En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 30 de septiembre de 2013

La civilización del espectáculo – Mario Vargas Llosa



                La civilización del espectáculo no es una obra para leer a la ligera, sino bien concentrado, porque aunque es de lectura sencilla hay ideas complejas. Más que hilo conductor, hay una idea central en torno a la que giran todas las reflexiones, pero a veces da la sensación de que el libro se ha escrito de forma algo fragmentada, de que da demasiadas vueltas en torno a lo mismo, lo cual no deja de ser inesperado en un autor tan meticuloso.

                ¿Y cuál es esa idea central? Que la cultura, tal y como se conoció hasta hace pocas décadas, ha muerto. La cultura, entendida como “alta cultura”, como la manifestación del genio humano capaz de influir en los demás, de hacernos reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra situación y posición en la existencia, ha desaparecido o está en trance de hacerlo. La figura del intelectual, de quien entrega lo mejor de su inteligencia a sí mismo y a los demás, ni está ni se le espera. La consecuencia es una sociedad desnortada, desorientada, que ha llegado a estar así sobre la base de no advertir que la cultura es el sustento que debe guiar el progreso técnico, que la cultura es anterior a él y le debe servir de guía, una sociedad que ha llegado no ya a confundir cultura y progreso técnico, sino a otorgar preeminencia absoluta a este, el cual lleva a aparejadas unas formas económicas que priman la cantidad, la masificación, la instantaneidad, la comodidad y que, en última instancia, matan la cultura tal y como ha sido entendida hasta hace tan solo una o dos generaciones.

Una de las causas de esta confusión es que en la actualidad el término “cultura” se usa desde una perspectiva antropológica, que entiende que cultura es todo lo que produce una sociedad, sea bueno, mediocre o malo. En esas condiciones todo es cultura, en consecuencia todo es intercambiable, hasta llegar a la conclusión de que “no hay una cultura superior a otra” puesto que todo es cultura y toda cultura es igualmente digna de respeto. Además, por razones fáciles de entender, la “cultura” que se desarrolla es la más rentable, y lo más rentable es, habitualmente, aquello a la que puede acceder más gente, más consumidores. Pero al alcance de un enorme número de personas solo puede estar lo superficial. Una superficialidad que se ha abierto paso a través del concepto de “entretenimiento”, como si el fin último del ser humano fuera evadirse de sus preocupaciones, aunque eso le lleve a vivir en la inopia respecto a sí mismo y sus semejantes. Una superficialidad que ha barrido del mapa a los intelectuales, a la complejidad, a la “alta cultura”, cuya comprensión exige un esfuerzo no al alcance de todos, pero que no por eso debe ser considerada elitista, pues en todos los momentos de la historia esa cultura “elitista” ha desbordado las élites para transformarse, para todos, en un referente ético y estético.

Dicho de otro modo. La “alta cultura”, creada a partir del esfuerzo intelectual por dar respuesta a las dudas trascendentes del ser humano, una cultura al alcance de pocos pero que llegaba a todos en forma de valores, guía y pauta de pensamiento y actuación, ha desaparecido, y lo que ahora llamamos “cultura” no es sino una amalgama de cosas accesibles a todo el mundo, sí, pero, precisamente por eso, necesariamente superficiales e incapaces de orientar a nadie.

                Y así hemos llegado a una sociedad donde la vara de medir no es la calidad, sino la cantidad, donde el concepto de “precio” (debería haberse usado mejor el término "ingreso", o "beneficio") se confunde con el de “valor” equiparando el valor cultural de algo a su precio en el mercado, lo cual es un suicidio porque el “valor de mercado” (precio) a diferencia del “valor cultural”, depende de la cantidad; y las grandes cantidades solo con concebibles desde ofertas “culturales” mediocres, superficiales, malas, cuando no directamente engañosas, porque de otro modo no serían accesibles a todos. Y eso lleva a Vargas Llosa a hacer una crítica feroz del mundo de la cultura y de la sociedad toda. La pintura está ya dominada por embaucadores y estafadores, la literatura está en trance de morir (¡aunque se publiquen y lean más títulos que nunca!) de la mano de la “cultura del best seller” que prima la inanidad del entretenimiento fácil y simplón al alcance de infinidad de escritores ramplones sobre el compromiso de un escritor consigo mismo como persona y con la sociedad a la que pertenece. Basta echar un vistazo a la lista de libros más leídos para echarse a llorar: todos los libros que hoy son un éxito de ventas están llamados a desaparecer sin dejar ni un mísero rastro. Todo es entretenimiento, nada es reflexión profunda. El cine y la televisión, dice Vargas Llosa, nacieron ya con la civilización del espectáculo, nunca han buscado otra cosa que entretener, y aunque se reconoce cinéfilo y admite también la existencia de excepciones, no duda en señalar que la cultura de la imagen (cine, televisión, Internet) carece de potencia para analizar en profundidad los elementos que desde siempre ha preocupado al ser humano; carece de capacidad, sí, pero se ha adueñado del tiempo de las personas, haciendo de ellas seres acomodaticios y sin capacidad crítica. Y así una cosa detrás de otra.

                Pero la civilización del espectáculo no es solo la situación a la que ha llegado la cultura, no es solo la carencia de intelectuales y de críticos que no sean en realidad publicistas o académicos endogámicos que nada ofrecen a la sociedad. La civilización del espectáculo, con su primacía del entretenimiento inmediato, instantáneo y sin esfuerzo, no es una cuestión que se limite a las expresiones culturales (o a la ausencia de ellas), sino que termina afectando a los fundamentos de la sociedad y poniendo en peligro la propia democracia. Hasta los políticos, dice Vargas Llosa, forman parte hace tiempo del espectáculo, priman el eslogan sobre la idea, el titular sobre la reflexión, solicitan la adhesión ciega frente a la razonada; los hombres de mérito, dice Vargas Llosa, han huido hace tiempo de la política, protagonizada ya casi en exclusiva por quienes tienen algo que ganar con ella, y no por quienes tienen algo que ofrecer al resto.

                Todo lo cual conduce al autor a hacer una serie de reflexiones sobre el papel de la espiritualidad en el desarrollo de las sociedades y el papel que al respecto han jugado la religión y la cultura. La conclusión es que la civilización del espectáculo ha aniquilado la cultura como elemento que en algún momento pueda guiar al ser humano, por lo que la religión está llamada a mantener un papel central (por más que desde una perspectiva miope no se aprecie y, con una formidable exhibición de ignorancia, proliferen quienes creen que la religión es cosa del pasado). Vargas Llosa ofrece numerosos ejemplos de la fortaleza del papel actual de la religión (y no necesariamente de las religiones tradicionales) y, desde su condición de no creyente, reclama ese papel de guía para la religión, pero advirtiendo de un peligro: la religión debe desenvolverse en seno de estados laicos, porque la religión vinculada a la política conduce, por su propia naturaleza, a la dictadura.

                Y es de esta forma como Vargas Llosa enlaza todo lo que ha dicho con su propia visión del mundo, una visión laica y liberal, que considera la libertad del individuo el mayor bien del que puede disponer, y considera que esa libertad solo puede disfrutarse y desarrollarse sobre la base de un estado laico que respecte y tolere por igual a todas las religiones, y vigile que bajo la apariencia de la “tolerancia” ninguna de esas religiones acabe anulando la libertad ajena. En resumen: ante la desaparición de la cultura y los intelectuales y su sustitución  por la civilización del espectáculo, ante la incapacidad de la cultura y de los escritores y artistas para ser un referente para el ser humano que lo consuele de todas las dudas que atenazan su existencia, Vargas Llosa prevé que las religiones van a jugar un papel crucial y deseable en la orientación del ser humano, quien no puede estar desorientado sin ponerse a sí mismo en peligro, pero ese papel entraña grandes peligros para la libertad, que solo pueden ser conjurados por un estado laico.


jueves, 26 de septiembre de 2013

Muerte en Estambul – Petros Márkaris



     En poco tiempo llevo leídas varias novelas donde fronteras conflictivas condicionan la trama. Las tres primeras de Veit Heinichen, que tienen por protagonista a Proteo Laurenti y se desarrollan en Trieste, y ahora Muerte en Estambul, de Petros Márkaris, que transcurre íntegramente en la antigua Constantinopla, dividida por el Bósforo y frontera comercial y política entre Europa y Asia.

    Y allí, en Estambul, donde como en toda frontera estratégica la historia ha hecho de las suyas resultando deudora de cuantos pueblos habitan en los alrededores, donde entre cada mayoría hay un buen número de minorías que se resisten a verse disueltas, está el comisario Jaritos de vacaciones, junto a su esposa. Y una de las minorías es la griega, casualmente.

   

   Ocurre además que un caballero ha muerto envenenado en Grecia, y a la presunta asesina se la supone en Turquía y, más en concreto, en Estambul. Por aquello del Pisuerga, el jefe echa mano de Jaritos, que se ve obligado a alternar turismo y trabajo; aunque, eso sí, de la mano de la policía turca, con cuyo representante mantiene relaciones desconfiadas que se van dulcificando a medida que la colaboración se evidencia. Ni que decir tiene que, siendo marca de la casa, las cuestiones personales del comisario forman parte de la novela tanto o más que el misterio: y si por una parte tenemos al matrimonio haciendo turismo de andar por casa, en plan “Viajes El Rebaño” (feliz ocurrencia de un antiguo profesor), por otra se han llevado un soponcio tremendo con la decisión de la hija de casarse por lo civil.



     ¿Y cómo transcurre la historia? Salpicando lo profesional con lo personal. En esta ocasión la modalidad de “lo profesional” elegida por Márkaris es un clásico: se sabe quién es “el malo” y la emoción está en cuántos crímenes va a cometer y si lo van a pillar antes de que no deje títere con cabeza. Lo particular de Muerte en Estambul es que la asesina es una nonagenaria (tampoco descubro nada diciéndolo), quien a punto de salir de este mundo ha decidido ajustar cuentas con su pasado. Esas cuentas, y con esto vuelto al principio, tienen mucho que ver con la historia de una ciudad como Estambul, frontera de tantas cosas.



lunes, 23 de septiembre de 2013

Balada de la guerra hermosa – Eugenio Suárez-Galbán Guerra



         Balada de la guerra hermosa cuenta la historia, a través de terceras personas, de un pobre pelagatos de Canarias al que las circunstancias arrastran a la emigración a Cuba, a la Guerra Civil y a la Segunda Guerra Mundial, e incluso lo conducen a un campo de concentración. Un pobre pelagatos que gracias a su instinto y su afán de supervivencia alcanza a tener –a ojos de quienes le admiran y también de quienes lo persiguen como elemento subversivo- un halo mítico que hace de él un héroe romántico, un mito que llega a serlo gracias a su lucha por ser exactamente lo contrario: alguien que vive y deja vivir.
         Pero a Mencey –que así es conocido- las circunstancias le impiden vivir, y cuando los demás no te dejan vivir es complicado dejarles vivir.  Defensa propia. Es en la huida en busca de la paz como Mencey acaba metido hasta las cejas en episodios esporádicos de violencia y en el combate contra cuanto le impide llevar una vida normal. Desarraigado, busca echar raíces donde buenamente puede, que no termina siendo sitio alguno, sino la memoria y el corazón de cuantos, en esas difíciles circunstancias, lo conocieron y le dejaron vivir; en especial, de las mujeres.
          Desde el principio sabemos que parte de la historia es “real” y parte leyenda, lo que no hace sino agrandar la leyenda de Mencey, porque nada hay para ser legendario como la atribución, fundada o no, de aventuras, hechos valerosos y habilidades múltiples, hasta que se alcanza un punto en que no se sabe a quién admiran los narradores, si al Mencey real o al legendario, aunque algo sí parece claro: el poder a quien teme es a la leyenda, aunque la leyenda de un hombre sea precisamente lo único de él capaz de sobrevivir a un balazo.



jueves, 19 de septiembre de 2013

El caso del mayordomo asesinado – Marco Malvaldi



            Quizá porque vendan más las etiquetas de “novela negra  o de “novela policíaca”, El caso del mayordomo asesinado no figura como novela de humor, aunque está más cerca del humor que del misterio.
            Estamos en Italia, a finales del XIX. Un barón ha invitado a su castillo a un bigotudo que ha adquirido fama tras publicar un libro de cocina, y a otro caballero que hace fotografías. A la mañana siguiente el mayordomo aparece muerto “en extrañas circunstancias”. O sea, en la bodega y cerrado desde dentro; las primeras hipótesis apuntan al vulgar soponcio; las segundas, al envenenamiento. Y, para colmo, alguien dispara contra el barón. La resolución del caso cae en manos del comisario que, en la recién creada Italia, ejerce un poder que cuestiona la nobleza, aunque el cocinero bigotón tiene un protagonismo no menor.
            Ya dice mucho del espíritu de la novela que el mayordomo no sea el asesino, como mandan los cánones, sino el asesinado. Hasta el título "El caso de..." es un guiño a una determinada forma de literatura. Además, el planteamiento enlaza con los clásicos de Agatha Christie, al ofrecer desde el principio un catálogo cerrado de posibles criminales y al ir tomando las cosas giros inesperados a partir de pequeños detalles.  O giro, más bien,  porque el autor deja discurrir las sospechas por donde la lógica indica, para luego, en la “reunión” final (también un “clásico”) desentrañar el misterio. Como digo, todo "muy Christie”.
            Pero ya he dicho también que la novela es de humor mucho más que de intriga. A ello contribuyen  unos cuantos personajes, como los hijos del barón (incompetente poeta frustrado uno y experimentado cliente de burdeles el otro), las consideraciones del autor acerca de todos ellos y de las diferentes situaciones y, sobre todo, el ir y venir del propio autor, que entra y sale de la narración, se distancia o se acerca del lector según le viene en gana, y así como unas veces la distancia es máxima (como cuando leemos el diario del cocinero bigotón), en otras el propio autor se acerca tanto que se permite recordarnos que no debemos tomarnos las cosas muy en serio porque aquello solo es una novela. Deja así claro que el argumento es lo de menos, y que el objetivo es pasarlo bien, divertirse y reírse un poco
            Y divertida, la novela es divertida; y entretenida, es entretenida, pero a mi juicio le falta chispa. Hay, al comienzo, una suerte de presentación de los personajes donde aparecen demasiado difusos y, por tanto, confusos, y no aporta mucho porque hay que esperar a que el discurrir de la novela les vaya dando forma (a unos con más fortuna que a otros). Luego, el ir y venir del autor va en perjuicio de la continuidad, y tanto se acerca y se aleja de la historia que al final es el lector quien termina alejado, más como espectador de las piruetas del autor que como partícipe de un acto de comunicación. A aumentar esta sensación contribuye la constante alternancia de lo “serio” y lo jocoso. Y aquí radica el principal problema: si el autor deja claro que no hay que tomarse en serio la historia, si esta tampoco es que sea el colmo del misterio sino más bien una  inocente parodia, si sitúa al lector como mero espectador de una confesada mascarada, cabría esperar que el humor apareciera de forma contundente, porque no queda otra si uno quiera hacer algo bueno. Pero el humor aparece a saltos, con presencia progresiva, y también su tono carece de continuidad, lo cual  tiene efectos fatales: el ingenio y la ironía a menudo se ven interferidos por notas de humor grueso y demasiado facilón. Para colmo, ingenio e ironía podrían afilarse más.
            En definitiva, una novela que toma prestado, para hacer humor, una serie de “clásicos” (los más evidentes, la ambientación a lo Agatha Christie y la figura del mayordomo no como criminal sino como víctima), pero como no lo desarrolla y se limita a hacer un humor discontinuo alrededor, el resultado parece poco trabajado.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Polvo en el neón – Carlos Castán (fotografías de Dominique Leyva)



               Hace un par de años realicé un trayecto de ida y vuelta en autobús (los odio), y para entretenerme me llevé un libro, Papeles dispersos. Apenas sabía de qué trataba, pero por su tamaño y extensión era adecuado para el viaje. Bajé del autobús encantado de la vida, porque el libro había sido todo un descubrimiento. Una mezcla de sensatez, profundidad y dominio de la expresión. Me sonaba su autor, Carlos Castán, pero no hubiera sabido decir de qué. Nunca antes había leído nada suyo, pero salí convencido de que iba a leer mucho más.
               Y este es el motivo por el que he leído ahora Polvo en el neón. Lo cuento porque para valorar un libro también es importante saber con qué ánimo lo ha cogido el lector.
               El libro ha satisfecho todas mis expectativas, y también me ha sorprendido porque nunca había leído una obra donde se combinaran así el texto con las imágenes, y donde tanto aportara el uno como las otras. El texto es de Carlos Castán, las fotos de Dominique Leyva. Lo que no sé, y me gustaría saber, es el proceso de selección de las imágenes.
               Polvo en el neón cuenta la historia de un corto viaje, el que del este al oeste de los Estados Unidos hace, por la ruta 66, el protagonista; un hombre que se dirige, sin habérselo dicho a nadie, en busca de una cochambrosa e inesperada herencia; un hombre que tiene una amante y que acaba de saber que su esposa también lo tiene. Un hombre con la mente en terreno de nadie, que aprovecha el viaje para pensar, o para sentir, porque a menudo para poder pensar hay que haber acabado de sentir.  De alguna manera es una road movie, y como toda road movie que se precie es un viaje al interior de uno mismo, porque no es infrecuente estar tan desorientado respecto a la propia vida que haga falta largarse, huir del entorno, para poder observarse con perspectiva.
                Lo que el protagonista y el lector observan desde esa distancia es la forma en que se mezclan, hasta el punto de ser a veces indistinguibles, el miedo, el amor, el egoísmo y el desconcierto ante esa cosa tan rara que es la vida. Y todo en un texto breve, pero que dice mucho.
                Las fotografías merecen su propio comentario. Todas reflejan entornos humanos, pero no se ve una sola persona, sino solo su rastro. La cama deshecha, el coche aparcado, el cartel que reclama presencias que siempre acaban siendo pasajeras. Su luz apagada incluso en los escenarios soleados propician el clima de introspección, porque la preocupación enturbia la vista. Pero a la vez todo “viaje” tiene algo de liberador, porque el primer paso para deshacerse un problema es comenzar a buscar una solución, y en esa búsqueda siempre anida una esperanza; así que esa luz velada de las fotografías unas veces es la del atardecer, y otras la de un amanecer que anuncia un futuro incierto.


jueves, 12 de septiembre de 2013

El olor de la noche – Andrea Camilleri




El olor de la noche (Serie Montabano, 8)


          Conforme van pasando las horas, la noche va cambiando de olor. Y conforme pasan las páginas, algo va oliendo a chamusquina para el comisario Montalbano, que comienza esta novela en un estado de placidez considerable, sin otro problema que reducir al pobre abuelo que irrumpe, armado, en el chiringuito financiero que le ha birlado sus ahorros.
          Lo que ha ocurrido es la típica estafa piramidal: se captan fondos y con cargo a esos mismos fondos se pagan unos intereses astronómicos, que se dicen provenir de acertadas inversiones, lo cual atrae nuevos incautos, hasta que llega un momento en que el listillo de turno se da a la fuga con los ahorros de toda la caterva de ingenuos ambiciosos que pasan a ser víctimas. El asunto es aburrido para un policía como Montalbano, pero tiene la suerte de que ha sido asignado a otro policía de Montelusa, así que poco deben hacer en Vigàta: colaborar en esclarecer cuál de las dos hipótesis es la correcta: a) el estafador está rascándose la tripa en una playa polinesia b) el estafador está muerto por contarse, entre los estafados, algún mafioso.
          Cuál sea la verdad, a Montalbano no le preocupa demasiado, pero poco a poco se va implicando, porque ya sabemos que lo mueve más la curiosidad que el afán de justicia, aunque no renuncie nunca a la justicia poética.
          La historia en sí es bastante breve, y, a diferencia de otras, con un número tan escaso de personajes que es bastante fácil adivinar el final, como si Camilleri no se hubiera matado demasiado (aunque se basa en un caso real, lo cual condiciona las cosas) y eso que se permite cierta concesión, muy superficia, a Faulkner. Los únicos personajes relevantes son el estafador prófugo y los tres empleados que había en el chiringuito de Vigàta: un chico y una chica jóvenes (ella, cómo no, guapísima) y una señora ya entrada en años, uno de esos personajes cuyas debilidades humanas forman parte de la “marca Camilleri”. Con esos elementos enseguida se alcanzaría el desenlace, de no haberse intercalado, como es habitual, episodios de la historia personal del comisario. Los preparativos de boda del mujeriego Mimì, sus relaciones con Livia, el hijo adoptado que no lo fue, sus manías, el tema gastronómico que en esta ocasión apunta a la glotonería y, también, las malas relaciones con el nuevo jefe superior, que intenta buscarle las cosquillas. Todo lo cual permite mostrar a un comisario muy intuitivo en sus investigaciones y, en lo personal, cada vez más exagerado en sus reacciones.
          La extravagante forma de ser de Montalbano, su impaciencia, la cara dura con que afronta la vida, su despreocupación respecto a los formalismos y su insumisión al poder es la forma en que el humor se introduce en la novela, junto al que arrastran tras de sí personajes más o menos obsesivos: Mimì y su permanente estado de celo, Catarella y su incompetencia casi absoluta, y Fazio con su eficiente amor propio. Resulta repetitivo para quien ha leído las anteriores novelas de la serie, sin duda, pero quizá haya que plantearse que en estos casos el lector quizá no busca novedades, ni tan solo entretenimiento, sino solo la compañía de unos personajes a quienes ha cogido cariño.


lunes, 9 de septiembre de 2013

Los excluidos – Elfriede Jelinek



Austria. Dos gemelos adolescentes, chico y chica, Rainer y Anna, de baja extracción social e insignificantes físicamente, hijos de un padre vinculado al régimen nazi como matarife y que tiene una pierna amputada, y de una madre que se somete a las humillaciones y caprichos sexuales del padre. La muchacha es un alma no demasiado cándida pero relativamente normal, con la modesta aspiración de obtener una beca que le permita estudiar en Estados Unidos para ajearse del asfixiante ambiente familiar y, quizá, lograr ser alguien; no alguien famoso, sino alguien; solo alguien; el muchacho, en cambio, es un intelectualoide al que nadie hace caso aunque se cree un líder, un chaval acomplejado por su pobreza, que para darse ínfulas miente más que habla, y que ha organizado un grupúsculo violento que, bajo sus delirios intelectuales, lo único que busca, en realidad, es dar rienda suelta a las frustraciones de cada cual; forman parte del grupo los dos hermanos, una compañera de clase, Sophie, hija de padres ricos, y Hans, un muchacho que vive con su madre viuda y trabaja en una fábrica.
                De Sophie, la rica, andan enamorados –cada uno a su manera- Rainer y Hans. Ella no les hace demasiado caso, y desde el bienestar asumido no advierte los gigantescos esfuerzos que impone a sus adoradores, como cuando les pide dinero para un taxi (lujo impensable para ellos) porque ella ha olvidado cogerlo (como también olvida devolverlo, porque quien no tiene problemas de dinero no suele acordarse de él). Anna, a su vez, suspira por Hans, y este la utiliza para dar rienda suelta a su sexualidad, como “ensayo” para cuando camele a Sophie.
                La acción no es otra que el discurrir de los días y de los avances y retrocesos de este grupillo de cuatro muchachos, inmersos en un mundo sórdido que hace de ellos personas también sórdidas. El poderoso doblega al débil constantemente, el débil lo es tanto que se presta voluntariamente a ser doblegado, unos y otros no encuentran en esa espiral de humillación sino motivos para seguir perseverando en ella, hasta ofrecer el retrato de un mundo en el que todos, ricos y pobres, están alienados y agrediéndose constantemente, entre ellos y entre sí. El ser humano es presentado como un pobre desgraciado víctima de su propia cruedad, de la que no puede escapar porque su pequeñez le impide tener cualquier altura de miras.
                El final, de extrema violencia, obliga a reflexionar sobre la identidad de las víctimas, porque a veces el agresor es tan víctima como el agredido, y la agresión no es más que  un enloquecido mecanismo de defensa, la consecuencia más o menos lógica de las aspiraciones y deseos frustrados, lo que obliga a preguntarse si quien, en su propio interés, estimula ciertas aspiraciones y deseos, no acaba estimulando, en última instancia la violencia , incluso la violencia que se volverá contra él..
                Aunque es breve, no es un libro de lectura fácil, debido a la forma de narrar las cosas y, sobre todo, a la densidad de las ideas, dado que no hay una sola línea que sea inocente.
                Y, lo más curioso, de todo, pese a la enorme violencia psíquica que hay en toda la novela, no deja de haber cierto tonillo que alivia la dureza de lo que se cuenta: el humor implícito en quien narra algo desde la superioridad, porque Jelinek escribe como el científico que describe el comportamiento de unas hormigas sujetas a observación.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Norte – Edmundo Paz Soldán



                  Tres historias en diversos momentos del tiempo que, de alguna manera, terminan confluyendo. La primera, basada en un caso real, es la de Jesús, un mequetrefe mejicano enamorado de su hermana (o más bien obsesionado con ella) que pronto alumbra al psicópata que lleva dentro. Desde mediados de los años ochenta hasta el final, en 2009 lo vemos pasar del simple “carácter conflictivo” a asesino en serie perfectamente creíble, pues el enorme mérito de esta novela, respecto a este personaje, es trasladar al lector el funcionamiento de una mente enferma, hasta el punto de que las locuras de Jesús generan más horror por su irracionalidad que por su crueldad.  He aquí la razón por la que pese a la tremenda violencia que llega a desarrollar el personaje, no puede decirse que el autor se haya recreado buscando efectos morbosos o truculentos. Las peripecias de Jesús transcurren en el “norte”, en los Estados Unidos, en su constante entrar  y salir desde Méjico burlando los controles fronterizos (preferentemente entra a través del tren), lo que también sirve para explicar, indirectamente, cómo un ambiente violento (el de los narcos y el tráfico ilegal de personas, por un lado, y el de la marginalidad del inmigrante por otro) pueden alimentar y camuflar otras muchas violencias.
                La segunda, en el momento presente, es la historia de Michelle, una joven de origen boliviano que, en Estados Unidos (esto es, en el norte) deja la universidad y aspira a convertirse en una dibujante de comics plagados de zombis y vampiros. A Michelle le echa los tejos Sam, un chico insistente y que llega a resultarle pesado, sobre todo porque ella anda pensando en Fabián, con quien mantiene una turbulenta relación. Fabián es un profesor joven, que ha alcanzado muy pronto el éxito académico y que, desde ese mismo momento, ha sido víctima de sí mismo, hasta desembocar en un proceso de autodestrucción. Una relación que, respecto a él, hace pensar en el ahora tan en boga concepto de “juguete roto”, y respecto a ella en los límites de las relaciones y en hasta qué punto las personas confundimos deseos y realidad.
Dibujo de Martín Ramírez
                Y la tercera historia, que arranca a principios de los años 30 y no alcanza el último cuarto del siglo XX,  es la de un inmigrante mejicano que pasó a Estados Unidos (o sea, al norte) a construir el ferrocarril y allí se quedó luego, de sanatorio mental en sanatorio mental, desarrollando una capacidad pictórica notable. Una historia, esta también, basada en el caso real que da nombre al personaje: Martín Ramírez.
                Las tres historias van alternándose, cada una con su propio ritmo y su propia voz, generando inquietudes que se acumulan logrando que la novela se lea con mucha atención, que haya deseos de seguir leyendo aunque nada de lo contado dé motivos para la alegría. Historias que tienen elementos comunes, como la presencia del ferrocarril en dos de ellas, que de alguna manera hace pensar que la vida es un ir y venir, más que un estar; o la referencia al norte, a los Estados Unidos,  que para muchos, para los más débiles económicamente hablando, primero suele ser esperanza y acaba siendo cualquier cosa: oportunidad, desarraigo, soledad, más de lo mismo... Al final las historias se cruzan, en cierto modo, pero no a la manera abradadabrante típica en la novela hecha para vender, que fuerza casualidades para sorprender al lector, sino al modo de la vida real: a diario se cruzan fugazmente en nuestras vidas historias para nosotros anecdóticas, que aparecen y desaparecen sin dejar rastro, aunque todas son consecuencia de una existencia que, a menudo, es mucho más intensa que la nuestra. Cuántas cosas, cuántas desgracias son precisas para que a veces podamos entretenernos cinco minutos.
                Una muy buena novela. Merece la pena leerla.

lunes, 2 de septiembre de 2013

La excursión a Tindari – Andrea Camilleri



La excursión a Tindari (Serie Montalbano, 7)


                Un joven aparece asesinado a las puertas de su casa. Poco después, un hombre denuncia la desaparición de sus ancianos padres, los cuales vivían en el mismo edificio que el hombre asesinado. Aparentemente se trata de dos casos distintos, solo unidos por la casualidad. Pero además, las familias mafiosas que se reparten el negocio en la zona están en crisis, debido a la pujanza de nuevos grupos mafiosos con todavía menos escrúpulos, hasta el punto de que un nonagenario ha tenido que asumir el mando de una de ellas.
                Al primer crimen la policía no le da demasiada importancia, al atribuirlo implícitamente a un ajuste de cuentas mafioso o vinculado a asuntos turbios, por lo que se toman la investigación con calma. Tampoco se toman muy en serio la desaparición de los dos vejetes, pensando que pronto aparecerán. Pero lo cierto es que las cosas se acaban complicando, porque los ancianos, que nunca salían de casa y eran una pareja solitaria y antipática, fueron vistos haciendo una excursión a Tindari, en autobús, y llegaron a emprender el camino de regreso.
                Cómo se relacionan ambos casos y cómo se resuelve la cosa, dejo que lo sepa quien lea la novela, aunque sí me permito decir que las elucubraciones del comisario están, en algún punto, bastante traídas por los pelos. Aparte de eso la vida personal del comisario Montalbano juega, como siempre, un papel relevante como marco de la historia, porque estas novelas, además del caso concreto del que cada una trata, se han ido convirtiendo poco a poco en un periódico reencuentro con un conocido que nos da ocasión de ver cómo han evolucionado sus rarezas. Ahora Montalbano está a punto de ser un cincuentón, y su vida sigue tan desorganizada como siempre, quedando situado al borde del caos o de la soledad. Reaparece algún personaje –la guapa nórdica de La forma del agua, para la que no pasan los años- creo que más por dejar espacio a una “chica guapa” en la novela que porque aporte algo sustancioso y, también, porque el sexo que Camilleri introduce en estas novelas se basa en escenas donde con toda naturalidad los personajes se ponen al borde de todo sin que pase nada, naturalidad, por cierto, que mengua todo erotismo; a la vez, el cúmulo de secundarios ejerce su papel permitiendo al autor introducir, a través de ellos, gran parte del humor que hay en la novela: los suaves gags se corresponden casi siempre con la torpeza de Catarella y con malos entendidos; fuera de eso, no hay otro humor que el espíritu más o menos risueño (e irreal) con que Montalbano se toma la vida y, en particular, su trabajo y los peligros que asume, así como la aversión a todo tipo de compromiso afectivo más o menos formal, que ya resulta repetitivo y en alguna ocasión casi sobreactuado. Pero es lo que ocurre con las “sagas”, que o el personaje es un pirado cuya personalidad cambia a cada momento (con lo que es complicado ganar la fidelidad del lector, además de en exceso irreal), o se cae en la reiteración, con el riesgo de desembocar en el aburrimiento y en la falta de motivación. Quizá para solucionar esto en entregas futuras (que todavía no he leído), Camilleri cambia en esta novela al jefe superior, cuya opinión sobre la comisaría de Vigàta es perfectamente mejorable. Esto le permite abrir nuevos horizontes en el entorno, aunque en esta ocasión el asunto da poco juego, más allá del típico recurso del policía que no solo debe luchar contra “los malos” sino también contra jefes entre incompetentes y sabelotodos.
                Una novela, en resumen, que se lee bien, que es divertida y que entretiene, como las anteriores, aunque produce cierta sensación de acomodo, como si Camilleri, más que evolucionar al personaje, lo hubiera estirado.