En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



domingo, 29 de enero de 2012

¿Qué aspecto tendría hoy don Quijote?



Las indumentarias de Ajonio Trepileto en La terrible historia de los vibradores asesinos han sido festejadas por unos lectores por divertidas y estrafalarias, y criticadas por otros, por entenderlas excesivas.

A todos doy en parte la razón, pero al hilo de tales opiniones, durante una larga caminata me dio en pensar en “célebres mamarrachos”, y el resultado fue tan curioso que me permito poner esta entrada en este blog, Literatura y humor para contarlo.

Entre los ilustres descamisados que rememoré figuran Groucho Marx con su chaqué y su bigote y cejas pintados  hasta para ir a comprar el pan (pero con el inconveniente de no ser un personaje literario), Ignatius J. Reilly (el loco protagonista de La conjura de los necios), el innominado personaje de El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza, o alguno de los chiflados diseminado en las novelas de Sharpe. Pero, sobre todo, recordé a don Quijote.

Y es que una de las cosas que más sorprendieron y divirtieron a los coetáneos de Cervantes al leer la novela, según dice Martín de Riquer, fue el aspecto de don Quijote, verdaderamente ridículo para la época. Lo malo, en la actualidad, es que don Quijote es tan célebre que nos hemos acostumbrado a su aspecto y, por lo tanto, ni nos sorprende ni nos divierte tanto como a los lectores de hace cuatrocientos años. Así que me pregunté, para tratar de sentir lo mismo que el lector de 1605: ¿cómo sería hoy don Quijote?

La respuesta no deja de ser un juego mental sin ninguna pretensión, pero aquí está el resultado:

1. Don Quijote vivía en una pequeña aldea. Dejémoslo así, y atribuyamos al don Quijote actual un origen rural.

2. Cervantes no dice la edad que tenía don Quijote, pero Martín de Riquer indica que, a juzgar por todos los indicios, Cervantes estaba pensando en un personaje de unos cincuenta o cincuenta y pocos años. Esa edad, en aquella época, era bastante elevada (aun hoy en día hay muchos países con esperanzas de vida por debajo de los 60 años). Por eso pensé que un don Quijote actual tendría en torno a los 75 años, quizá alguno más.

3. A don Quijote, ya lo sabemos, “se le secó el cerebro” de tanto leer libros de caballerías, que estaban de moda hacia 1600, y acabó convencido de ser un caballero andante. Los caballeros tenían ante sí una misión elevada: hacer justicia allí donde se toparan con la injusticia.

Un don Quijote actual no podría creerse caballero andante, porque los libros de caballerías hace demasiado que ya no están de moda. En cambio, desde hace décadas sí han estado de moda los superhéroes. De alguna manera han suplantado a los caballeros andantes dando respuesta a la necesidad de justicia de los lectores: los superhéroes, como antaño los caballeros, están dotados de fuerza y facultades prodigiosas, se enfrentan a peligros superlativos, persiguen fines nobles y son un dechado de valentía. La lista de superhéroes que ha dado el siglo XX es innumerable. Así que me dio en considerar que un don Quijote actual se creería superhéroe antes que caballero andante, y con esa idea me quedé.

4. Don Quijote vestía una armadura que había sido de su bisabuelo, en un momento en que ya nadie vestía armadura. A los lectores actuales no nos sorprende su imagen, tras cuatro siglos de fama, pero en 1605 que un tipo fuera recorriendo los alrededores de su aldea así ataviado era, sencillamente, ridículo, según cuenta Martín de Riquer en mi edición "de cabecera". Supuse que un don Quijote actual también debería vestir las ropas de su bisabuelo. Y no unas ropas cualquiera, porque la armadura, cuando se llevaba, no era cualquier cosa: era una vestimenta especial. Lo más aproximado a algo especial, no vistiendo armadura los bisabuelos de los actuales setentones, serían unas ropas de gala: es decir, mi don Quijote actual debería vestir la ropa de gala propia de un entorno rural de la segunda mitad del siglo XIX, que en casi todas partes está muy cerca de ser lo que ahora conocemos como “trajes regionales”, como cualquiera puede comprobar viendo fotografías de la España rural de principios del XX (me vinieron a la memoria muchas de Ricardo Compairé, por la época, no por el lugar)

5. A comienzos del siglo XVII, el medio de transporte más utilizado eran las cabalgaduras. Y los caballeros andantes montaban todos briosos corceles. Birrioso corcel fue el único que pudo elegir don Quijote, porque Rocinante, ya lo sabemos, estaba hecho una lástima y apenas podía galopar una pequeña distancia sin caer rendido.

Hoy, en cambio, todo el mundo se desplaza en coche, y los superhéroes, en concreto, en “super coches” dotados de avances espectaculares. Un don Quijote actual seguramente debería ir en coche. Pero en un coche que fuera a los coches actuales lo que Rocinante a los briosos corceles. En un mundo donde todos suspiran por Ferraris y Lamborghinis, al don Quijote actual que me dio en construir le adjudiqué un viejo y destartalado Seat Panda.

6. Por último, para completar su atuendo, Cervantes colocó en la cabeza de don Quijote lo que el pobre personaje creyó yelmo de Mambrino, y que era en realidad bacía de barbero. En aquella época era frecuente verlas, entre otras cosas porque los barberos iban y venían. Y con semejante cacharro en la cabeza iba el pobre don Quijote solemnemente montado en un caballo medio muerto.

Es difícil creer que un don Quijote actual pudiera llevar en la cabeza una bacía de barbero, pues no es algo que se vea ya en ningún sitio. ¿Qué podía entonces llevar en la cabeza mi don Quijote actual que pudiera confundirse con uno de esos cascos que lucen algunos superhéroes? Debía de ser algo que pueda verse por la calle en estos tiempos sin resultar del todo extraño. Y se me ocurrió que bien podría llevar un “tupper” redondo en el que algún trabajador llevara su almuerzo de la misma manera que el barbero expoliado por el genuino don Quijote llevaba su bacía.

En resumen, si el auténtico don Quijote era un vejete (para la época) de algo más de cincuenta años, que se creía caballero andante, que vestía la armadura de su bisabuelo cuando ya nadie vestía armadura, que llevaba en la cabeza una bacía de barbero y que montaba un caballo que apenas se tenía en pie, un don Quijote actual, que produjera entre nosotros una sorpresa equivalente a la del original en 1605, bien podría ser un hombre rural, de más de 75 años, que se creyera superhéroe, y fuera por el mundo tratando de impartir justicia vestido con la ropa de gala de su bisabuelo (ropa de la segunda mitad del XIX, presumiblemente con trazas de traje regional), con un “tupper” en la cabeza, y montado en un destartalado Seat Panda.

¿A que visto así, salvando las inmensas distancias entre las dos novelas, Ajonio es de lo más modosito?

 © Miguel B.

viernes, 27 de enero de 2012

El club erótico de los martes – Lisa Beth Kovetz



Afortunadamente tengo una excusa para haber cometido el error de leer esta novela: fue el único libro a mano un día que estaba fuera de casa y tenía varias horas de espera por delante. Ese día leí 80 páginas. Las 124 restantes me han llevado cuatro meses.

Lo único sorprendente de este libro es que alguien lo haya publicado, que alguien lo haya traducido y, sobre todo, que alguien lo haya leído.

Si lo he terminado no ha sido porque haya encontrado ni un solo estímulo para hacerlo; lo he terminado (¡a lo largo de cuatro meses!) leyendo de vez en cuando una docena de páginas sin otro aliciente que encontrar alguna razón para el asombroso “éxito” del libro. No hallé ninguna. Cuando así llegué a la página 150 o por ahí, decidí hacer el sacrificio de terminarlo.

El “argumento” se basa, supuestamente, en que en cierta empresa un grupito de mujeres crean una reunión semanal para leer en voz alta y comentar relatos eróticos que ellas mismas escriben. Tal "argumento" es solo una excusa para poner un título a la novela, dado que en nada afecta a su desarrollo, y el resultado es aproximadamente el mismo que si el grupillo se reuniera para hablar de física nuclear. El argumento es, en realidad, una copia de una copia de una copia de una copia de todas esas series, películas y libros de mujeres urbanas de mediana edad preocupadísimas por responder a grandes misterios de la humanidad y por solucionar trascendentales problemas como “¿qué me pongo?” “pues no me conservo tal mal” “¿cómo es posible que Fulanito se haya fijado en Fulanita?” “me está saliendo arrugas”, “me está saliendo tripilla”, “se me descuelga el pellejo”, “cómo hacer para llevarme al huerto a Menganito antes de que se lo lleve Menganita”, “qué horror, Fulano, con lo bueno que está y va y sale homosexual”, “ay, madre, voy a ser madre”, "siendo más joven que yo, así cualquiera" y, sobre todo, una horrorosa exaltación de un concepto de amistad basado en el estar encantadísimas de haberse conocido. 

Una tortura de principio a fin. Muy por debajo de lo mediocre.

lunes, 23 de enero de 2012

El contexto – Leonardo Sciascia





Hay que ver qué capacidad tenía Sciascia para contar mucho en pocas palabras.

Un policía con prestigio recibe el encargo de investigar el asesinato de un fiscal. No tardará en ir teniendo más cosas que investigar, porque los jueces van cayendo uno tras otro.

Las investigaciones de Rogas, que así se llama el policía, le llevan a sitios previsibles: la vida de los finados, los delincuentes que han pasado por las manos de uno o varios de ellos, la posibilidad de un error judicial que esté siendo vengado... Pero todas esas posibilidades son “peligrosas”, y conviene no removerlas. La opinión pública, piensan los poderosos, se quedará mucho más tranquila con una solución más digerible, que no comprometa el prestigio del Estado, pues la justicia “no comete errores” y además todos sus representantes “llevan una vida ejemplar”.

Así que “los poderoros” hacen que Rogas investigue a los objetivos que menos duelen, sin darse cuenta que al final puede acabar investigando aquello que obstaculiza la investigación. Y si eso sucede, ¿qué harán “los poderosos”? 

Lo sabrá quien lea esta magnífica y brevísima novela, aunque los orígenes sicilianos de Sciascia a cualquiera le permitirán barruntar que los finales felices son la excepción.



miércoles, 18 de enero de 2012

El vino de la soledad – Irène Némirovsky



           Irène Némirovsky es una clásica del siglo XIX transplantada al siglo XX. Y sus novelas no solo son excelentes sino que, además, suponen un magnífico testimonio de una época trascendental para Europa.  Y es precisamente esa época lo que dota a las novelas la “épica” de quienes deben salir adelante en medio de las circunstancias más adversas: desde la Primera Guerra Mundial a la crisis del 29, pasando por la revolución rusa.

            Las poco más de 200 páginas de El vino de la soledad discurren a lo largo de una década y media: desde que Elena, la protagonista, es una niña de 7 u 8 años, hasta que alcanza poco más de veinte. 

Su padre, Boris Karol, es un judío de origen vulgar que va prosperando a base de trabajo hasta alcanzar su meta: ganar mucho dinero para jugárselo en el primer casino que le sale al paso. De lo que menos se acuerda es de que tiene una hija: primero porque se va a trabajar fuera, y, segundo, porque cuando está, solo está para sus negocios y su “afición”.

La madre, Bella, es todo menos una madre: egoísta, solo preocupada de sí misma, pertenece a una familia noble venida a menos que encontró refugio en la prosperidad de un don nadie como Boris. Bella está enamorada de sí misma y de su juventud, derrocha para sí misma y no tarda en tener un amante dentro de la familia: Max, primo de Elena.

Es así como Elena crece en soledad, sin más apoyo que Rose, su institutriz francesa. Y la soledad a que la somete su propia familia se agudiza ante un cúmulo de circunstancias que los obliga a una constante emigración: la revolución rusa los envía primero a San Petersburgo y más tarde a Finlandia. Y de allí, a Francia.

Elena crece consciente de su soledad y del egoísmo materno, alimentando día a día el deseo de venganza. El proceso corre en paralelo con el envejecimiento de su madre, que trata de disimular desesperadamente el paso de la edad. La amarga forma en que la protagonista lo describe, linda con la crueldad.

Ni que decir tiene que a medida que la belleza de la madre se desvanece, sus relaciones con Max se van enfriando. Y más que por eso, porque en realidad los amantes son ya casi un matrimonio instalado en la rutina.

Es así como Elena va planificando su venganza, que pasa por robarle a su madre la atención del amante.

El papel central de la novela corresponde al proceso de maduración de Elena: la forma en que desarrolla su sentido de la individualidad, su conciencia de estar sola, su conciencia de la falta de afecto, la forma en que afronta toda esa situación, y cómo se van desarrollando en ella sentimientos de venganza, e incluso de pura maldad, que trata de combatir. Ella es el vino que envejece en el barril de la soledad, y que debe ser servido antes de que se agríe.

Todo ello, como he dicho, en un contexto histórico dificilísimo, en el que no puede dejar de señalarse el papel de la mujer: se aprecian los primeros indicios de la evolución hacia la igualdad de derechos, y es precisamente eso lo que hace que el final sea a la vez comprensible, deseable y, sin embargo, contenga un importante punto de ruptura y rebeldía. Que nadie crea, sin embargo, que estamos ante una novela que reivindica la igualdad (de hecho la protagonista, abandonada de padre y madre, a quien responsabiliza de su suerte es a su madre) aunque sí la autonomía.

Al parecer se trata de la novela “más autobiográfica” de la autora, por los hechos que narra, pero meterse a averiguar hasta qué punto los sentimientos del personaje se corresponden con los suyos no es un ejercicio necesario para disfrutar de esta novela.

Está escrita en capítulos breves, de seis, ocho o diez paginas, directos, muy bien escritos, alternando lo analítico y lo descriptivo, y sin una sola concesión a la ironía, ni  siquiera al humor amargo. Si el humor es, desde el Quijote, una forma de enfrentarse a los problemas de la vida, Irène Némirosvky siempre se enfrenta a ellos cara a cara desde la seriedad  y la frialdad más absoluta. ¿Quizá porque creció sin humor alrededor? Si tanto se la puede identificar con Elena, quizá esa sea la respuesta.




lunes, 16 de enero de 2012

Una dama en apuros - Tom Sharpe


Por suerte me queda mucho Sharpe por delante. Este es el quinto de sus libro que leo, y es algo diferente de los anteriores: si en otros (como los dos primeros de Wilt) lo rocambolesco surge de la incorrecta interpretación de situaciones “normales”, en Una dama en apuros el origen del lío radica en la escasa sensatez de sus dos protagonistas: el profesor Glodstone (un pobre majadero, fanático de las novelas de aventuras) y su alumno Peregrine (un hercúleo trozo de carne de buena familia, cuyo cerebro interpreta todo literalmente).

La afición de Glodstone por la lectura y su disposición a creer que todo lo que lee puede darse en la realidad, otorga a la novela cierta inspiración “quijotesca”. Don Quijote estaba loco y se creía caballero andante; Glodstone no lo está, pero tanto le emocionan las aventuras que está dispuesto a aceptar la que otro profesor con quien no se puede ni ver, le presenta de tapadillo con el fin de complicarle la existencia. Y algo de caballeresca tiene  también la historia, pues la cosa consiste en rescatar en Francia a una supuesta condesa que no mejora en mucho lo que Aldonza Lorenzo era respecto a Dulcinea.

Y hasta aquí, las similitudes. Cualquier otra comparación sería un elogio exagerado para Sharpe, por más que la novela sea, posiblemente, la mejor de las suyas que he leído hasta ahora: tan entretenida como todas, tan divertida como el resto, también con numerosos personajes gruñones por desquiciamiento, y con casi todos víctimas de una rareza u otra; pero, a diferencia de las anteriores, en ningún momento la novela se alarga demasiado en algún punto concreto: las cosas van sucediendo a su ritmo, sin prisa, pero sin pausa.

Lo que más me ha gustado, los golpes de ironía, y el humor basado en los tópicos y rivalidades sobre nacionalidades y, sobre todo, las conversaciones en tono gruñón o de protesta. No tanto las “locuras” de Peregrine. Y, como siempre, hay que destacar la maestría con que se atan los cabos, haciendo que todo converja para apuntalar los desastres.

Lo peor, a mi juicio, que el humor en esta novela es más inocentón, mucho menos “malintencionado” que, por ejemplo, en Una reunión tumultuosa, lo cual hace de la novela solo un divertimento, porque los dardos acerca de las relaciones internacionales encarnadas en alguno de los personajes no acaban de tener enjundia suficiente.

jueves, 12 de enero de 2012

Libertalia – Teresa Sopeña


Una de las consecuencias que para mí ha tenido La terrible historia de los vibradores asesinos ha sido hacerme interesar por la obra de los autores que la han reseñado. ¿Quiénes son esas personas? ¿Cómo escriben? Teresa Sopeña fue la primera en hacer una reseña, y Libertalia el primero de sus libros que he leído. No será el último.

Libertalia cuenta la historia de un hombre de madre hindú y padre... ¿quién es el padre? Ahí está el motor de la historia (que no la razón de ser): el protagonista, buscando sus orígenes, contacta con un viejo pirata que espera el fin de sus días en la costa de Nueva Inglaterra. Mucho y contradictorio se ha escrito sobre ese pirata, Thomas Tew, y sobre el hombre que el protagonista cree que es su padre, el capitán Misson, del que ni siquiera sabe a ciencia cierta si existió. El protagonista, Agag, se ve obligado a navegar en ese mundo de incertidumbres alternando su propia narración con la recopilada en un escrito facilitado por Tew.

De esta forma la historia se mueve sin brusquedades en el tiempo, de una generación a otra, y en el espacio, desde la costa norte de América a la caribeña, y sobre todo por las africanas, arábigas e indias.

Pero la historia es mucho más que una historia de viajes en busca de una persona o un dato, porque aquellos que son “investigados” por Agag no se limitaron a llevar una existencia más o menos aventurera (lo cual hubiera bastado para sostener una buena novela de “intriga histórica”) sino que persiguieron algo más: el sueño de la libertad. Averiguar qué fue de ese sueño acaba siendo el principal propósito del protagonista: al fin y al cabo, la mejor manera de conocer a un padre no es ponerle nombre y apellido, sino saber qué hizo, qué soñó y a qué aspiró. Por eso Libertalia es mucho más que una novela “de aventuras”.

La historia está muy bien apoyada en breves y concisas explicaciones de los cambios históricos del momento: los albores del colonialismo. Una época en la que los intereses económicos se aprovecharon del deseo de libertad de la población: si los viajes se fletaban por motivos económicos, quienes se marchaban de colonos a uno u otro lugar lo hacían en busca de una libertad religiosa de la que no gozaban en sus lugares de origen, o de la libertad que otorga la prosperidad económica. En medio de todo ello surgió la piratería, que también sirvió a los intereses económicos de ciertos países, y que, también, sirvió a los piratas como atajo hacia una rápida aunque dura prosperidad que se les negaba allá donde otros estaban labrando la suya; si muchos colonos eran, en cierta manera, los proscritos de sus lugares de origen, los piratas bien podían sentirse los proscritos entre los proscritos.

Su actividad de violenta rapiña los situaba “extramuros” de la moral (otra cosa son los intereses económicos que apañaron cierta tutela jurídica) y, además, en un entorno, el mar, donde no podía aplicarse otra ley que la del más fuerte. En ese sentido los piratas eran libres, aunque más por haber escapado de la civilización que por serlo realmente. De ahí que la vinculación entre piratería y libertad (elevada después a la condición de mito por el romanticismo) haya dado excusa a la autora para crear un libro que es casi una fábula, en la que quienes tienen la libertad que otorga la violencia impune, en realidad no dejan de soñar con la verdadera libertad: una libertad que se basa (bien lo sabe quien ejerce la violencia) en la igualdad, pues no puede haber libertad sin igualdad.

Por todo lo cual, una historia que tiene su parte de misterio, su parte de acción, y su parte aventurera, acaban resultando además conmovedora por situar el anhelo de utopía precisamente en quienes, por actuar por medio de la violencia, son sus primeras víctimas.

No puedo evitar terminar sin referirme al magnífico final: hay “piruetas literarias” que no son más que ajustar las cosas a martillazos, y otras que vienen como anillo al dedo. El final de Libertalia es un ejemplo de lo segundo y, por tanto, de ingenio y saber hacer: no solo es un canto a la libertad, sino también una reivindicación de la fantasía y la imaginación como forma de ejercer la libertad. Porque cuando la libertad adopta la forma de creatividad, ni siquiera debe respetar los límites de la realidad. Es complicado terminar esta novela sin sufrir la tentación de comenzar a escribir... para sentirse libre.

En definitiva, quien quiera pasar unas cuantas horas de buena literatura sabiendo que va a hacer algo más que entretenerse, que no dude en leer esta novela: Libertalia.





lunes, 9 de enero de 2012

Lo siento por Mourinho


Lo siento por Mourinho, pero ya no solo le gana Guardiola: La terrible historia de los vibradores asesinos vuelve a subir hasta el segundo puesto en la Librería Central, por detrás del Curso de oregonés para foranos, que está batiendo récords y por delante de un libro sobre Mourinho, El prisionero del cielo y Cállame con un beso.


Tardes con Margueritte – Maríe-Sabine Roger



Cuando se escribe una novela que tiene por protagonistas a un cuarentón grandullón, con evidentes limitaciones psíquicas, más bueno que el pan, que se defiende como buenamente puede sin hacer ascos a los instintos y que ha sufrido una vida sin cariño, y a una viejecita culta, todo sensatez, cordura y control, que afronta el fin de su vida y la pérdida constante de facultades, se corre el riesgo de acabar haciendo una novela empalagosa. Y aunque no es el caso, Tardes con Margueritte no anda lejos de ese límite.

Con esa materia prima (un “pobre tonto” y su envejecida hada madrina) las escenas de ternura facilona son constantes. ¿Cómo no enternecerse cuando el grandullón de Germain, a través del amor a la palabra que Margueritte le va inculcando, descubre y explica términos e ideas que para todo el mundo son evidentes?

El argumento es sencillo: un día Germain y Margueritte coinciden en el parque contando palomas. A partir de ahí se inicia una amistad basada en el respeto y la generosidad recíprocos. ¿Y todo para qué? Para llegar a la conclusión de que todo el mundo merece su oportunidad, y que los prejuicios sobre las personas a menudo acaban condenándolas a ser lo que los demás creen que son.

Una historia amable donde nada sórdido tiene acomodo, demasiado “forrestgumpiana” para resultar original en su planteamiento, y demasiado edulcurada para resultar creíbles los rudimentarios pero límpidos procesos mentales de Germain. Lo mejor, el ritmo, y que, puestos a contar lo que cuenta, va al grano y no se pierde en disquisiciones sentimentaloides.

sábado, 7 de enero de 2012

Ya es gordo


Ya es gordo que en algo tan vinculado al idioma como la literatura, se esté imponiendo un término, el de "ebook", que tan poco tiene que ver con el idioma en que se expresa, y se construye, esa literatura.

jueves, 5 de enero de 2012

El traje gris – Andrea Camilleri


     Esta novela poco tiene que ver con las más conocidas de este autor: no tiene el humor a veces guasón de la Vigàta pretérita, ni el misterio unido al humor más fino y alegre de las novelas de Montalbano, sino que se mueve en un plano psicológico. Es una novela interesante, bien escrita, que va al grano, que va ganando poco a poco intensidad, donde se aprecia el oficio. Una novela buena, aunque no brillante.

     La cosa comienza el primer día de la jubilación de un alto empleado de banca siciliano. Alcanzar ese puerto es todo un logro en las complicadas aguas de la economía y los negocios de la isla. Ese primer día el hombre está desorientado, sin saber qué hacer, y echa mano de tres cartas recibidas a lo largo de los años. Dos vinculadas a los “negocios”, y otra que le anuncia la infidelidad de su esposa.

     La esposa es mucho más joven que él. Se casaron en segundas nupcias. Ella había quedado viuda, y conserva un traje gris que fue manchado por la sangre de su primer esposo, que murió accidentalmente.

     Ella es, de puertas afuera, la esposa perfecta: guapa, elegante y atenta. De puertas adentro, en cambio, lleva una vida independiente y la infidelidad es una constante, si bien es una infidelidad oculta a todos: no solo al marido (que en realidad no la ignora), sino también al resto de la sociedad. El protagonista acepta la situación, no se sabe muy bien si porque le resulta más cómodo que cambiarla o por miedo a que si la cosa explota todo el mundo se entere de que ni su vida ni su matrimonio son tan perfectos como las apariencias indican.

      Él no sabe qué hacer jubilado, y ella, sin aspavientos, intenta adaptarse a la nueva situación manteniendo su independencia sin provocar enfrentamientos.

          En resumidas cuentas, la vida de la pareja es el reino de hipocresía.

        Para hacer evolucionar ese reino hasta su lógico final, Camilleri pone en marcha varios procesos: primero, el trabajito extra que le sale al protagonista; un trabajito que se basa en su prestigio profesional y que va a ser “el último” , aunque lo vincula a personajes de corte mafioso y no ajenos a su vida hasta ese momento. Segundo, la enfermedad. Y, tercero, la cada vez más descarada (de puertas adentro) infidelidad de la esposa, que desemboca en todo un ejemplo de cómo llevar dignamente una descomunal cornamenta. Todo termina confluyendo, y el traje gris vuelve a hacer valer su significado.

        Interesante, entretenido. Trabajado y bien escrito.



lunes, 2 de enero de 2012

Tribulaciones de un sicario – Elena Casero




Conocí a Elena Casero poco antes de que publicara Discordancias, cuando reseñó La terrible historia de los vibradores asesinos en su blog, y tuve ocasión de conocerla personalmente en la presentación en Valencia, donde, ya que estábamos, me hice con un ejemplar de la segunda edición de Tribulaciones de un sicario. Fue una buena compra.

El protagonista, Anselmo de la Rua, de pura pobreza de espíritu es un tipo más traslúcido que gris. Sin talento para nada ni ambición para tenerlo, dedica sus días a ver pasar las horas en la pensión donde sobrevive gracias a una renta vitalicia legada por su abuela. ¡Dónde ha llegado el pobre, tras haber vivido a cuerpo de rey en el palacete de su abuelo, un próspero empresario! Un palacete que, como el resto del patrimonio familiar, se había volatilizado al quedar Anselmo solo en el mundo; la causa, ciertos asuntillos jurídicos que no tuvo ganas de saber ni de intentar comprender. Dio todo por bueno y se quedó casi con una mano delante y otra detrás. En definitiva, un personaje cuya vida había sido como la de una pluma: había ido allá donde lo había llevado el viento.

Cuando la historia comienza, la renta dejada por la abuela ha desaparecido tras un chanchullo bancario. Necesitado de fondos, Anselmo de la Rúa ha decidido trabajar como sicario. 

Con estos mimbres comienza una novela desconcertante (en el buen sentido), porque como el protagonista se mueve a merced de los acontecimientos apenas necesita información, y esa falta de información se “comparte” con el lector, a quien se deja situado ante un pánfilo incapaz de preguntarse qué hay más allá de sus propias narices. Siendo un libro escrito en primera persona por el protagonista, en buena lógica la información va llegando al lector a medida que las oxidadas neuronas de Anselmo van funcionando, lo cual es un proceso a menudo exasperante.

Y así nos encontramos con que el sicario recibe la encomienda de seguir a un tipo que va a ser asesinado no sabe cuándo, ni por quién ni por qué. Ni siquiera sabe con certeza quién le ha contratado. Tampoco se pregunta por qué todos los sicarios del grupo parecen ser enfermos terminales. Y, en el colmo, sus seguimientos a la víctima son tan desastrosos que la diferencia entre hacerlos y no hacerlos es inexistente, aunque Anselmo ni se llega a plantear las consecuencias de sus evidentes omisiones ni la inutilidad de seguir a alguien en los momentos en que se sabe dónde está.

Pero si el trabajo llega a captar su atención y, de esta forma, a activar su intelecto, es porque la víctima es el director de un museo instalado en el palecete donde Anselmo había vivido de niño. A sus oídos llega además que el tal director se declara legítimo heredero del mismo. A partir de este enlace con su propio pasado, Anselmo, creyendo trabajar como sicario, comienza a averiguar, en realidad, quién demonios es él mismo.

Haciendo de doña Celia, la dueña de la pensión con la que anda rutinariamente liado, su punto de amarre en el mundo, Anselmo echa mano de Antonio, otro de los huéspedes, como peculiar ayudante. Juntos van desentrañando entre husmeos y casualidades la historia de Anselmo, así como las razones de los asesinos; de esta forma lo vemos evolucionar desde el estado de “ameba” al de ser pensante, y del de amante rutinario al de enamorado, todo ello en el marco de una historia cuyos protagonistas apenas tienen un dedo de frente, exceptuando Anselmo, a quien hasta eso falta.

Dos cosas hay especialmente reseñables: la primera, el desconcierto que produce en el lector la mezcla de sinceridad con que se expresa el personaje con lo insensato de la mayoría de las situaciones, y la sensación de caos que produce hacer cosas inútiles sin saber por qué; una sensación de desconcierto que acompaña toda la lectura y que es un buen motor para seguir leyendo en busca de alguna certeza. Y en segundo lugar, quiero destacar el fino humor que destila toda la novela tanto por la inocencia de los personajes como por su comportamiento estrafalario: baste decir que Anselmo lleva tiempo retozando con doña Celia sin haberla tuteado jamás.

En resumen: un libro breve, que se lee bien, donde lo fundamental es un protagonista con el que resulta difícil no encariñarse a pesar de lo desesperante de su falta de carácter, porque si muchas novelas tienen por protagonista a un perdedor, Tribulaciones de un sicario lo protagoniza un perdido. Aunque si la novela se lee, se le encuentra.