En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.






lunes, 31 de marzo de 2014

La muchacha de las bragas de oro – Juan Marsé



La muchacha de las bragas de oro (1978) es una gran novela cuyo mérito el lector apreciará mejor si es capaz de situarse en el momento de su escritura y publicación.  Si en 1978 dos cosas impactaban en España, eran la política y el sexo. Ambas eran dos formas de alejarse del régimen franquista; la primera, la más obvia por los cambios institucionales en marcha; el segundo, por lo que tenía de oposición a la moral impuesta. De hecho, ya solo el título resultó escandaloso a mucha gente. Aunque esta novela es mucho más.

El protagonista, Luys Forest, es un falangista que en su día se dedicó a glosar las glorias del franquismo; luego se atrevió con algunos libros de éxito relativo, pero llegados los años 70 nadie se acuerda de él. En ese momento, ya sexagenario, se marcha a Calafell, el pueblo de Tarragona donde está situada una vieja casita familiar, un pueblo pequeño donde conviven los primeros turistas y los últimos pescadores. En él pretende escribir sus memorias.

Aunque ha ido buscando soledad, en la casa se aloja otra persona: su sobrina Mariana, la muchacha de las bragas de oro. Está allí para hacer una suerte de reportaje sobre su tío para la revista en la que trabaja su madre. Sin embargo, el encargo es una excusa. Mariana ha sido enviada allí para ver si, ayudando a su tío, sienta la cabeza.

Pronto ve el lector que durante ese verano Luys Forest no pretende en realidad escribir unas memorias fidelignas, sino maquillar su pasado para reconvertirse en un demócrata. Quien en su día buscó su propia gloria echándose entusiastamente en brazos del bando del ganador, trata de seguir manteniéndola haciéndose seguidor del nuevo poder. Se trata de una figura muy en boga en esa época, el “demócrata de toda la vida” que había prosperado en la dictadura “pese a la dictadura”, y que no quería perder su estatus en la democracia. El maquillaje implica, sin embargo, imaginación y falsedad. Y al mismo tiempo nos introduce de lleno en la miseria moral y la vanidad. El interés del protagonista en mostrar su vida como algo digno de ser respetado e incluso admirado en los tiempos venideros choca con su completa soledad, con el olvido en el que está sumergido. Aunque de cara a sí mismo se mantiene con cierta dignidad, pese a su porte podríamos decir que elegante y sereno, el espectáculo de un hombre que trata de engañar a todos y ni siquiera encuentra a nadie a quien engañar, es patético. 

Juan Marsé
Mariana, por su parte, juega un papel múltiple: con su osadía sexual (no hace ascos a la bisexualidad, ni a la promiscuidad, ni siquiera a la idea de seducir a su tío) es un formidable elemento de provocación para el lector de la época, poco habituado a tanta naturalidad frente al sexo como la de Mariana, pero sobre todo es una provocación para su tío. Pero si la provocación es dolorosa no es por ser una tentación, sino porque la facilidad con la que Luys la evita implica el reconocimiento de dos derrotas: la de la edad y la de su propio pasado, pues su moralidad, pese a ser un defensor de la moral oficial, no fue nunca la que cabría atribuir en un cronista y censor del franquismo; dicho de otro modo, la sexualidad de Mariana saca a relucir que la falta de compromiso con la verdad del viejo escritor respecto a sí mismo ya venía de antiguo.

Pero además Mariana juega otro papel más importante: el de enfrentar a Forest a sus propias mentiras. Porque Mariana es de la familia, y sabe unas cosas, ha oído hablar de otras, y por aquí o por allá siempre hubiera podido sacar los colores a su tío, si es que este se dignara en ruborizarse, porque ante el descubrimiento de la mentira reacciona con la misma falsedad con la que ha vivido: tratando de hacer ver que la mentira forma parte de la realidad y que, en consecuencia, tan realidad es la deformación de la mentira como la propia realidad.

Con lo cual entramos de lleno en un tema clásico de la literatura: hasta qué punto la ficción puede sustituir a al mundo real.

Esto lo hace el personaje rememorando y recomponiendo su propia vida y la de su entorno más próximo: su esposa, su cuñada y madre de Mariana (también llamada Mariana) y los dos hombres que pulularon alrededor, todo en un entorno de posguerra donde la afiliación al régimen y la participación activa en él otorgaban un protagonismo y un sentimiento de superioridad moral que, con los años, terminó por venirse abajo dejando a muchos completamente desorientados. 

     La novela se construye, por tanto, mirando al ayer hasta alcanzar el presente. En ese recorrido vemos las triquiñuelas del protagonista para inventar el pasado (es la presencia de Mariana, con su conocimiento y sus observaciones descaradas, lo que permite que Luys Forest no engañe al lector). El personaje aprovecha no solo para decir que hizo lo que hizo muy a su pesar (es decir, aprovecha para “democratizarse” un poco) sino para, ya puesto, incluir en su vida algunos episodios con los que siempre soñó, esos sueños que todo el mundo tiene y que nunca se hacen realidad.

      Y es así, conforme la presencia de los sueños va ganando peso, como se llega a un final sorprendente, genial incluso, en el que la ficción y la realidad se han mezclado de tal manera en la cabeza del protagonista que cuando tanto él como el lector llegan, súbitamente, a la verdadera realidad, todos, lector y personaje, quedan anonadados.

       Una novela excelente, comprometida con su tiempo y a la vez intemporal, con un dominio del lenguaje y la estructura que justifican que su autor, Juan Marsé, que la publicó con 45 años, sea considerado hoy uno de los grandes. Y una novela que también nos recuerda, permítase la anécdota, que los grandes premios literarios de la actualidad tuvieron épocas bastante mejores.


jueves, 27 de marzo de 2014

Reflexiones sobre literatura y humor, 20



         Las dedicatorias son todo un arte. En algunos casos, como en este de Fernando Marías en el prólogo de El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza, más que una dedicatoria es un brevísimo resumen de lo que piensa del libro: basta su recuerdo para sonreír. 




lunes, 24 de marzo de 2014

Huída hacia el sur – Slawomir Mrozek



Casi un cómic novelado (hasta incluye numerosos dibujos del autor), Huída hacia el sur narra las aventuras en la Polonia comunista de tres muchachos, el Gordo, el Flaco y el Mediano, en compañía de un “simio” (así es llamado) que es en realidad “el eslabón perdido”.

         En un pueblecito donde nunca pasa nada, donde el aburrimiento alcanza cotas inauditas, donde el mayor lujo en materia de ocio es rascarse, llega un día una limusina tremebunda y, enganchado a ella, un remolque de madera de considerable altura, cerrado con un candado. El conductor es Mefisto Kovalsky, que lleva al pueblo toda una atracción: la posibilidad de ver a Godot (una travesura del autor, haciendo un guiño a la célebre obra de  Samuel Beckett). El lector y los habitantes sospechan que el misterioso Godot es quien viaja en el remolque, y movidos por esa curiosidad los tres muchachos se dedican a husmear en el él. Allí encuentran al simio, que les pide ayuda para regresar a su Sumatra natal.

         Así comienza una peripecia en la que los ayudantes son en realidad un estorbo, en la que el ayudado es todo en héroe, y en la que además de enfrentarse a una deformada realidad, el malvadísimo Mef Kovalsky –que parece tener poderes sobrenaturales para anticipar sus pasos- les pisa los talones con intenciones malísimas para la salud.

     El libro es la historia de esa huída, pero en medio hay unas cuantas críticas. La más contundente la encarna el propio simio: de todos los personajes el más inteligente, el más audaz, también el más honrado, es aquel que no ha llegado a ser un ser humano. A partir de esa idea, se pueden abrir múltiples interpretaciones en función de lo que simbolicen los otros personajes, el más significativos de los cuales, por su carácter tiránico, opresor y omnipresente es Mef Kovalsky.

Slawomir Mrozek (1930-2013)
     Pero además, el autor se permite unas cuantas ironías acerca de la situación del país. La primera, quizá también la más amplia, es la descripción del pueblecito donde comienzan los hechos, reducido a un vegetar al que se quiere dar apariencia de feliz tranquilidad.  Pero hay otras, como los modos de producción ajenos a la economía de mercado, capaces de producir cantidades ingentes de cosas que nadie necesita (como la fábrica de zapatos izquierdos que luego son tirados por su inutilidad), o las inversiones propagandistas, como la inmensa chimenea en medio de la nada construida para que su humo se vea desde decenas de kilómetros provocando la sensación de que hay una intensa actividad industrial.

    Crítica con mala sombra, a través de humor cuya sutileza se ve reforzada, y vuelvo al principio, por ser una obra literaria que enlaza, por los hechos y las formas, con el mundo del tebeo.



jueves, 20 de marzo de 2014

Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas – Oscar Sipán



A la mayoría de los hombres les gustaría tener la voz de Leonard Cohen hasta para pedir un pincho de tortilla de patata en el bar, pero Oscar Sipán es mucho más detallista y para cada situación busca la voz adecuada. Una vez será la de Leonard Cohen, otra la de Lee Marvin y, si el relato lo requiriese, hasta la del Orfeón Donostierra. El coro resultante no solo es armónico, sino que es la voz del autor; una voz con personalidad, porque si casi todos los relatos que componen Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas llaman la atención por su contenido, todos, sin faltar uno, lo hacen por el concepto de “imagen poderosa” que ya he visto infinidad de veces asociado a Oscar Sipán.

Esas imágenes, a modo de continuos fogonazos que salpican el texto provocando unas veces impresiones y otras reflexiones, son las que hacen que la lectura de cualquiera de los breves relatos (y unos cuantos microrrelatos) se transforme en una excursión por los motivos expresos y ocultos de los personajes, por sus ansias y sus miedos, por todo lo que son a causa de lo que han sido o esperan ser en un mundo moldeado por otros que también tuvieron aspiraciones, temores, complejos y obsesiones.

Más diferencias hay, en cambio, entre los argumentos de cada texto. No hay, o al menos no he encontrado, demasiados elementos en común –salvo al principio, donde varios personajes famosos como Exupéry o Patricia Highsmith protagonizan algunas historias-, lo cual supongo que se debe a que son relatos escritos en diferentes momentos del tiempo. Hay historias que desembocan en el misterio, otras en la sorpresa que en algún caso linda con el humor, o en el drama, por poner algunos ejemplos. En alguna incluso es fácil reconocer la fuente de inspiración en hechos que en su día salieron en la prensa, hechos que solo merecieron los pequeños titulares reservados a las “tragedias anecdóticas”, aunque hayan cambiado por completo la vida de sus protagonistas .

Como siempre, me resulta complicado decir mucho más de un libro de relatos, porque dedicar un espacio a cada uno haría este texto demasiado largo, pero sí digo que es un libro que merece la pena leer, que se lee rápido y bien, que utiliza una prosa evocadora con características muy singulares que identifican a su autor, un libro que nadie se arrepentirá de leer. Y quien necesite algún argumento adicional para comprar el libro, que piense en los catorce premios que han merecido los relatos incluidos en Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas


lunes, 17 de marzo de 2014

Intercambios – David Lodge




          Rummidge es una ficticia ciudad inglesa, incómoda y gris, con una universidad de tres al cuarto, que por algún sitio he leído que está inspirada en Birmingham.

          Euforia es estado norteamericano ficticio, cuya universidad, Eufórica, está en la también ficticia ciudad de Plotinus. La inspiración, en este caso, es California y la universidad de Berkeley.

          En Rummindge vegeta el profesor de literatura Swallow, cuyo prestigio es tan inexistente como sus ganas de trabajar o de meterse en problemas. Aunque Philip Swallow no es un jeta, sino un simple incapaz. Está casado con una mujer gordita y tradicional, con la que forma un no menos tradicional y apacible matrimonio con dos hijos y alguna apretura económica.

          En el departamento de literatura de Eufórica hay una lumbrera: Morris Zapp, un tipo soberbio a punto de divorciarse (ya lo hizo otra vez), con un tremendo prestigio y especialista en Jane Austen.

          Alrededor hay, además, toda una caterva de personajes cuya misión en la vida es ser los obstáculos que irán guiando el destino de los otros dos.

          La novela comienza cuando ambos profesores están volando, el americano Inglaterra y el inglés a Estados Unidos, para intercambiar sus plazas durante seis meses, dentro de un programa de colaboración con un origen tan estrafalario como las causas que han conducido a uno y a otro a participar en él. Para Swallow es una oportunidad. Para Zapp, una huída.

          La cuestión es, como aventura el título, que las cosas se conjugan de forma que lo que los profesores acaban intercambiando no es solo el puesto, sino muchísimas más cosas.

          Swallow se enfrenta a un mundo mucho menos convencional, más libre, donde todavía hay cierta “resaca hippy” (la novela está publicada en 1975) y altercados sociales. Él, tan tradicional y pacato, se enfrenta además a la tentación de la carne y a algunas otras más.

          Zapp, por su parte, se integra en una sociedad preocupada por el qué dirán, chapada a la antigua y en la que hay que hacer proezas mentales para no aburrirse como una ostra.

          Mientras el uno se pasma, el otro suelta maldiciones. No es infrecuente encontrarse en la literatura inglesa de humor con la mala opinión que los ingleses tienen de los americanos o viceversa, y quien así la tiene suele expresarla en términos que reducen al otro a la condición de troglodita, amén del juego que da la diferencia de climatología.

          Es el narrador quien nos cuenta los primeros pasos de cada uno en cada sitio, pero enseguida vamos sabiendo los hechos a uno y otro lado del Atlántico, en diferentes versiones, de boca de los propios personajes, mediante las cartas que se cruzan los matrimonios, hasta que finalmente el narrador retoma su papel  antes de desembocar en un final peliculero en el sentido literal, porque si hasta ese momento la novela tiene una indudable influencia del cine, el final es casi un guión. Esa forma de finalizar el libro, por cierto, no me ha gustado. Le hace perder enjundia y lo vuelve más intrascendente. Trivializa todo lo hecho hasta el momento. Dicho lo cual, el final en sí (al margen de su forma) deja una sensación regular, como si el autor no se hubiera querido complicar la vida. Es, sin duda, lo menos trabajado.

          Dicho todo esto añadiré que es un libro de humor al estilo inglés, aunque mucho más parecido a los que he leído de Wodehouse (por la tranquilidad con la que discurre la acción y por el “saber estar” de la mayoría los personajes) que a los de Sharpe (con quien he visto que se compara a Lodge), aunque esta es la primera novela que leo de David Lodge. Es decir, se trata de un humor que surge más del espíritu con que se cuentan las cosas, del desenfado al narrar, que de la acción en sí. Con Sharpe solo tiene en común algunas escenas, pocas, que oscilan entre lo absurdo y lo grotesco, pero mientras que en Sharpe son continuas y entre todas forman la novela, aquí son esporádicas, con lo que en alguna ocasión acaban desentonando un poco.

          La novela es deudora de su tiempo por alguna cosa más aparte de las señaladas, como por las abundantes alusiones sexuales. De hecho, llega un momento en el que el título, Intercambios, claramente está aludiendo a la práctica del intercambio de parejas. El sexo está muy presente en todo el libro, pero no porque los personajes sean libertinos sino porque se nota que es un tema que interesa al autor, el cual aplica a su manera la idea que no recuerdo quién expresó diciendo que “el amor es el recurso supremo de los ociosos”. Y personas ociosas, en Intercambios, hay muchas. 



jueves, 13 de marzo de 2014

Las lágrimas de San Lorenzo – Julio Llamazares



                Julio Llamazares es un escritor, no un vendedor de novelas. Es decir, no escribe para vender, sino por el placer –o el dolor- de escribir. Lo que hace es literatura. Y en Las lágrimas de San Lorenzo hay literatura de la mejor, de la que hace al lector encontrarse consigo mismo y preguntarse qué demonios hace aquí, o si ha encontrado respuesta a alguna de las preguntas que todos, antes o después, nos hacemos.

                El protagonista es un hombre maduro, separado, que pasa la noche de San Lorenzo en Ibiza en compañía de su hijo preadolescente, en medio del campo, en la oscuridad, tratando de divisar las lágrimas. Cada una, dicen algunos, es una vida que desaparece, igual que cada estrella en el firmamento, dicen otros, es la luz que se enciende cuando muere un ser humano.

                De esta forma, entre lágrima y lágrima, el narrador va por una parte recordando su pasado, condicionado por su propia experiencia y la de su familia: su “fuga” a Ibiza al terminar los estudios; su deambular por medio mundo como lector en diversas universidades en las que cada ciudad, cada clima, no le ha aportado gran cosa por no saber, seguramente, qué andaba buscando; su azarosa vida sentimental; la vida y vejez de sus padres, el fantasma del familiar que desapareció en la Guerra Civil, la muerte de su hermano, y, sobre todo, la conciencia del paso del tiempo. Porque esa es la clave de la novela. El tiempo. El tiempo y lo que hace con nosotros, la forma en que aparecemos y desaparecemos sin dejar rastro, fugazmente, como las lágrimas de San Lorenzo, hasta el punto de llegar a preguntarse el narrador si el tiempo, eso tan difícil de definir, no será Dios, si Dios no será el tiempo. Nada más. Y nada menos.

                Pero al hilo de esos recuerdos el narrador también dedica sus pensamientos a su hijo. A lo que es, a lo que en ese momento sin duda sentirá, a lo que cree que será el mundo, porque el tiempo en la juventud no es como el tiempo en la madurez. Pasamos de considerarlo casi ilimitado a advertir, por sorpresa y con sudores fríos, que casi todo lo hemos dejado atrás. Y así, enlazando lo que le inspira su hijo con sus propios recuerdos, reflexionando sobre cómo ahorrarle a ese chico el trago de sus propias reflexiones para que pueda disfrutar de la inconsciencia antes de que la vida lo desengañe, proyectando los recuerdos sobre la situación del niño, la novela va avanzando conforme avanza la noche, y el interés de los personajes por las lágrimas de San Lorenzo va menguando, terminando, como termina la noche; una noche donde lo efímero se adueña del cielo para hacernos ver que no somos más duraderos ni dejamos más recuerdo que una estrella fugaz, que una mota de polvo ardiente.

                Una novela para reflexionar sobre la vida. Difícil de escribir antes de alcanzar cierta edad. Difícil de saborearla sin haberla alcanzado ya. Una obra para pensar, para llegar a la conclusión de que no seremos capaces de alcanzar conclusión alguna, para intentar disfrutar de la vida si es que somos capaces de asumir la angustia de la muerte. O, mejor dicho, de la desaparición. Porque morir es solo un paso más en el proceso de desaparición. 


lunes, 10 de marzo de 2014

Los huevos fatídicos – Mijaíl Bulgákov




          Rusia, 1928. Vladimir Ipatievich Pérsikov, un zoólogo que ha sacrificado su vida y su familia a su ciencia, una auténtica rata de biblioteca y laboratorio, descubre por casualidad un rayo que acelera la reproducción de microorganismos generando, de paso, seres de mayor tamaño. Asombrado por el hallazgo se dedica a profundizar en la investigación, encargando lentes cada vez más grandes para analizar los límites y las posibilidades del descubrimiento.

          Sin embargo, y para su desdicha, antes de culminar nada un periodista da a conocer el secreto, tergiversando todo y dando por hecha la existencia de algo que, de llegar a existir, requiere todavía mucha investigación. 

          El asunto viene a coincidir con una plaga que aniquila los pollos. La necesidad de alimento y de hacer ver que “aquí no pasa nada” lleva a las autoridades a la incautación de las máquinas que está desarrollando el profesor. Son instaladas en una granja con la finalidad de incubar a unos huevos importados y acelerar así la reproducción de pollos.

          Y a partir de aquí no digo más para no desvelar nada, excepto que el caos amenaza con adueñarse de Rusia, aunque, como en la historia real, una cosa son los rusos y otra el territorio ruso.

          Los huevos fatídicos (título también traducido como Los huevos fatales) es una obra a medio camino entre lo cómico, el terror, la ciencia ficción y la crítica social, e incluso contiene un guiño histórico que, en el momento en que se escribió (1924) tuvo también algo de premonitorio quizá por aquello de que la historia siempre se repite.

Mijaíl Bulgákov
(1891-1940)
          Sin embargo, lo cómico y lo terrorífico no van de la mano, sino sucesivamente. El comienzo es divertido, con momentos que aventuran un relato humorístico, cuando sabemos la opinión que a la esposa de Pérsikov le merecieron sus ranas, pero poco a poco la historia se va torciendo, la desilusión y la injusticia llegan al profesor, y al final se abre paso algo parecido al terror, aunque sea un terror un tanto absurdo. Lo que de ciencia ficción tiene, en cambio, está siempre presente por mor del dichoso rayo, verdadero protagonista de la novela. La crítica social asume varias formas: desde las dificultades a las que se enfrenta al profesor para investigar algo tan importante, hasta el desprecio de las autoridades por el saber, desdén implícito en el modo en que es desposeído de sus hallazgos, amén de que el sistema ineficaz e injusto que provoca la tragedia acaba eludiendo toda responsabilidad en perjuicio del desdichado profesor. En cuanto al guiño histórico, daré una pista: Napoleón.

          Una novela breve, en algunos párrafos un poco confusa, y que deja una sensación extraña por la mezcla de géneros y, como he dicho, porque no es una mezcla uniforme. 

          Por cierto, hoy, 10 de marzo, es el aniversario de la muerte de Mijaíl Bugákov. Falleció a los 48 años.

jueves, 6 de marzo de 2014

La paciencia de la araña - Andrea Camilleri



La paciencia de la araña (Serie Montalbano, 11)

Tras leer Un giro decisivo, no hay que esperar mucho tiempo para leer La paciencia de la araña, pues entre ambas apenas transcurren una veintena de días, señala Camilleri. Las tramas son independientes, pero no el estado del comisario, que acabó maltrecho en el “giro” y comienza “la paciencia” armándose de ella... a su manera. 

Dicho esto, lo más importante es que La paciencia de la araña es una novela más uniforme y sólida que sus inmediatas predecesoras. Si en las anteriores las tramas se alternaban con la vida del comisario y sus circunstancias, como si Camilleri se hubiera dejado llevar por la tentación de rellenar una historia de intriga con cuestiones independientes e incluso festivas, aquí todo es uno, todo va en la misma dirección; el caso a esclarecer se adueña de la novela y, sin mengua del costumbrismo, la conduce hasta el final. El único peaje es que los secundarios vuelven a ser secundarios, y así Catarella, por ejemplo, deja caer sus estropicios al hilo de la acción en lugar de adoptar el papel de protagonista de algo parecido a una sucesión de gags.

La cosa comienza cuando desaparece una bella muchacha, cuya madre está moribunda y cuyo padre es un geólogo arruinado. Aunque pudiera pensarse en un caso de agresión con probable final fatal, lo cierto es que todo el mundo apunta, desde el comienzo, al secuestro. Es algo descabellado en apariencia, porque la familia ya no tiene dinero, aunque, como suele ocurrir en las novelas de Camilleri, el presente hunde sus raíces en un pasado profundo. Otra cosa también es frecuente en Camilleri, y también aquí la encontramos: que el delito no siempre está movido por la maldad, sino que en ocasiones busca una justicia que las leyes no son capaces de generar. Y hasta aquí puedo decir sin adelantar demasiado.

Alrededor de ese misterio se desarrolla una novela que Camilleri oxigena, para evitar reiteraciones, haciendo de Montalbano un policía convaleciente y, sobre todo, introduciendo a Livia (por excepción, está presente en toda la novela) con lo que Montalbano es lo más parecido a un señor casado que podamos imaginar. Y eso, para los seguidores, no deja de tener su encanto, porque Montalbano no puede renunciar a su esencia, que es hacer lo que le da la gana cuando le da la gana.

Otra de las consecuencias de la presencia de Livia es un cambio notable en el humor de la novela. Si en la anterior, por poner un ejemplo, había una apreciable deriva a la caricatura, en esta ocasión se corrige, y lo que a menudo hace sonreír es la mezcla de habilidad y cara dura con que el comisario consigue salirse con la suya, la forma en que logra seguir siendo él mismo eludiendo los enfados y malas caras de Livia, así como la forma en que, a través del narrador, el lector ve los pragmáticos y directos pensamientos del personaje.

Una última reflexión, cada vez más común en las novelas de este género que voy leyendo: me da la sensación de que los autores modernos de novela negra y similares, cada vez tienen más problemas para encajar la acción en el tiempo presente debido a la eficacia y mecanización de los métodos de investigación disponibles. Le pasa a Camilleri y le ocurre también a Márkaris, por ejemplo. Ambos prescinden de métodos ya tan presentes en el saber popular que sus historias pierden realismo, quedando transformadas en algo así como “aventuras policiacas” más aptas para pasar el rato que para quien busque emociones fuertes. No es que el realismo sea un valor en sí mismo, pero sí es un instrumento útil, como asimilable a “credibilidad”, en según qué géneros.




lunes, 3 de marzo de 2014

Fulanita y sus Menganos – Álvaro de Laiglesia



Escribir con más o menos alegría de sexo en 1965, aunque fuera en plan inocentón como es el caso, no era demasiado sencillo ni frecuente, razón más que suficiente para que las novelas de Mapi, la prostituta que protagoniza estas novelas de Álvaro de Laiglesia, tuvieran un éxito notable. Para apreciar hoy ese “atrevimiento inocentón” es preciso ser consciente de cuándo y dónde se publicó. Pero lo que entonces seguramente llamó la atención no es lo que justifica que esta novela pueda leerse hoy; lo que ha pervivido en ella es el humor, humor ingenioso, que juega constantemente con el doble sentido de las palabras entrando y saliendo a la vez del absurdo, que juega incluso con la fonética, un humor también deudor de su tiempo en lo que a las relaciones hombre-mujer se refiere (en ese sentido, es hoy cuando resulta atrevido).

La historia en sí no tiene complicación: Mapi, devenida prostituta contra su voluntad en Yo soy Fulana de Tal, se está iniciando en esas lides, y aunque comienza con lo que se pone a tiro, enseguida la ambición le hace desear pescar un buen cliente. Tan bueno, al final, como para que la pueda retirar. Así que en esa sociedad y en ese entorno machista Mapi es utilizada por los hombres, pero también está dispuesta a utilizarlos. Y a ello de dedica. En el fondo nada nuevo, pues son infinitas las novelas que se limitan a narrar una sucesión de amoríos en pos de un ideal (en este caso, “la retirada”); todos acaban como es de suponer, y van en un crescendo de esperanzas y fracasos que culminan con una situación fuerte para la época –por el tratamiento dado a la homosexualidad- pero que hoy difícilmente impacta. Es decir, la novela es más una exposición de situaciones para hacer pasar el rato que una historia con sentido, objetivo o mensaje de algún tipo más allá de las puyas que salpican el texto.

Lo más llamativo, como he dicho ya, es el humor y que, a diferencia de lo que ocurre en la primera novela de la serie la amargura no llega a abrirse paso, como si el autor hubiera optado por una línea más inofensiva, basada en los juegos de palabras, apoyados en la ignorancia de la protagonista, y en su pragmatismo. Lo que sí llama la atención es lo bruta que es Mapi (más, creo yo, que en la primera novela). Tanto que cuesta adaptarse, y al principio a veces llega a ir en perjuicio del humor.  Además es una brutalidad de corte masculino, si es que puede decirse así, lo cual perjudica al personaje y lo aleja del lector. Otra cosa hay también negativa para el lector actual: escrita en un momento donde el contraste entre lo rural y lo urbano era muy notable, en un momento donde el entorno rural carecía de casi cualquier acceso a la cultura (incluida la televisión), al lector de hoy puede costarle bastante reírse de la ignorancia de Mapi, porque posiblemente está más acostumbrado a reírse de las cosas que de las personas; por eso es necesario recordar que en esa época, mediados de los sesenta, cuando tanta gente salía del pueblo, el contraste con lo urbano ponía de manifiesto el desconocimiento de ese “nuevo mundo”, el deslumbramiento de la modernidad, hasta el punto de que este fenómeno originó toda una generación de humoristas, de libros, de películas a costa del pueblerino. ¿A quién no le viene a la cabeza Paco Martínez Soria?

En resumen, Fulanita y sus Menganos es un producto comercial fruto de una época muy concreta, en el que todavía hoy pueden apreciarse grandes momentos de humor por la forma en que se juega con el lenguaje. Pero a la vez, y por su falta de pretensiones, es un subproducto de la gran novela de humor española del siglo XX, muy por debajo de otras obras de Laiglesia.