En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


jueves, 31 de octubre de 2013

Drácula – Bram Stoker



Aunque los escritores de novelas de terror se morirían de hambre conmigo, desde hace varios siglos he tenido a Drácula entre las lecturas pendientes, ¿porque quién no quiere conocer a alguien tan eminente? A fin de cuentas es un clásico, y quizá ningún otro personaje literario haya llegado a tener tanta presencia extraliteraria como el conde, si bien  muy ayudado por el cine.
Bram Stoker (1847-1912)
Claro que esa misma fama condiciona la lectura, el lector ya tiene una idea aproximada de lo que va a ocurrir, por más que las diferentes versiones cinematográficas estén más o menos alejadas del original. Por eso acaban llamando la atención detalles que no tienen mayor trascendencia, como que el proceso de “vampirización” no se produce por la “picadura” del malvado “no muerto” de turno, sino por las sucesivas agresiones que conducen poco a poco a la muerte; si en el cine basta un “asalto”, en la novela se precisan unos cuantos; el proceso se inicia con el primero, pero no culmina hasta la muerte por falta de sangre.
Drácula está escrita como una sucesión de diarios de diferentes personajes salpicados con algún que otro documento. Un diligente jovenzuelo inglés, al servicio de un intermediario de inmuebles, inicia la serie. Está de visita en Rumania para cerrar una operación. Los lugareños lo tienen por loco, habida cuenta de en qué andurriales pretende meterse: un castillo de lo más tenebroso donde es recibido por un anciano que se presenta como el conde Drácula. El conde pretende comprar una vieja mansión inglesa.
Pero ocurre que pronto el conde comienza a “alimentarse” a expensas de su invitado, el cual, además, tiene ocasión de comprobar la cantidad de cosas raras que suceden en torno a su cliente (todos los clásicos de la parafernalia vampiresca), hasta devenir en prisionero.
Drácula - Christopher Lee
Que logra salir con bien no es ningún secreto. Bastante alicaído y chuchurrido retorna a su casa, donde le espera la chica con la que se casa. Esta tiene una amiga que a su vez es pretendida por hasta tres caballeros, con uno de los cuales se compromete. De los dos desdeñados uno es un psiquiatra que trata en su residencia-manicomio a varios pacientes, entre ellos uno muy peculiar. La residencia linda, además, con la mansión que ha comprado el conde. Este médico conoce a otro, una eminencia extranjera, al que acude cuando  la mujer que le ha dado calabazas comienza a andar de lo más pachucha después de cierta excursión ocurrida después de una misteriosa tormenta con un no menos misterioso bajel de protagonista.
¿Y todo esto por qué? Porque el conde Drácula ha llegado, y con apetito. A partir de ese momento la historia transcurre primero en torno a la identificación del problema, ciertamente peliaguda por ser sobrenatural, y después aborda su resolución.
Si en la primera parte de la novela hay suspense, en la segunda hay misterio y en la última acción.
Drácula - Béla Lugosi
Pese a no estar acostumbrado a leer novelas de terror, me ha costado poco adoptar la perspectiva necesaria para meterme en la trama, porque la forma en que está redactada lo facilita.  Es también atractivo toparse a cada página con los orígenes de buena parte de la imaginería literaria y cinematográfica más conocida, al parecer elaborada por Bram Stoker a partir de diferentes leyendas y tradiciones. Y al mismo tiempo es una “novela del siglo XIX”, por su forma de expresarse, por el entorno social y los valores que en ella imperan. De hecho, es una de las grandes novelas decimonónicas, por más que se publicase ya en 1897. Si ha sobrevivido hasta ahora no ha sido solo por las docenas de películas basadas en la novela, sino porque posee la fuerza necesaria precisamente para que en los albores del cine Drácula se abriera rápidamente paso. Y hasta ahora.
Como “novela del XIX”, los personajes son redichos, están muy preocupados por la educación y justifican y explican con detalle cada una de sus acciones. Todo lo contrario a la moda actual de novelas escuetas que tratan de decir lo más con lo menos. Pero en Drácula no es el lector quien razona o quien siente. Son los personajes. El lector es mero testigo. En consecuencia los personajes se equivocan, son sesgados, y seguramente el lector no haría las mismas interpretaciones ni llegaría a las mismas conclusiones que ellos. Hoy se considera una forma de escritura periclitada (seguramente porque es muy difícil de hacer bien, y haciéndolo mal es un camino muy rápido al ridículo), pero yo la tengo en alta estima: un escritor puede hacer un relato con un hecho escueto, libre de toda valoración, como “Un segundo antes de quedar cojo para siempre, Alberto se escurrió de una higuera”, y dejar que el lector se dedique a imaginar para sufrir en su propias carnes el porrazo y sus consecuencias; quizá esa fórmula tenga más fuerza en el lector que las explicaciones que pudiera dar el autor, pero si una de las gracia de la escritura es abrir puertas para que el lector experimente sus propias sensaciones, otra es la capacidad del autor para transmitir las que él y solo él atribuye a ciertos hechos. Drácula, como buena novela decimonónica, pertenece a esta segunda categoría. El mérito no es que el lector experimente en su propio pellejo las sensaciones que producen los hechos, sino que llegue a comprender las sensaciones que experimentan otros.
Una gran novela, que hay que leer, porque es tan inmortal como su protagonista. Dentro de cien años, nosotros no estaremos aquí, pero el Drácula de Bram Stoker seguirá en este mundo.



                                         

lunes, 28 de octubre de 2013

Ha vuelto – Timur Vermes



Toda novela de humor sobre Adolf Hitler está llamada a ser polémica; y si está escrita en primera persona por el propio Hitler, ni hablemos (por cierto, en coherencia debería titularse He vuelto). Como la propia sinopsis del libro indica, ¿está permitido no ya reírse de Hitler sino con Hitler? Es una duda ética, no literaria, pero ineludible.
Y porque esa duda es ineludible, Ha vuelto no es un libro que deje indiferente, aunque es complicado saber hasta qué punto las encontradas sensaciones que produce es mérito del autor o de lo que todavía hoy evoca la figura de Hitler, siendo, como es, alguien que siempre viene a la mente cuando se habla de las monstruosidades humanas. Es decir: ¿qué es lo que invita a la reflexión? ¿La novela, la figura de Hitler, o la posibilidad próxima o remota de nuevos genocidas?
Porque de esto trata la novela, bien que a través de un Hitler “real” que es en realidad una caricatura. Quien a lo largo de toda la novela se refiere a sí mismo como el Führer del Reich, demostrando la mesíanica confusión de persona y cargo típica de todos los dictadores, se despierta en un descampado berlinés, en el año 2011, sin otra memoria que lo ocurrido hasta el día de su “no suicidio”,  y con una laguna de 66 años que no se preocupa por llenar, dando por hecho que el fenómeno tiene una clara explicación, también mesiánica: tan importante es él, que el destino se las ha apañado para que continúe su labor “salvadora”.
A partir de esos instante, sin ocultar su personalidad, Hitler comienza a ponerse al día de las noticias y de cómo ha evolucionado la sociedad y la técnica, a la vez que lucha con la precariedad de medios, porque el hombre está con lo puesto. Los demás primero lo ven como a un chalado, pero un chalado tan convincente que pronto es presentado a unos productores televisivos; a partir de ese momento el chalado pasa a ser, a los ojos del resto, un actor que se dedica a la parodia; y su empeño en no dejar de ser Hitler ni un instante lo atribuyen, no sin admiración,  a que sigue  la técnica artística llamada “el método” (aunque en el libro la denominan de otra forma), consistente en que el actor no sale del pellejo del personaje ni en su vida particular, para integrarse en él e interpretarlo a la perfección. El Hitler de esta novela, como he dicho, no tarda en hacerse un huequecito televisivo. Sus críticas al mundo, lanzadas en el apartado de un programa, son tomadas entonces como parodias y, por tanto, como una crítica a las propias consignas nazis. Solo su apariencia es problemática por todo lo que evoca, pero es vencida por la incorrecta interpretación de su mensaje, porque  mientras Hitler arenga en serio, su público se toma sus palabras a broma, aunque una parte del público celebra algunas mordaces críticas que solo pueden hacerse desde el humor y que consideran certeras. Por otra parte, no debemos olvidarlo, ni el odio ni el racismo han muerto nunca, y cualquier alusión a ellos, siquiera sea tenida por humorística, encuentra eco.  En resumen, este Hitler de 2011 es aceptado porque parece ser lo contrario de lo que es, pero también porque habla de temas que siguen latentes. Pero, y esto es lo inquietante, ha sido aceptado siendo lo que es, sin que nadie haya sido capaz de ver la verdad. En medio de toda esa confusión que para ser realista precisaría de un Hitler increíblemente tonto, lo único cierto (para el lector, no para la sociedad alemana reflejada en la novela, que no se entera) es que el mismísimo Hitler se ha colado en la televisión, está lanzando su mensaje, se ha convertido en una estrella y llega un punto en el que hasta los partidos políticos de diferente signo político quieren acercarse a él.
También podría verse, aunque no me atrevo a decir que esté en la intención del autor, una crítica a una cultura, como la actual, donde todo se mide por la audiencia y donde, por tanto, por las pantallas no deja de desfilar un ejército de indeseables que reducen la comunicación a un debate sobre irrealidades pretendidamente escandalosas, con argumentos estúpidos o directamente falsos, pero no por eso carentes de influencia, dado que para muchas personas son los únicos que llegan a sus oídos. Una "cultura" donde la demagogia campa a sus anchas, porque es más sencillo hacer demagogia que razonar, y porque en una sociedad donde a nadie preocupa la verdadera cultura o el humanismo, cada vez hay menos personas capaces de identificar la demagogia, y, en consecuencia, cada vez son más los que se someten entusiastamente a ella.
Junto a los hechos narrados, en sí insensatos y, por tanto, algo cómicos, conviven otras tres fuentes de humor: la forma en que Hitler interpreta cada hecho para adaptar la realidad a sus creencias es la típica de un loco que sería quijotesco si no fuera porque el personaje histórico no limitó sus delirios a la utopía; la forma de ingeniosa arenga con que se expresa, utilizando todo tipo de comparaciones despectivas y elogiosas pero siempre chocantes y con un deje gruñón que lo hace más simpático que odioso y, por último, la forma en que se justifica cada vez que la necesidad le obliga a traicionar sus principios.
El personaje de Ha vuelto no es Hitler, obviamente, sino una parodia de él. Un Hitler imaginado e irreal, infinitamente más cercano al de una mala película que al personaje histórico. Pero habida cuenta de lo que Hitler supuso en la historia, cualquier referencia a él, incluso humorística, no deja de ser inquietante, y el título, Ha vuelto, también lo es en una situación como la actual en la que, en buena parte de Europa, están resurgiendo partidos extremistas. Así es que, con independencia de la calificación literaria que merezca el libro, no es una mala excusa para que reflexionemos sobre cómo los extremismos, que han existido siempre, se abren paso a través de las grietas que las crisis dejan en las sociedades, porque de una cosa podemos estar seguros: el género humano no ha dejado atrás las atrocidades. Otra cosa es que, como los espectadores que jalean a Hitler en esta novela, no seamos capaces de verlo.


jueves, 24 de octubre de 2013

El misterio de la cripta embrujada - Eduardo Mendoza


 
Hace ya tiempo que leí El misterio de la cripta embrujada (publicada 1977), El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras. En el momento de escribir esto tengo pendiente El enredo de la bolsa y la vida. Son tres grandes novelas, sobre todo la primera y la tercera, cuyo contraste con La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios ponen de manifiesto la variedad de registros de Eduardo Mendoza, quien siempre ha dicho que estas novelas del detective sin nombre no le han costado demasiado trabajo, viniendo a ser un “divertimento”. Claro que la calidad, cuando hay talento, no necesita demasiado trabajo, y aquí está la prueba.
El caso es que vuelto a leer ahora El misterio de la cripta embrujada porque me apetecía, porque echaba de menos a su protagonista, y porque en un blog literario donde el humor tiene un puesto relevante, esta novela no podía faltar.
Para la literatura de humor en España, el siglo XX ha sido una época excelente, con autores (por citar algunos con presencia en el blog) como Enrique Jardiel Poncela, Wenceslao Fernández Flórez, o Miguel Mihura , amén de otros, como Álvaro deLaiglesia, que, a otro nivel, fueron también muy buenos. La mayoría comparten gusto por un humor donde el absurdo juega un papel tan importante como los cambios sociales vinculados a la modernización técnica, al cambio de papel de la mujer y a la aparición de la clase media urbana; casi todos ellos, además, utilizan el lenguaje de forma muy graciosa, pero sobre todo como apoyo de una serie de ideas disparatadas que son las que, en sí mismas, hacen reír.
El misterio de la cripta embrujada, en cambio, y hasta donde mis lecturas alcanzan, supone un cambio en la forma de escribir humor.  Primero, porque la ironía, a veces incluso el sarcasmo, se convierte en el primer recurso humorístico, muy por encima del absurdo y los temperamentales personajes del pasado cuya gracia, muchas veces, consistía en una suerte de mala educación al hilo de sus prontos, una especie de atentado a la “educación burguesa” que por el mero hecho de darse ya resultaba divertido en una sociedad oficialmente biempensante y respetuosa con las formas. Y, segundo, porque el uso del lenguaje se convierte en una nueva fuente de humor simplemente por la forma en que se dicen cosas que, señaladas con otras expresiones, hubieran sido anodinas. De hecho, si El misterio de la cripta embrujada es lo que es, no es por lo que cuenta, situaciones cómicas incluidas, sino por cómo lo hace. Que el protagonista sea un tipejo de baja estofa y nula cultura y, sin embargo, se exprese de forma tan ampulosa convierte cada una de sus frases en motivo de sonrisa.
Cierto es, sin embargo, que esa forma de hablar se contagia a otros personajes, y si en esos momentos la falta de contraste resta comicidad, el efecto final no está claro, pues si lo estrafalario del personaje se difumina, lo hace en un mundo grotesco donde la educación, el amaneramiento y los eufemismos transforman la brutalidad en algo digerible a través de la crítica implícita.
El tercer motivo por el que El misterio de la cripta embrujada supone un cambio en la forma de escribir humor es por el modo en que combina numerosos recursos humorísticos. El humor negro, que en etapas precedentes en ocasiones lindaba con la crueldad, en Mendoza se dulcifica, dejando solo la parte cómica; aparece con fuerza en recurso a la escatología, pues si en la primera página el protagonista ya precisa una ducha, conforme avanzan las páginas el pobrecillo huele más y peor (y a todo). La reiteración ingeniosa (como la utilización del apellido Sugrañes), la forma en que se integra gag en el conjunto, el jugueteo con el tópico, la crítica a los excesos del poder político y social junto a alguna concesión al absurdo, son solo algunos ejemplos. Pero lo relevante, insisto, es la forma en que todo avanza junto.
Por último, la idea de hacer protagonizar la novela a un presunto loco tiene mucho de quijotesca, de retorno a las raíces del humor, porque aunque aquí el protagonista no está loco, o al menos no completamente (como tampoco don Quijote lo estaba del todo, pues razonaba a la perfección), pero el resto del mundo lo tiene por tal; y de la misma forma que don Quijote tenía una elevada opinión de sí mismo, el protagonista de esta novela, aun sabiéndose el último en la escala social (tan bajo está que ni su nombre es relevante), se eleva a la altura de los demás a través de su lenguaje, y aun por encima, a la vista de que es capaz de resolver el caso que se le encomienda. Incluso se permite situarse por encima del lector, si puede decirse así, porque todavía falta un tercio de la novela cuando comprobamos que el protagonista, en su mollera, ya ha resuelto el misterio anticipándose no ya al comisario Flores, sino, como digo, al propio lector que ha compartido unas andanzas que el comisario ignora. También eso genera un efecto cómico, porque el más tonto es en realidad el más listo. ¡Más listo incluso que el lector! En esto excede a don Quijote, aunque ambos, en el fondo, se creen más de lo que son, aunque no pierdan la humildad; y ambos, una y otra vez, se ven enfrentados a su triste realidad.
Si El misterio de la cripta embrujada fuera una novela más, podría decirse que tiene fallos. Pero habiendo cumplido, rebosante de salud, treinta y seis años en las librerías, ya cabe tratarlos como “curiosidades” (es lo que tiene la fama, cuando es justa). A lo apuntado sobre el “contagio” entre personajes, que en algún momento es virtud y en otros no, cabría unir el perfil algo deslavazado de Mercedes (aunque también su personalidad lo es), la forma, quizá demasiado artificiosa, en que se resuelven la trama y el modo en que en la última parte de la novela el humor pierde intensidad como si Eduardo Mendoza, en ese momento, hubiera prestado más atención a la trama que a la forma, cuando lo fundamental en este libro es la segunda, ya que sería igualmente meritorio con cualquier otro "planteamiento criminal". Qué causa traigan los fallos es irrelevante, a la vista del resultado, pero el propio autor señala en el prólogo algo que bien pudiera explicarlos: la novela la escribió muy rápido, sin ninguna aspiración, y más como improvisada liberación tras La verdad sobre el caso Savolta que como proyecto pensado y planificado.
¿Y cuál es el argumento? Una noche de 1971 una chica desapareció en un internado de Barcelona. Reapareció en su cama, en el mismo internado, al día siguiente. Sana e intacta. El comisario Flores “investigó” el caso, sin llegar a conclusión alguna. En 1977, momento en el que transcurre la acción, otra chica acaba de desaparecer en el mismo internado. Flores, por motivos “profesionales”, pues lo ha detenido alguna vez, conoce al innominado protagonista, que está recluido en el manicomio regentado por el doctor Sugrañes; le promete la libertad a cambio de ayuda en el caso. Pero el protagonista, antes de “investigar” (cosa que hace a su aire y no siguiendo indicación alguna) se pone en contacto con su hermana, una vieja y triste prostituta, y al hilo de este contacto familiar se ve envuelto en la muerte de un aspirante a cliente de la hermana. Los bajos fondos, representados por el protagonista, escarbando en las clases poderosas que llevan a sus hijas al internado. Por medio de un ingenio muy ligado a la picaresca el protagonista acumula  información; la suficiente, por supuesto, para desentrañar el caso, lo cual consigue disponiendo de antagonistas que van variando de capítulo en capítulo (todos breves), otorgando al diálogo un papel relevante.
Y termino con una anécdota personal: tanto me gustó esta novela, que en La terrible historia de los vibradores asesinos (que bebe de similares fuentes) me permití hacerle un guiño a través de un nombre.








miércoles, 23 de octubre de 2013

El futuro del libro



En uno de los artículos más leídos de este blog (Vargas Llosa, el ebook y la literatura banal), decía hace año y medio: “a medida que el ebook vaya creciendo irán cayendo las librerías tradicionales. En consecuencia, la difusión masiva quedará reservada a las obras que decidan las empresas propietarias de los pocos escaparates virtuales relevantes.”
Viene esto a cuenta de que en España, según leo en un artículo, Amazon y Apple venden el 70% de los libros digitales, y en Estados Unidos esas dos empresas copan el 90% del mercado. El futuro, en esas condiciones, es desalentador. Las empresas no hacen cultura, sino negocio (no es una crítica, es la realidad); el negocio está vinculado a las grandes cantidades, y las grandes cifras de ventas solo se pueden conseguir, salvo excepciones, a través de obras con mensajes livianos, porque para ser asequibles al ciudadano medio (solo vendiéndole a él es posible un elevado volumen de ventas) no deben rebasar su nivel, que es un nivel medio por definición.
No defiendo con eso el elitismo de la cultura, pero sí digo que esas obras meritorias y complejas, las que no pueden entenderse sin aunar lectura y reflexión, esas obras que por su exigencia leen pocos pero cuya influencia antes o después llega a todos, cada vez van tener menos lectores, y, por tanto, cada vez va a ser menor la influencia de lo mejor.


lunes, 21 de octubre de 2013

En caída libre – Rosa Ribas






            En los pocos años que llevo leyendo con cierta regularidad novelas de este género he comprobado demasiadas veces lo mucho que los autores se repiten a sí mismos, hasta resultar algunos más pesados que el plomo; a la enésima vez que uno lee las manías o complejos de un personaje siente ganas de mandar el libro a hacer puñetas, y de enviar al personaje a un psicólogo. Bueno, pues nada de eso sucede en la tercera entrega de la comisaria de Frankfurt Cornelia Weber-Tejedor. La razón es doble: la originalidad del caso concreto por un lado y, por otro, que en lo personal Cornelia evoluciona, y encima con naturalidad. El resultado, una mezcla armónica que el lector disfruta de principio a fin.

            En cuanto a lo primero, lo atípico del planteamiento, una vez detectado que algunas de las empleadas del aeropuerto de Frankfurt encargadas de limpiar los aviones están muy duchas en el arte de introducir droga en Alemania, Cornelia, huyendo del follón afectivo-laboral en que se ha metido, solicita actuar como infiltrada; lo cual le exige cambiar de vida durante un tiempo indeterminado. Tanto debe meterse en el papel y en su nuevo entorno, que en gran medida En caída libre es una novela sobre una empleada de la limpieza metida en un buen lío.

            La tarea es dura: alejada de los suyos, con un incierto panorama afectivo, con nuevas amistades que no deben serlo pero con las que es difícil no solidarizarse porque son la parte más débil de la cadena, la pobre Cornelia acaba dedicando a la cerveza y a ver películas todo el tiempo que no dedica al trabajo. A ello la ayuda primero la frustración de no avanzar (porque de vaciar ceniceros a integrarse en una organización delictiva hay un trecho), y, después, una doble tensión: la de ir descubriendo poco a poco los entresijos del asunto asumiendo el riesgo correspondiente, y la de fingir (o no tanto) una amistad con quienes son a la vez víctimas y delincuentes. Porque, ¿cómo ver a la delincuente sin ver a la víctima que también es?

            La organización criminal es, eso sí, sui generis, debido a las veleidades empresariales de quien parece estar al frente. Pero lo que se pierde en realismo se gana en agilidad e interés (la realidad en estos mundos es demasiado conocida y aburrida como para limitarse a ella).

            Y así es como llegamos a tener una atípica perspectiva novelesca: el crimen se va resolviendo a la vez que se comete.

            El segundo punto que he señalado es la escasa reiteración, pese a ser ya la tercera novela de la serie. El motivo es que Cornelia, como todo hijo de vecino, se adapta mal que bien a los cambios (a diferencia de tantos personajes que permanecen novelas y novelas presas de los mismos pensamientos y obsesiones). Su matrimonio ha hecho aguas, pero un clavo saca a otro clavo, aunque como el clavo esté en el trabajo, mal asunto; entre medio acecha la soledad, sustituyendo a la preocupación. Al mismo tiempo sigue cayendo bien por su propensión a caer en la tentación, a buscar el alivio inmediato aun a costa de dar pasos de ciego, pero esa también es una forma de ir hacia algún sitio, aunque sea el equivocado. No es el único personaje del que se puede decir esto. El perfil de Leopold pasa a estar mejor definido, como esas personas que nos parecen una cosa cuando las conocemos poco, y otra cuando las vamos conociendo mejor (que es lo que ocurre con este personaje). Del resto de los habituales poco se puede decir, porque poco es su papel en esta novela.

jueves, 17 de octubre de 2013

La hoja roja – Miguel Delibes


Los librillos de papel de fumar contienen una hoja roja que indica que solo quedan cinco hojas más. A Eloy, el funcionario municipal protagonista de esta novela, le ha salido la hoja roja en la vida: se ha jubilado y, según decía un amigo suyo ya fallecido, la jubilación es la antesala de la muerte.
Estamos en la España de los años cincuenta, donde la mayoría de la gente se jubilaba a los 70 años (como Eloy) y había una esperanza de vida de cuatro o cinco años  más.
¿Y qué ocurre cuando uno muere? Que la vida lo ha dejado atrás. Pero es que la vida nos está dejando atrás desde el mismo momento en que nacemos, lo cual queda tristemente de manifiesto en la jubilación de Eloy: lo que para él es un acto emotivo, de reconocimiento a medio siglo de trabajo concienzudo, para los demás es un trámite, una formalidad, una anécdota inmediatamente olvidable en medio de un día a día que no se detiene. Una palmada en la espalda al jubilado y a otra cosa. Cincuenta años de trabajo y al día siguiente apenas queda rastro el paso de Eloy por la oficina, como si el paso de los hombres fuera barrido por el tiempo tan pronto como desaparecen de la escena. 
Eloy está viudo. Tiene un hijo notario en Madrid y otro que murió a los 22 años. Cuida de Eloy una muchacha recién venida del pueblo, Desi. Buena persona y más bien feúcha, que aspira a casarse con el Picaza, un muchacho del pueblo también poco agraciado, buen cantante y con un carácter bastante impulsivo.
Miguel Delibes. 1920-2010
De los amigos de Eloy ya solo queda uno, Isaías. Juntos pasean a diario. Eloy vive en sus recuerdos, pocos y repetitivos, como reiterados son los temas de conversación entre los amigos, los argumentos que utilizan, e incluso las frases con que los expresan. El proceso de envejecimiento es relatado por Delibes con maestría, y corre parejo a la forma en que la soledad aumenta: la soledad del ser humano a la hora de enfrentarse a la muerte y la soledad a que se ve abocado porque sus amigos han desaparecido y los más jóvenes tienen demasiada prisa por vivir su propia vida como para fijarse en los abuelos que andan “con sus cosas”. Aunque, como he dicho antes, ese proceso comienza el mismo día en que nacemos: de hecho Eloy, cuando se jubila ya ha dejado atrás lo más importante: a su mujer fallecida, a su hijo fallecido, a su otro hijo que lleva su vida en Madrid, a una buena parte de sus amigos... La jubilación es solo el último nexo, o casi, que lo separa de la soledad completa, que es la que se siente al mirar cara a cara a la muerte. La jubilación, para Eloy, repito, es hoja roja del librillo de la vida.
Pero paralelamente al discurrir de esos tristes días en los que Eloy ve acercarse el final, Desi vive su vida y sus ilusiones, pese a las colegas que bajo la cobertura de una supuesta amistad tratan de menguar la felicidad ajena para no sentirse más desgraciadas que el resto. Desi vive razonablemente contenta y esperanzada, y más el día en que el Picaza llega del pueblo para hacer la mili en la ciudad.
Uno y otra, Eloy y Desi, afrontan cada uno a su manera el miedo a la soledad (que en el viejo podría desembocar en el terror y en la muchacha en la sensación de fracaso) aunque son las circunstancias, y no la propia voluntad, las que conducen a cada uno a una situación. El final, emotivo, lo sabrá quien lea esta magnífica historia.
Y termino diciendo algo que creo haber señalado ya en alguna otra ocasión en este blog: Delibes no solo tiene obras inolvidables, sino que a lo largo de su trayectoria  –al menos en lo que he leído- siempre mantuvo altísimo el listón. Y sin alardes ni florituras. Uno de los mejores. Un lujo.

lunes, 14 de octubre de 2013

La rocambolesca historia del transportista Pere Bitxo – Ramon Fontserè





La rocambolesca historia del transportista Pere Bitxo es una novela desconcertante si uno no va advertido de lo que va a leer. Desconcertante, primero, porque la “historia” es la de un solo día y, segundo, porque la narración es en algunos puntos algo telegráfica, lo cual aconseja leer despacio e ir imaginando hasta el último detalle. ¿Y cuál es la advertencia? Que estamos ante una obra un tanto berlanguiana, en la que no hay ni grandes hechos ni intrincados misterios, sino el transcurrir de la vida, que es la mejor manera de demostrar cómo son las cosas y las personas. Es decir, dispóngase el lector a sentarse y ver cómo transcurren veinticuatro horas en la vida de Pere Bitxo. Aunque, eso sí, alguna cosa fuera de lo normal le ocurre al hombre.
                Pere, transportista, es al transporte lo que una margarita pocha a un ramo de novia: tiene una furgoneta tan pimpante como un viejo saco de patatas, con la que comienza el día recogiendo a las chicas de un prostíbulo cercano, situado en mitad del campo, para devolverlas a la civilización de una comarca catalana del interior. Una civilización peculiar, pero, dentro de su singularidad, universal, porque no hay lugar que no esté plagado de tipos raros. Pere acude luego al taller a cambiar los asientos por una caja isotérmica, y pasa el resto del día repartiendo huevos por la comarca, a la espera de terminar y volver a instalar los asientos para llevar de nuevo a las chicas al trabajo. Este ir y venir permite ir incorporando personajes a la novela, y es recomendable fijarse bien porque hay unos cuantos: desde el ex político local obsesionado con los socialistas, hasta la dueña del local de alterne pasando por un juez de paz enano, el “rico” que en realidad no es más que un mafiosete con muchos negocios más o menos chapuceros, un tipo salido, su esposa que trata de reconducirlo al buen camino a base de perdigonadas en los alrededores del burdel, el lunático que fue una vez en avión y no ha dejado de presumir de ello ni un segundo, y unos cuantos más.
                Junto a la exhibición de personajes a la vez extravagantes y corrientes, se producen una serie de situaciones absurdas, como la de la anciana que duerme en el balcón del ayuntamiento, el inmigrante al que dan cama en la mesa del salón de plenos, la loca de los perdigones o el chiflado que la emprende a tortazos con todas las máquinas, lo cual no se sabe si forma parte del marco de la “acción” o la “acción” misma. Lo entrecomillo por lo ya dicho, porque el meollo de esta historia es dejar que pasen las cosas ante los ojos del lector.
                Pere Bitxo, cuyo papel es más de nexo que de protagonista, es un personaje extraño, porque apunta ser una cosa y acaba siendo otra. Al principio, dado lo peculiar de su residencia, de su furgoneta y de su modo de vida, parece que va a ser un tipo estrafalario, pero en realidad es el más sensato de todos, y también el más formalito. Además, lo que le acontece no es determinante, lo determinante es el conjunto, la combinación de los personajes y que todos tienen algo en común: su facilidad para arrimar el ascua a su sardina en todo momento. Así es como los acontecimientos, desencadenados por un factor externo, terminan siendo, para las personas, la resultante de los pequeños intereses de cada uno.
                El autor no entra a valorar la conducta de sus personajes, ni siquiera nos dice lo que sienten o dejan de sentir, deja que sea el lector quien valore cada cosa interpretando la conducta de cada cual.
                Dicho esto, también hay algunas concesiones a las escenas cómicas –como la conversación de los mossos a través de la radio-, y un buen puñado de críticas diseminadas a lo largo de las páginas, como los cartones de huevos mojados hasta la descomposición, que son confundidos con una obra de arte.
                En resumen: una novela en la que la disposición del lector es muy importante, porque para disfrutarla debe ser leída con cierta conciencia de “observador”.


jueves, 10 de octubre de 2013

Intemperie – Jesús Carrasco



   Todo lo que he leído sobre este libro viene a decir lo mismo:  que desde el mismo momento de publicarse Intemperie ya es un clásico. Incluso se ha comparado al autor con Delibes. Demos tiempo al tiempo, pero desde luego Intemperie es una novela que nada tiene que ver con la literatura comercial, y sí con la buena literatura.

   La referencia a Delibes no es extraña. Las ratas, por ejemplo, se mueve en un ambiente similar: época parecida, entorno rural, pobreza extrema, personajes marginales, débiles, y mucha soledad. Intemperie sitúa la acción en la primera mitad del siglo. Un niño sometido a brutales vejaciones escapa de su casa y debe atravesar  “el llano” para ir a parar, en medio de una desoladora sequía, no sabe dónde. Así se cruza con un anciano que vive con lo que le da el puñado de cabras que pastorea; el hombre protege al niño y trata de ocultarlo de quienes lo buscan, el más interesado de los cuales es, precisamente, el responsable de las atrocidades y, casualmente, la autoridad del lugar.

   Todo el proceso de fuga transcurre al aire libre. Esto es, a la intemperie, aunque la intemperie es también social y moral, es la situación del débil cuando impera la ley del más fuerte. De alguna manera la llanura desértica por donde escapa el niño ilustra esa situación: en el llano no es posible esconderse; uno siempre está a merced de todos; y la ausencia de agua y alimentos refuerza esa impresión.

   Sin apenas diálogos, con personajes de poquísimas palabras y pocas pero claras ideas, vivimos la fuga y su desenlace. El lenguaje está muy cuidado, pero la dureza de Intemperie no proviene de las palabras, sino de los hechos. El autor no los valora, solo los expone. Y la exposición es sucinta, por lo que es el lector quien aporta su propio miedo, su propia angustia, involucrándose en la historia y sufriendo y odiando con los personajes. Una obra, en definitiva, que sacan adelante mano a mano el autor y el lector; el primero, dándolo todo para que el segundo se siente a leer... y a sentir.

   Para terminar, volviendo al principio, si Intemperie será un clásico o no, no es fácil aventurarlo (ni útil). Mimbres tiene, aunque en su contra juega esa fácil comparación con clásicos que ya lo son; pero en cualquier caso, a la vista de la bazofia que suele copar la lista de libros más vendidos, leer una novela como esta produce cierta sensación de alivio: sigue habiendo sitio para la buena literatura y para los autores que hacen de la escritura algo que dignifica al ser humano.


lunes, 7 de octubre de 2013

Discothèque – Felix Romeo




       Confieso que hasta ahora no había leído nada Félix Romeo, autor que murió en 2011 (como hoy, un siete de octubre) a los 43 años, dejando tras de sí una influencia mayor que la extensión de su obra literaria, una influencia basada en la intensidad y calidad de su participación en la vida cultural española.
        Resulta complicado hablar de Discothèque porque, para empezar, no es fácil averiguar su objetivo. La caterva de fracasados entre lo ridículo y lo grotesco, de personajes que lo mismo pueden inspirar repugnancia que compasión, lo al día que viven la mayoría (dotando a la novela de un asfixiante aire de falta de perspectivas) y las chaladuras de casi todos, forman una historia donde lo estrafalario se mezcla con lo trágico produciendo una constante sensación de inquietud que supera, con mucho, a lo que de humorístico pueda tener. De alguna manera es una de esas novelas donde se muestra la lo ridículo de las ambiciones humanas y la estrechez de la inteligencia, aunque a través de un filtro deformador que ofrece como resultado una caricatura perturbadora.
       Tres son los personajes centrales: Torosantos, un boxeador de tres al cuarto, retirado, que se gana la vida haciendo (cuando su físico se lo permite) tristes espectáculos pornográficos en carpas y tugurios monegrinos; le acompaña, en la vida y en el espectáculo, Dalila Love, una mujer que no siempre lo ha sido y que tiene un pasado sórdido y plagado de sobresaltos. El tercero en discordia es el padre de Torosantos, un tipo obsesionado por sus vivencias militares en Ifni, un tipo que, además, es jugador empedernido; tanto que acaba por jugarse –y perder- la vida de su hijo. En concreto, se ve obligado a matarlo en la cruel forma en que fue asesinado cierto militar en Ifni, cuyo recuerdo en la novela es recurrente hasta que se llega a saber por qué. Pero Torosantos llega a enterarse del asunto, y la solución, “lógicamente”, es defenderse matando a su padre, como si de una tragedia griega se tratara, aunque lo elevado de los motivos nos da una idea del tipo de libro que el autor quiso hacer. ¿Quién matará a quién?
Félix Romeo (1968-2011)
      Rodean a estos tres personajes otros como el estrafalario representante que trata de convertir en estrellas de la pornografía a la pareja de estrellados formada por Torosantos y Dalila Love, el zumbado que tiene miedo a las tormentas, traficantes de droga, camioneros, y quienes pululan alrededor del padre jugador. El sexo –muy presente en toda la novela-, es siempre enfocado desde su lado más descarnado y degradado, y, a menudo, exagerado hasta la parodia. Tan triste es para estos personajes que lo que hacen casi cabe calificarlo de “antierotismo”
         La historia sigue una secuencia más o menos cronológica, alternando visitas al pasado y, también, a la imaginación. Y aunque el argumento parece circunscribirse a si el padre satisfará su apuesta, lo cierto es que lo importante de esta obra es lo que ya he apuntado: mostrar un mundo donde es difícil adivinar dónde empieza la degradación y dónde la exageración, lo cual constituye una contundente crítica.



jueves, 3 de octubre de 2013

Los días del arcoíris – Antonio Skármeta




   El 5 de octubre de 1988, hace veinticinco años, en Chile se celebró un plebiscito en el cual, de haber ganado el “sí,” el dictador Augusto Pinochet hubiera seguido en el poder hasta 1997. Llevaba en él desde 1973. Para ganar la votación Pinochet designó como Ministro del Interior a Sergio Fernández. Pero ese plebiscito tenía algo especial: para disfrazar de democracia a la dictadura, se consintió cierta campaña por el “no”.
   Los días del arcoíris cuenta la historia de una parte de esa campaña. Por primera vez la oposición democrática va a disponer de un espacio en televisión –quince minutos-, y lo va a utilizar para solicitar el no. Superar quince años en quince minutos, ese es el objetivo. Nada más y nada menos. David contra Goliat, se dice varias veces en la novela.
   El Ministro del Interior, como es obvio no quiere sorpresas, y decide encargar la campaña por el "sí" al mejor publicista chileno, Adrián Bettini, el cual lleva tiempo viviendo con lo puesto, porque debido a su oposición a la dictadura ha sido vetado en todas partes. Bettini, por principios, termina rechazando la jugosa oferta. Pero es más, pese a la petición del Ministro de que no lo haga, acaba responsabilizándose de los quince minutos de televisión con los que los demócratas –dieciséis partidos y partidetes revueltos a la desesperada  en una misma opción- aspiran a derrocar a la dictadura. El problema, su problema, es lo complicado que resulta explicar, en una sociedad donde impera el temor y donde tantas personas se saben víctimas, que el futuro se construye con esperanza. Y todavía lo hace más complicado la represión, porque quien más y quien menos, Bettini incluido, teme “desaparecer” a manos de las fuerzas del “orden”.
   De hecho, quien ha “desaparecido”, arrestado en plena clase, es un profesor de filosofía, el profesor Santos. Ha sido detenido delante de su propio hijo y de una treintena de alumnos. Nico Santos, el hijo, es novio de la hija de Bettini, Patricia. Tienen dieciocho años y poca experiencia en la política y en el amor. Nico, al haber sido detenido su padre ante testigos, trata de hacer vida normal –siguiendo las indicaciones que al respecto le había dado su padre. Alternando la vida de Nico y la de Adrián va avanzando la novela, entre el temor a la represión más violenta y la esperanza del cambio que simboliza el arcoíris.
   El arriesgado trabajo de Bettini desemboca enseguida en un charco tan cómico como dramático: debido a las prisas y a lo inusual del proyecto, el publicista cede a la idea de un pobre hombre, canijo y amanerado, al que sus amigos llaman Florcita Motuda. La idea es, en el programa a favor del "no", poner letra al vals de El Danubio azul. ¡Y qué letra! Los quince minutos clave para cambiar el rumbo de la historia amenazan con convertirse en un ridículo histórico que se llevará por delante la vida de muchos, la libertad de casi todos, y sumirá a Bettini en la ignominia por el resto de sus días.
   La forma en la que está escrita la novela es, de alguna manera, típica en Skármeta: se nota el cariño que siente por sus personajes, que además se contagia al lector. Ese cariño es indiscutible en el caso de los personajes “de oposición”, e incluso llega a reflejarse en alguno de los “malos”. Por ejemplo, en el Ministro del Interior, un tipo que oscila entre la brutalidad y el saber perder, que lo mismo produce miedo por su poder que alivio cuando asume el cambio de las cosa; o el militar que controla el colegio, que en algunos momentos representa a quienes´, pese a su voluntad, se ven arrastrados a hacerse cómplices del poder. También aparecen, con una parte importante de protagonismo, Nico y Patricia, recién salidos de la adolescencia; ese tipo de personajes que amparados en su falta de experiencia actúan a menudo desde la ingenuidad, y que son tal del gusto de Skármeta.
   Y, sobre todo, pese a la brutalidad de algún episodio, la historia rezuma el humor que genera ese cariño a los personajes, porque es imposible hablar con cariño de alguien sin ponerse de buen humor, y el humor de Skármeta se traslada al lector. A ello ayuda, además, que el fin de la historia es conocido de antemano.