitarlo es contrayendo matrimonio con Angélica, una muchacha muy guapa y muy interesada, hija del alcalde de Donnafugata, donde la familia Salina tiene su magnífica residencia de veraneo: un palacio descomunal. El alcalde es un hombre rústico e inculto que solo piensa en términos monetarios -todo lo contrario que el príncipe-, y que ve en el enlace el modo de prosperar socialmente. Lo que los más tradicionales ven como un grave error, casi como una afrenta al prestigio y la memoria de los Salina (y no andan desencaminados porque ese matrimonio es consecuencia y causa de su decadencia), el príncipe acaba por verlo como un mal menor que permitirá, merced a la dote de la muchacha, el resurgir que los Falconeri (tal es el apellido de Tancredi).

          Pero la novela no se conforma con mostrar el ocaso de una saga, cómo otros vienen a ocupar su lugar y cómo algunos que cambian para que nada cambie siempre están ahí, sino que también tiene un importante componente psicológico y emocional. Al príncipe lo conocemos cuando tiene cuarenta y tantos años y está ya de retirada del mundo, centrándose en sus aficiones y eludiendo los problemas, consciente de que poco puede hacer por cambiar el destino de su familia y confiando en que su querido Tancredi de algún modo rehará su suerte; y sí, Tancredi lo hace, pero “cambiando para que nada cambie”. Es decir, adaptándose a los nuevos tiempos, ocupando las nuevas estructuras de poder, aliándose con quienes hasta hace poco eran sus vasallos o incluso sus enemigos. Pero también vemos al príncipe unos años más tarde, cuando los acontecimientos se han precipitado, e incluso llegamos a despedirnos de él cuanto tiene ya más de setenta años y compartimos la impotencia de la vida que se escapa, de todo lo que se soñó y no se hizo, del tiempo perdido, de la inconsciencia que lleva a no apreciar la vida cuando se puede disfrutar de ella, de la misma forma que compartimos su tristeza cuando, sin fuerzas ya para moverse, cuando sabe que apenas le queda tiempo, imagina convertidos en cacharros polvorientos los telescopios con los que tanto disfrutó.

Giuseppe Tomasi
di Lampedusa
          No es la única manera en la que la novela afronta la muerte de sus personajes, de forma, incluso, que cada una representa el fin de un concepto. Uno de los personajes secundarios que siempre está presente es Concetta, una de las hijas del príncipe, que está enamorada de Tancredi y debe soportar que este se comprometa con Angélica. Durante toda la novela Concetta permanece en un segundo plano, sin duda dolida con la actitud de su primo que ha preferido la belleza y el dinero de la plebeya Angélica a su amor desinteresado; el lector se fija relativamente poco en Concetta, permanece en el plano de “amenaza emocional”, con un papel potencialmente relevante; sin embargo, la misión de Concetta –y no adelanto nada porque la novela es sobradamente conocida- es el de demostrar que la inversa de la idea que mueve a Tancredi también es cierta: cuando nada cambia, todo acaba cambiando. Encerrada en sí misma, en su amor propio, refugiada en su propia fortaleza, al llegar al final de sus días Concetta llega a comprender que su vida entera ha sido en vano, que la firmeza no equivale a fortaleza, y que el orgullo es un disfraz que solo engaña a uno mismo; hasta, en el colmo del oprobio, a las hermanas les es negado aquello de lo que estaban más ufanas, mostrando, de paso, cómo han sido engañadas; comprender el vacío de la propia vida cuando ya no hay margen de maniobra, cuando ya todo ha quedado atrás y nada hay por delante, es de una crueldad extrema. Concetta y su suerte tienen mucho de simbólico, como también lo tiene que la muerte acabe alcanzando a todos por el motivo más devastador e inevitable que existe: el paso del tiempo. Porque si triste es ser derrotado por las circunstancias, más desolador es ser derrotado por la vida.

          Y con esto llego a una última idea: la novela tiene dos partes muy diferenciadas: los seis primeros capítulos narran las vicisitudes que podríamos llamar históricas, políticas y sociales del príncipe y su familia, en las que hay quien cambia para que nada cambie (Tancredi) y otros (el príncipe y su familia) languidecen por no ser capaces de cambiar. Son capítulos escritos con rigor, sin que sobre ni falte casi nada, en un tono muy directo, con acción y numerosas concesiones a un finísimo y contagioso humor que tiene algo de desesperanza, y que unas veces se encarna en la actitud del príncipe (que se defiende de su fatalismo tomándoselo con cierta filosofía) y otras en personajes secundarios. Es una literatura de altísimo nivel. Pero los dos últimos capítulos son otra cosa, y se superan. Son capítulos de una extrema dureza por la forma en que se afronta la desazón que produce la vejez y la muerte, aunque, de alguna manera, no exentos de dulzura porque Giuseppe Tomasi di Lampedusa no hace leña del árbol caído, sino que nos pone a su lado o, casi, dentro de él.

          Una obra maestra de las que perduran para siempre, que deja un duradero poso de melancolía.

          Termino con una nota anecdótica, Einaudi y Mondadori, las dos potentes editoriales italianas, rechazaron el texto del ya fallecido entonces Lampedusa. La historia le debe el mérito de la publicación al novelista Giorgio Bassani, que acometió la publicación en Feltrinelli en 1958.



jueves, 24 de abril de 2014

Maribel y la extraña familia – Miguel Mihura



Sin televisión –debido a la época- y tras cincuenta años sin salir de su piso, no es extraño que doña Paula no reconozca a una prostituta ataviada para hacer valer sus razones. Por similar motivo es normal que tampoco la reconozca doña Matilde, que lleva toda su vida en un pueblecito de Cuenca cuidando de su retoño, Marcelino, ingenuo heredero de una fábrica de chocolatinas que dirige con eficacia. Tan apegado a las faldas de su madre está y tan poco sabe de la vida, que doña Matilde no ha tenido mejor ocurrencia que irse a Madrid con su hijo, a casa de doña Paula, tía de Marcelino, para buscarle a este una chica agradable, moderna y casadera.

En cuando la obra comienza sabemos lo antedicho y que el muchacho no ha perdido el tiempo: al entrar en un bar se ha topado con Maribel –una prostituta en busca de clientes- la cual le ha sonreído y han entablado conversación; él, creyendo haber conocido a la mujer de su vida; ella, creyendo haber conseguido un nuevo cliente. De ahí la sorpresa de Maribel cuando, por fin, acompaña a Marcelino al piso y el muchacho le presenta a las dos viejas cacatúas que, todo sea dicho, son un dechado de amabilidad y se mueren por agradar a Maribel, de quien todo elogian porque todo en ella les parece moderno, aunque para el espectador es obvio que las costumbres y apariencia de Maribel más se deben al oficio más antiguo del mundo que a las ocupaciones más modernas.

Al verse en esa extraña tesitura, Maribel cree que le están tomando el pelo, y alterna el enfado y el pasmo; pero enseguida comprende que aquella familia es, simplemente, una familia extraña pero de buen corazón. O eso quiere creer, porque además –en el segundo acto ya ha pasado tiempo suficiente como para que los conozca a la perfección- el inesperado amor de Marcelino es la única salida que tiene a su condición de prostituta, de la que no está precisamente orgullosa. Lo malo, llegado este segundo acto, es que no es fácil para Maribel confiar en que haya gente tan buena como Marcelino y su familia, y a desconfiar la ayudan dos cosas: una misteriosa muerte en un lago cercano a la fábrica de chocolatinas, y las amigas y compañeras de profesión de Maribel: Niní, Rufi y Pili. Sobre todo esta última ve fantasmas en todas partes, y está convencida de que Marcelino solo desea una cosa: matar a Maribel en cuanto pueda. 

Para colmo, otro problema enturbia el futuro de la protagonista: no le ha dicho a Marcelino cuál es su verdadera profesión, y eso le atormenta, porque ni quiere engañarlo ni cree que él pueda conocer la verdad sin mandarla a paseo.

El tercer acto acontece ya en el pueblecito donde está la vivienda de Marcelino y la fábrica. Allí se han desplazado los novios para conocer aquello y las amigas de Maribel para protegerla. Y allí se van a resolver todos los misterios: si la “extraña familia” llega a saber la profesión de “la novia” y la echan con cajas destempladas, qué ocurrió en el lago y cuál es la verdadera pretensión de Marcelino.

El desenlace es lo bastante conocido para no detenerse en él, pero sí merece la pena hacer una referencia a la idea que subyace en toda la obra: que las cosas no son como son, sino como las vemos; que no hay otra realidad que lo que percibimos, aunque percibamos cosas erróneas.

Miguel Mihura. 1905-1977
Maribel y la extraña familia es siempre reconocida como una obra de humor, pero es un humor bastante amargo. Sonreímos ante la ingenuidad y los esfuerzos de unas cuantas buenas personas por parecer distintos a lo que son, comportamiento debido a su temor a no ser admitidos por los demás. Maribel es una buenaza (aunque al principio no lo parezca), que desea confiar en la bondad ajena para librarse de las penurias y poder llevar una vida normal, una mujer lo bastante buena como para enamorarse de la bondad, pero pese a eso –o precisamente por eso- vive sintiéndose culpable de no haber podido llevar mejor vida. Doña Paula y doña Matilde, venerables ancianitas, han abrazado una modernidad en la que no creen (¡hasta escuchan discos de jazz!), todo sea por resultar agradables a las maribeles que puedan hacer feliz a Marcelino. Solo este es distinto, porque si el resto de personajes está dispuesto a renunciar a lo que son para agradar al resto, Marcelino se sacrifica de otra manera: renunciando a conocer la verdad para que nadie deba sentirse a disgusto con lo que es o ha sido. Porque, vuelvo a lo de antes, Maribel y la extraña familia juega constantemente con la diferencia entre la realidad y las apariencias, y la idea de si la realidad es o no más importante que lo que percibimos.

Por lo demás, el hilo conductor se ve adornado por muchos detalles humorísticos debido a los contrastes (la decrepitud de doña Matilde y doña Paula frente a su impostada modernidad), los exagerados miedos de Pili, las confusiones constantes y el enredo derivado de que casi todo el mundo parece tener algo que ocultar.



miércoles, 23 de abril de 2014

Anécdotas del Quijote, 1



          El 4 de agosto de 1604 Lope de Vega, que, por decirlo de algún modo, ninguna simpatía sentía por Cervantes,  escribió en una carta: 

          "De poetas no digo, buen siglo es éste; muchos en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote"

          De la fecha de esta carta se deduce que ya en esa fecha Cervantes había terminado la primera parte del Quijote y, también, que como era frecuente había pedido a diversos personajes poesías laudatorias para incluir al comienzo del libro, lo cual era costumbre en la época.

          Al final, dado lo difundido de la carta de Lope de Vega y -seguramente- las muchas negativas que recibió, Cervantes optó por satirizar esa costumbre escribiendo él mismo las poesías, atribuyéndolas, en tono humorístico, a diversos personajes de los libros de caballerías. 

          
          No fue la única vez que Cervantes ajustó cuentas con alguien en el Quijote, pero siempre con humor.


lunes, 21 de abril de 2014

La tesis de Nancy - Ramón J. Sender



          La tesis de Nancy (1962) no se cuenta entre lo mejor de Ramón J. Sender, pero sí es una novela humorística que, al parecer, se vendió lo bastante bien como para que el autor escribiera varias más con la misma protagonista, aunque tardara en hacerlo: Nancy, doctora en gitanería (1974), Nancy y el Bato loco (1974), Gloria y vejamen de Nancy (1977) y Epílogo a Nancy: bajo el signo de Taurus, (1979).

          Nancy es una joven y atractiva estadounidense de Pennsylvania que llega a España –en concreto a Alcalá de Guadaira-, con la intención de recabar datos para una tesis en materia filológica. A su alrededor pupulan una escocesa mucho más recatada e intransigente, Mrs. Dawson y una antigua profesora, Mrs. Adams. Qué le ocurre a Nancy lo sabemos por su propia boca, pues La tesis de Nancy es una novela epistolar, en la que leemos las cartas de Nancy a su amiga Betsy.

          ¿Y qué le ocurre a Nancy? En realidad, no mucho, pues todo gira en torno a tres cuestiones: el contraste entre los valores tradicionales de los “indígenas” y la libertad de costumbres de la protagonista (que sin ser escandalosa sí choca con la España de la época), los malos entendidos surgidos al hilo de estos contrastes, y los numerosísimos equívocos en que incurre la protagonista con los giros del español, hasta hacer que el verdadero protagonista de la novela sea el lenguaje. En este sentido, es un humor mucho más elaborado que el de la mayoría de las novelas de este género.

          Para acentuar los contrastes, Sender hace que Nancy se eche un novio andaluz y gitano, porque según Nancy son los gitanos quienes guardan las esencias del lenguaje y las tradiciones que desea investigar in situ. Curro se llama el caballero, un hombre noble a su manera, apegado a las tradiciones, bromista sin perder la seriedad , irónico y terriblemente celoso, aunque bien es verdad que acaba cediendo más de lo que él mismo estaría dispuesto a admitir. Para acabar de complicar la cosa otro hombre, Quin, un personaje que no se acaba de saber si es medio poeta, medio gitano o medio torero o todo a la vez, bebe los vientos por Nancy y ella se deja querer.

          La novela se hace larga en algunos momentos, porque la acción es lenta y la reiteración de equívocos (unos por tomarse al pie de la letra expresiones hechas, otros por el misterioso significado para ella de algunas palabras y otros por el modo en que se juega con la fonética, como cuando Nancy cree que los bártulos son un antiguo pueblo) puede acabar cansando. Pero también es cierto que hay momentos brillantes desde el punto de vista humorístico. Uno de los mejores, la única carta de Betsy, por la forma en que destroza el español al escribirlo mezclando la gramática española y la inglesa.

          Por lo demás, la novela destila desde la primera página un aire de provisionalidad. Primero, porque Nancy está de paso, solo ha venido a hacer una investigación; segundo, porque su relación con Curro es para ella más un pasatiempo que una pasión; tercero, porque Curro también se toma la relación a la ligera (no pretende casarse porque Nancy “ha perdido la flor”, lo cual, por cierto, hace que ella se vaya colocando claveles por todas partes) y su máxima preocupación es el qué dirán si Nancy se atreve, como tantas veces llega Curro a temer, a serle infiel. Ni que decir tiene que esa provisionalidad contribuye a aligerar el tono, a hacer todo más liviano, porque una misma situación se vive de forma muy diferente en función de cómo de en serio se toma uno las cosas.

Ramón J. Sender
1901-1982
          Ocurre, además, que el personaje mejor definido es Curro. Nancy, en cambio, ofrece perfiles muy difusos. Su creencia de que acudiendo a las fuentes va a hacer un trabajo mucho mejor que si consultara un solo libro la hace parecer una chapucera a la vista de su trabajo de campo; pero por otra parte es organizada y trabajadora; su permanente ingenuidad también hace que a menudo parezca demasiado tonta, pero esta opinión es desmentida porque a veces llega a advertir sus equivocaciones; es buena, bien intencionada y educada, pero no desprendida ni generosa. Curro, en cambio, es más nítido, posiblemente por ser también más tópico: satisfecho de sí mismo por haber camelado a una belleza foránea, cultiva su imagen de “macho” (como cuando se enfada, por el qué dirán, al pedir Nancy habitaciones separadas en un hotel), se come el mundo de boquilla, y trata a Nancy casi como a una bella mascota, aunque en realidad le reconcome todo lo que ella hace no vaya a ser que con sus incomprensibles costumbres lo deje en mal lugar. El resto de personajes son secundarios de apoyo, la mayoría de los cuales pasan inadvertidos. Solo  en las escenas finales, con la vieja duquesa bailando sevillanas como un monigote y con su hijo conduciéndose de una forma estrafalaria, los secundarios cambian en algo la novela, llevándola, durante unas páginas, a una dimensión más grotesca.

          Humor inteligente, tanto por las situaciones como sobre todo por el modo en que el lenguaje se transforma en fuente de humor, con mucho ingenio pero también con el frecuente recurso a la escenificación de chistes; acción muy lenta que más es una excusa que un objetivo, y un final un tanto abrupto que ratifica la impresión de que La tesis de Nancy más es una exhibición de situaciones chocantes y bromas a costa del lenguaje que una historia en sentido estricto. Pero, sea como sea, una novela con un nivel en el uso del lenguaje como divertimento que solo se puede permitir un escritor de los grandes.





jueves, 17 de abril de 2014

Se busca rey en buen estado - Álvaro de Laiglesia



          Publicada en 1968 con prólogo de Antonio Mingote, Se busca rey en buen estado es un conjunto de relatos -el primero de los cuales da título a la obra- con algo en común: sus finales son tan inesperados como vacíos, posiblemente porque el meollo de la cuestión es el cómo, el hacer reír o al menos sonreír, a medida que se va leyendo, y estas páginas de Álvaro de Laiglesia están a un nivel elevado en ese aspecto, pese a que innova poco y se limita a desarrollar su estilo entre lo grotesco, el absurdo y asalto a la solemnidad. Un libro divertido, pero de trámite y que se nota poco trabajado, como quien aprovecha lo que tiene a mano para publicar algo.

          El primero de los relatos, Se busca rey en buen estado, tiene por protagonista a un ministro y al embajador de la República del Guirigay, que se dirigen en búsqueda de un rey en el exilio, el de Capronia, con el fin de ofrecerle el trono del Guirigay, país tan rico y donde todo funciona tan bien, también donde hay tanta abundancia, que da igual cómo se gobierne. Por eso, el único aliciente que encuentran ya sus ciudadanos es el de instaurar una monarquía que organice fiestas y conceda títulos nobiliarios. Boris, el elegido, es heredero en el exilio del trono de Capronia, país pobrísimo que vive de unas singulares cabras, y aunque el estado físico y mental del monarca en el exilio es bueno, el de sus finanzas deja mucho que desear. El relato se dedica a ponderar argumentos y ventajas e inconvenientes de la propuesta alternando hipérbole y absurdo.

          En el segundo relato La dolce muerte, la muerte –que es una chica que ni fu ni fa- atiende en un mostrador, auxiliada por dos oficinistas, a quienes van llegando al más allá, verificando su inscripción en el registro de finados así como las causas del óbito. Al margen de las situaciones concretas, todas graciosas, una de las principales fuentes de humor es trivializar lo solemne, y pocas cosas lo son tanto como la muerte.

          En el tercero, Un turista excepcional, una familia de palurdos que quieren casar a la niña con el jornalero a su servicio –contra la voluntad de la niña, que ha adquirido cultura mirando y leyendo revistas del corazón-, se encuentran con que en medio de una mayúscula nevada aparece en su casa un turista perdido y medio congelado, cuyo coche se ha quedado atrapado. El turista se queda allí hasta que escampa, lo cual cuesta bastante. Claro que el hombre es en realidad un marciano que no deja de sorprenderse con lo atrasadísimo de nuestra civilización. Atraso al que, no obstante, acaba encontrando su encanto.

          El cuarto relato se titula Peces en la carretera, porque dos ligones madrileños se lanzan a la carretera a la pesca de la autoestopista nórdica, rubia y atractiva. Deudor de esa época donde el españolito inmerso en la censura y la moral tradicional se asombraba ante los bikinis de las primeras turistas, es posiblemente el relato más flojo del libro.

          La procesión va por dentro es el título del relato en el que un vasco se ha trasladado con toda su familia a Andalucía. Allí, la esposa teme que su marido se haya dado a la mala vida, cuando en realidad el hombre, que carece por completo de cualquier sentido musical, está acudiendo a clases para cantar una saeta en la procesión de Semana Santa, en cumplimiento de la promesa hecha si obtenía el traslado. Un relato entretenido, a cuenta de la idiosincrasia estereotipada de cada región.

          Logroño mon amour es el penúltimo relato y, de algún modo, recuerda a algunas comedias inocentonas de la época. En la costa, un hombre de mediana edad ha ligado con una francesa de buen ver. Ella es artista. Él es un fotógrafo de Logroño con mujer y tres hijos, pero a la francesa le ha contado la trola de que está soltero y es también artista. En concreto, pintor. Claro que llegado el momento de “unir sus vidas” el protagonista debe decidir si mandar al diablo a la familia o a la francesa, y opta, pronto lo sabemos, por volver a los orígenes librándose de su nuevo amor mediante una despedida a la francesa. Claro que la francesa es francesa, pero poco más hay de verdad en lo que dijo. Ya en el título se ve el complejo de provinciano al que tanto partido sacó el humor de la época, con obras como Ninette y un señor de Murcia, de Miguel Mihura, a quien Álvaro de Laiglesia consideraba su maestro.

          El último relato lleva por título Un trono para mi hijo. En él una viejecita norteamericana vive convencida de que su hijo Frank, que no para de regalarme chismes electrónicos, llegará algún día a ser rey de algún sitio. Y sí, llega a ocupar un trono. Pero quien quiera saber cuál, mejor que lea la historia. De alguna manera, con esta peculiar búsqueda más de trono que de rey, se cierra el libro Se busca rey en buen estado.

          Concluye el libro con una entrevista al autor mucho más interesante que algunos de los relatos, por lo directo que se contesta a las preguntas y por las opciones poco correctas políticamente pero rápidamente argumentadas de Álvaro de Laiglesia.

lunes, 14 de abril de 2014

Botchan - Natsume Soseki



          Botchan (cuya traducción es algo así como “muchacho”) es la forma en la mujer que lo cuidaba llama a un chico algo gamberrete, originario de Tokio que, a principios del siglo XX (la novela fue publicada en 1906), tras unas relaciones familiares desapegadas que terminan con la separación de los hermanos huérfanos y una muy buena relación con la mujer antes citada, emplea su escasa herencia en sacar sus estudios adelante, y termina como profesor de matemáticas en un instituto situado un poco más allá del quinto pino, dados los transportes de la época.

          Una vez en su destino, dos son las preocupaciones del protagonista: encontrar a alojamiento e ir trabajando, lo cual implica relacionarse con el resto de sus colegas y con los alumnos.

          Pese a los sobresaltos de la adolescencia, a sus poco más de veinte años y comenzando a ganarse la vida, es un hombre orgulloso, honrado, idealista y poco versado en el trato con sus semejantes. Por eso choca de inmediato con la experiencia de sus colegas, mucho más pragmáticos. Botchan  habla de ellos desde la superioridad moral de quien cree saber distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, y además se mueve con rectitud. A mostrar esa superioridad a menudo desdeñosa ayuda el que se refiera a todos a través de motes. Lo que ignora es que los demás se valen de su ingenuidad y falta de experiencia para divertirse a su costa, o para manipularlo y ponerlo a favor o en contra de unos y otros en el pequeño mundo de camarillas y rivalidades creado por los profesores. Creyendo tener el timón de su vida, en realidad va orgullosamente a la deriva.

Natsume Sōseki (1867-1916)
          Las vivencias de Botchan, no obstante, se agotan pronto, porque se limita a trabajar, se contenta con pequeños placeres, y además aprende rápido. Y con este aprendizaje llega el fin de una novela que en la actualidad, bajo el imperio del criterio comercial, nadie publicaría porque no hay una trama propiamente dicha creada para capturar la atención del lector. Simplemente hay una exposición de hechos, pero no hay nada que descubrir, ni peligros a evitar, ni acción trepidante, ni grandes conflictos psíquicos, ni nada por el estilo. Botchan es un relato donde, simplemente, se confronta la altitud de miras y la ingenuidad propia de la juventud con el mundo más rastrero y prosaico que surge de la experiencia, todo ello a través de una vivencia tan frecuente y poco épica como comenzar a dar clases en un instituto.

          Sin embargo, pese a la sencillez del planteamiento Botchan es una gran novela, pues quien más y quien menos todo el mundo ha tenido en la vida uno o varios periodos de inmensa candidez, en los que creyendo actuar correctamente no ha hecho más que permitir que los demás se aprovechen de él. Todo el mundo ha sido Botchan una vez u otra. Ese es el gran mérito de la obra.

          Dada la edad del protagonista en la novela, lo conocemos en el último instante antes de la pérdida completa de la inocencia, aunque a esa edad suelen quedar ya pocos inocentes. Un tema ya abordado en otras muchas obras, posiblemente por aquello de que siempre se echa de menos la juventud, y porque la pérdida de la inocencia implica una especie de “muerte” que difícilmente se compensa con el “nacimiento” de un ser adulto y desengañado. La introducción cita reiteradamente El guardián entre el centeno, de Salinger, la cual leí hace tantos años que no recuerdo lo bastante para poder comparar. Más cercana en el tiempo aunque en un tono completamente distinto, trata el tema del fin de la infancia Paraíso inhabitado, de Ana María Matute.

          Por último, en algún sitio he leído que Botchan es una novela de humor. Sí y no. No, porque su objetivo es más ambicioso, hasta el punto de que el humor es más un medio que un fin. Y sí, porque de la ingenuidad de Botchan surge un contraste brutal con al mundo real, y sabido es que el humor no es otra cosa que el contraste entre lo que uno cree que va a encontrar, y lo que de verdad encuentra.



jueves, 10 de abril de 2014

La danza de la muerte - Veit Heinichen



          La danza de la muerte, de origen medieval, representa a los poderosos de la tierra bailando con la muerte, para recordar que todo poder es efímero. Una representación de esa danza ve Proteo Laurenti en compañía de su amante el día en que esta lo planta. Pero como se verá, hay otros motivos para que esta novela tenga este título.

        Antes, me permito recordar que uno de los recursos más utilizados en las sagas de novela negra es la figura del “archienemigo”, del malo malísimo que escapa una y otra vez al bueno. Se trata de personajes de una maldad casi perfecta que les permite amargar la vida constantemente al héroe de turno. Todo Sherlock Holmes tiene su Moriarty o, más recientemente aunque con mucha menos fama, detectives como Jan Fabel, creado por Craig Russell, tienen su Vitrenko. Bueno, pues quien haya leído las otras novelas de Veit Heinichen con Proteo Laurenti de protagonista sabrá que Viktor Drakic es el Moriarty del vicequestore de Trieste.

          Este tipo de criminales cumplen su función literariomercantil: dejar abierta la historia para suscitar interés por los siguientes libros, pero solo hasta un punto marcado por la paciencia del lector, que no puede estar esperando eternamente un desenlace.  Y así ocurre que pasadas cuatro o cinco novelas ese desenlace suele llegar. Ocurrió con Jan Fabel y Vitrenko, y ocurre ahora con Laurenti y Drakic (aunque aquí queda algún fleco suelto, a través de la figura de la hermana, que puede alargar la cosa). Dicho en otros términos, la danza de la muerte tiene aquí varios significados: respecto de Laurenti, porque le toca jugarse el pescuezo; y, respecto a su mayor enemigo, porque su poder no lo hace inmune.

          Puestas así las cosas, la trama discurre alrededor de una serie de crímenes que vienen a ser un “daño colateral” de las actividades de Drakic; actividades que, dada la situación del caballero, entran de lleno en el mundo de la corrupción. Ni que decir tiene que ese mundo es especialmente boyante en el entorno de una ciudad como Trieste, lugar fronterizo rodeado de países de reciente aparición dotados de un sistema político y una administración muy débiles, países  con gobiernos poco experimentados y fácilmente manipulables, que además acaban de pasar por la experiencia de una guerra.

Imagen de la danza de la muerte, en Hrastovlje, que se cita en la novela


          Supongo que también para no cansar al lector, nuevos personajes aparecen en escena. Pina, la inspectora que llegó en el momento más interesante de la novela anterior, adquiere un papel relevante. Responde a un tipo algo estereotipado de heroína: de apariencia frágil, puede con todo, además de tener una osadía más que notable. Con esta idea enlazo otra: La danza de la muerte es, seguramente, la novela más peliculera de la serie, tanto por el personaje de Pina como por el de Galbano, como por Drakic y su entorno y, sobre todo, porque el tercio final de la novela tiene mucha acción de inspiración cinematográfica.

          Y así como ese último tercio se lee rápido por resultar muy entretenido y avanzar velozmente hacia el desenlace, la primera mitad de la novela es mucho más lenta y atrapa menos que en otras ocasiones. A ello contribuye cierta desorientación, debido a algunos leves cambios en algunos personajes: Marietta ha pasado a odiar, sin motivo aparente, a Pina, convirtiéndose en una individua maleducada a la que además el comisario Laurenti  ya no prodiga (¿por qué?) las burradas de otras novelas; el hijo del comisario, protagonista habitual de subtramas que amenazaban con dar dolores de cabeza a su padre, abandona ese papel, y la subtrama pasa a corresponder a la inspectora Pina; por su parte, Galvano gana protagonismo, mucho, confirmando la progresión iniciada en las novelas anteriores, aunque es un personaje demasiado histriónico, y ha dejado de ser un cascarrabias para ser, en muchos momentos, desagradable.

          Por lo demás, como siempre Trieste y su entorno siguen siendo tan protagonistas de la novela como los propios personajes. 

          En resumen, una novela más de Proteo Laurenti. Una novela que siendo entretenida y leyéndose bien, tiene algo de leve ruptura con las anteriores, posiblemente como una estrategia para no terminar aburriendo.


lunes, 7 de abril de 2014

La mujer loca - Juan José Millás



Juan José Millás es un grandísimo escritor. Uno de los mejores que hay ahora mismo en España. Y reconforta leer a los autores fieles a sí mismos, que no se ligan a modas ni a modos. Lo digo porque, una vez más, Millás juega con la confusión entre el fondo y la forma, entre significantes y significados, entre el mundo real y el imaginario, dudando además sobre el origen de este último: ¿la Libertad? ¿La locura? ¿La creatividad?

La mujer loca es, como otras de sus novelas, una duda sobre cómo enfrentarse a la realidad, si es que la realidad existe; planteando la cuestión de si es posible afrontar la realidad a través de la falsedad; y si la propia falsedad, así usada, no se transforma en realidad, haciendo entonces imposible que la realidad sea falsa... o inevitable que toda realidad lo sea.

Todo esto lo consigue con una novela con un triple planteamiento, en la que Millás es a la vez personaje y autor, hablando unas veces en primera persona (pocas) y otras en tercera. La primera pata de esta novela es la existencia de Emérita, una mujer que a consecuencia de una negligencia médica vive atada a una cama, una mujer que ha decidido morir; el personaje Millás acude a su casa, que resulta ser el piso donde se independizó de su familia (“misterio” de atractivo innegable), de la mano de la asociación Derecho a Morir Dignamente. La segunda pata es la muchacha que ha alquilado una habitación en esa misma casa (porque el marido de la enferma necesita dinero); Julia, se llama, y trabaja en una pescadería donde su jefe ha estudiado filología; y por eso lo admira, porque Julia tiene chispazos de locura que se traducen en su relación con las palabras y las frases: se le “aparecen” y hablan con ella, de forma que el lenguaje interfiere en la realidad a través de Julia, que a su vez hace pensar y sume en una preocupada perplejidad al Millás-personaje. Y la tercera pata es el propio Millás-personaje, que acude a una consulta a psicoanalizarse, y allí, en manos de una psiquiatra octogenaria, se enfrenta a dudas que a menudo no tiene la valentía de querer disipar.

Aunque la novela es de una notable complejidad para lo que suele uno encontrarse en los expositores de las librerías, el dominio de Millás se nota en la claridad con que se expresan las ideas, en el orden sistemático con que están expuestas y en la rapidez con que es capaz de definir –en apenas una frase- cualquier estado de ánimo. Esto hace que la novela se siga bien, lo cual no quiere decir que sea de lectura ligera, porque obliga a pensar para entender todo. De alguna manera recuerda la regla de Moravia de "máxima complejidad, máxima claridad".

El personaje más acabado es el Millás-personaje, es el más humano, el más osado y a la vez vulnerable y apocado. Aunque sea aparentemente el más normal, es también el más retorcido porque es el más reflexivo y el que más domina el lenguaje, hasta el punto de estar atrapado en unas redes que otros no son capaces ni de sentir, o como en el caso de Julia perciben equivocadamente. Un personaje desdoblado en el Millás de acá y el Millás de allá, el Millás que es y el Millás que Millás podría ser.

Juan José Millás
Las tres patas no evolucionan a la par. Lo que en un principio parece una novela sobre Julia, evoluciona a ser una novela sobre Emérita (y, por tanto, sobre la eutanasia), pero desemboca claramente en una novela sobre Millás. ¿Sobre el verdadero o sobre el falso? Sobre los dos, porque no hay uno sin otro, porque la única diferencia entre ambos son sus dudas y sus certezas. Y ese es el gran mérito de la novela, el planteamiento de cómo interactuan la objetividad y la subjetividad, lo “real” y lo “falso”, de cómo no podemos aprehender una realidad en la que, sin embargo, estamos forzados a vivir y de la que formamos parte, y de cómo de esa manera podemos llegar a dudar incluso de quién somos nosotros mismos.

En todas las páginas de La mujer loca encontramos un fino sentido del humor. Nadie daría un céntimo por la salud mental de Julia, pero su locura es inofensiva y por momentos graciosa. ¿Cómo no sonreír ante quien entabla conversación con la inexistente palabra Pobrema, o a quien siente temor por un mundo plagado de sustantivos? Hay cierto humor amargo, muy amargo, en Emérita.  A veces es un humor duro, cruel. Pero, sobre todo, hay humor en Millás. Pero no porque el Millás-autor se ría de sí mismo, ni porque lo haga el Millás-personaje; el humor, en este caso, deriva de la forma en que Millás ve a Millás; observándose a sí mismo con la curiosidad con un entomólogo examina un insecto, se pasma, se sorprende, se alegra y se avergüenza al verse, al exponerse ante el lector, ante quien no tiende a justificarse, sino a explicarse. 

Volviendo al principio, una novela de Millás muy de Millás, y una de las mejores. Un lujo de autor del que he leído ya una docena de novelas, aunque, por desgracia, hace tanto tiempo que en este blog, hasta hoy, solo había una de ellas, la última que había leído, y no precisamente la mejor.





jueves, 3 de abril de 2014

El bastardo recalcitrante – Tom Sharpe



     Este fue el primer libro que leí de Tom Sharpe, y también uno de los favoritos de su autor. Rescato una vieja reseña de las catacumbas del ordenador, para decir que sobre todo la primera parte de la novela fue todo un descubrimiento. La estrafalaria situación del “bastardo” o su grotesca personalidad hacen gracia, pero mucha menos que la forma en que Sharpe trata desapasionadamente las cosas, en un tono que aflora lo que de ridículo tienen las preocupaciones e intereses humanos. Un ejemplo de ironía: cuando el “bastardo” empieza a trabajar en la asesoría fiscal heredada por su santa esposa, lo que para él, un alma cándida, es defraudar, para el asesor fiscal es “proteger la renta y el patrimonio”. Ese tipo de eufemismos están a la orden del día en todos los ámbitos, y ha ido creciendo en los últimos años de manera vertiginosa; sobre todo en el lenguaje político y económico, donde las mayores simplezas se expresan de forma rimbombante para que parezcan otra cosa; pero es preciso ver estos comportamientos desde esa óptica desapasionada para comprobar lo que de ridículos tienen y, por tanto, lo que de ridículo tiene el ser humano a la hora de justificar sus mezquindades. La forma en que las personas justificamos intereses egoístas, por ínfimos que sean, da para mucho en literatura, en psicología y en todos los ámbitos, pero, sobre todo, en el campo del humor. Y en esta obra Tom Sharpe alcanza numerosos momentos dignos de ser leídos.

     Al principio de la novela, la forma de mover a unos personajes insólitos por un mundo más o menos real, sin perder la ironía, sin que lo extravagante de los personajes eclipse la visión cómico-condescendiente del mundo, es muy meritoria. Es también lo mejor, porque conforme la novela avanza la extravagancia de los personajes se adueña de la situación, y la ironía es sustituida por lo grotesco, con lo que se reduce la crítica y la intencionalidad del texto. Aun así hay pasajes muy divertidos, como el de la visita al ginecólogo.


    El protagonista debe su apodo a la ignorancia en que vive acerca de quién es su padre (su madre murió en el parto). Vive con su abuelo, un tipo raro y, como luego he visto en muchas novelas de Sharpe, es un personaje muy preocupado por el sexo. También pulula alrededor un peculiar mayordomo del mismo corte que otros personajes de Sharpe en otras novelas. Lockhart, que así se llama el bastardo, es un alma cándida, que apenas sabe nada del mundo, pero se enfrenta a este, y directamente al matrimonio con una muchachita encantadora y no menos ingenua (no así su madre, suegra del bastardo). Pero que Lockhart sea cándido no significa que sea inocente: su moral y sus escrúpulos son, aproximadamente los de un animal.  Carece de ellos como también carece de mala o buena fe. Es puro instinto. Y a partir de aquí sus intentos por hacer valer lo que él cree sus derechos, incluso frente a los sufridos inspectores de Hacienda que acuden a comprobar a un contribuyente y no a luchar contra los elementos, le conducen a una espiral de locuras lógicas a sus ojos y desmesuradas a los del mundo, incluidos los del lector.


     Una novela que entretiene, engancha y divierte, pero que deja algo que desear por esa evolución de más a menos, de un humor de alta calidad basado en la burla de la realidad, a un humor más simple e inocente, basado en lo disparatado de las situaciones. En cualquier caso, una buena manera de iniciarse en Sharpe.

      Por cierto, uno de esos libros que presté y nunca más han vuelto.