En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



domingo, 31 de julio de 2011

Reunión tumultuosa – Tom Sharpe




Atreverse a hacer humor con el racismo es una decisión más que arriesgada. Saber hacerlo demostrando lo absurdo de la discriminación es un logro bastante más que notable. Sharpe lo consigue en esta magnífica obra situada en la Sudáfrica del apartheid. La sinrazón del racismo es el motor de la novela. El origen de la trama es la respetable dama blanca, heredera de varios calamitosos «héroes locales», que se carga a un criado negro (cosa al parecer poco reprobable) y, ante el horror de las autoridades blancas, no solo admite el crimen y se empeña en ser detenida, sino que además confiesa que el finado era su amante (lo cual era bastante más delicado).

            Temiendo el escándalo (por los amoríos, no por el crimen), el desastroso responsable policial, auxiliado por un ayudante que más bien parece su peor enemigo, organiza en torno a la propiedad de la mujer un ingenioso caos de tal magnitud que mediada la novela el lector cree que es imposible que el torbellino siga.

            Y lo es. De hecho a partir de ese momento la cosa se serena, la acción se traslada de lugar, y es entonces cuando se comprende que los amoríos son en realidad una excusa para formar la enorme bola de nieve, que es lo que de verdad puede estallar en las manos de unos protagonistas cuya misión, a partir de ese momento, es eludir las consecuencias de sus propios actos.

            Personajes medio locos, locos y medio, estrambóticos a más no poder, inteligentes unos,  con pocas luces otros, casualidades encadenadas, malos entendidos de consecuencias imprevisibles, y situaciones surrealistas y tan divertidas que lo cómico se impone a lo trágico, hasta resultar difícil explicar cómo uno se lo ha podido pasar tan bien con una historia donde racismo y violencia están presentes en cada página.

jueves, 28 de julio de 2011

La reina en el palacio de las corrientes de aire - Stieg Larsson


Me leí la primera un verano, la segunda al verano siguiente, y al tercer verano no me leí la tercera parte. Ha sido al cuarto. Y es que semejantes tochos conviene leerlos cuando se tiene tiempo por delante.

Lo cierto es que el extinto sr. Larsson consigue enganchar, aunque las tramas solo sean ligeramente más inverosímiles que las soluciones que les da. Me lo he pasado bien leyendo esta novela. Si he de poner “peros” comienzo por uno que se repite respecto a las entregas anteriores: esos finales en los que los malos se llevan su merecido de forma tan ejemplarizante, al modo de las antiguas películas del oeste, me repatean las tripas. No me gustan esas escenas donde las sufridas víctimas que calladamente, cual hormiguitas, han ido cimentando su triunfo, se quitan el disfraz de hormigas y le dicen al malo bravucón “ven aquí, chiquitín, que te voy a cantar las cuarenta”, para, ante el delirio del respetable, cantarle las cuarenta, tres veces las veinte y llevarse las diez en últimas dejando al pobre malo tan desolado y humillado por haber sido tan malo, que no tiene consuelo posible. En esta ocasión, para colmo, esa escena adopta la tradicional fórmula cinematográfica del juicio donde el malo, tras lucir sus maldades, es sometido a feroz escarnio ante sus pasmadas y desesperadas barbas.

Otro “pero” son los perfiles de los personajes. Una vez definidos, los caracteres son demasiado cuadriculados, los personajes apenas cambian pese a ser una novela de 850 páginas. En la vida real, la gente cambia a veces hasta por minutos, se deja llevar por las emociones, las tentaciones, la comodidad, la ambición, el miedo... Unamos a eso que algunos son demasiado exagerados, demasiado buenos buenísimos, demasiado malos malísimos o, incluso en el caso del hermanito de Lisbeth, un genuino brutote escapado de algunos dibujos animados japoneses: demasiado “bicharraco” para tomárselo en serio. De Lisbeth Salander ya no digo nada: es la heroína, pero es el personaje más inverosímil de todos. Si en esta ocasión parece más normal, es porque se pasa 600 páginas tumbada en la cama.

Otro recurso “facilón” que casi parece un “efecto especial”, es la actividad de los hackers. Para Larsson el hackeo es la panacea que todo lo soluciona: cuando todo está intrincadísimo, siempre hay un alma hackera caritativa que se mete donde haga falta y en santiamén encuentra lo que sea menester o amarga la vida a quien sea preciso.

Otro “pero” que se repite es que desde el desenlace de la trama principal hasta el final del libro la cosa se alarga mucho: Larsson sacia generosamente la curiosidad del lector por cómo los héroes digieren el triunfo, aunque en esta ocasión el largo “aterrizaje” se utiliza para zanjar un cabo suelto que, en realidad, apenas ha interferido en la trama principal si no es para despistar un poco al principio (ya se sabe que la novela negra debe jugar el despiste)

Mikael Blomkvist me sigue cayendo igual de gordo, precisamente por esa poca flexibilidad en los perfiles: para lo suyo (como cada uno de los restantes personajes para sus cosas) es un purista que a menudo resulta repelente. Si tuviera un escudo heráldico, su divisa sería “estas son mis lentejas, y no quiero saber nada de otras; si quieres las tomas y si no las dejas”.

Y el último “pero” es que quien no haya leído la entrega previa, puede andar un poco perdido. De hecho, para evitarlo el autor hacer infinitas alusiones a ella, porque si no muchos lectores se perderían, aunque para otros resulte un poco pesado tanto recordatorio.

Olvidando ya los “peros”, que apenas restan entretenimiento, la intriga va surgiendo poco a poco, casi sin advertirlo, y no tiene un solo objetivo sino múltiples: saber cuál será la suerte de Lisbeth y de cada uno de los muchos “malos” que pululan por allí. El destino de cada personaje es un objetivo en sí mismo. Los elementos de enganche son diseminados de forma muy hábil; algunos nada tienen que ver con la historia (como las peripecias de Erika), otros parece que forman parte del hilo conductor y acaban siendo abandonados (como Zalachenko, E. Gurll o el cabo suelto atado al final); también ayuda a trasladar la imagen de un ritmo frenético el hecho de que todos los personajes anden estresados y actuando a deshoras: todos trabajan sin cesar, a horas intempestivas, mal comiendo y mal durmiendo: ¿cómo deja de leer el lector si el pobre personaje anda pasándolas canutas para llegar hasta ahí?

La novela se alarga por muchas cosas, no necesariamente negativas; una de ellas es que no hay personaje que no nos sea presentado a través de una mínima biografía, sea principal o secundario, aunque a los más importantes se les trate de distinguir con algo que los haga fácilmente reconocibles (una costumbre, una ambición, una enfermedad...). La otra cuestión es que el autor consigue explicar con claridad y de forma relativamente breve, algunas cuestiones políticas y jurídicas que ayudan a entender los acontecimientos a quien no esté familiarizado con esas cosas. Lo hace bien, con habilidad, y en eso aventaja a la mayoría de las novelas negras que he leído.

Termino: en esta tercera entrega, como con la primera, tan contento estaba Larsson con sus criaturas que acaba dando a Millenium y a sus empleados el tratamiento triunfalista reservado a los superhéroes: que nadie dude de que están al servicio del bien, que los malos se echen a temblar al escuchar su nombre. Y el resto, que se aparten admirados para dejar paso.



sábado, 23 de julio de 2011

viernes, 22 de julio de 2011

miércoles, 20 de julio de 2011

Historia de los siete ahorcados - Leónidas Andreyev

Leónidas Andreyev 1871-1919

Cuando uno pasa un fin de semana medio catatónico, quizá no puede disfrutar de ciertas novelas (por ejemplo de humor), y en cambio otras le vienen al pelo (como fue mi caso), como es la "Historia de los siete ahorcados", que en edición de Aguilar del año de la polka leí en este calamitoso estado.

Es, sin duda, una estupenda novela, que nos presenta distintos modos de afrontar la muerte; una por cada uno de siete condenados a la horca: un grupito de cinco terroristas (dos mujeres jóvenes y tres hombres, de ellos dos jóvenes y otro no tanto), un "trabajador" inadaptado que se había cargado a su amo, y un delincuente común. Describe las sensaciones francamente bien, y lo más curioso es que aunque las reacciones de cada uno de los condenados son distintas, al leerlas uno se siente identificado con todas. Sólo algo tienen las siete en común: los tremendos cambios de humor que arrastran los sentimientos de un extremo a otro.

Buena novela, poco leída en España (me temo), de las que hacen reflexionar (pues al fin y al cabo todos nos enfrentaremos al momento de morir), y muy apropiada para leer cuando uno no tiene ganas ni de levantarse de la cama.



domingo, 17 de julio de 2011

La terrible historia de los vibradores asesinos - Presentación


He aquí la noticia publicada en el Diario del Alto Aragón sobre la presentación en Huesca de finales de junio.

Para verla a tamaño completo, basta con pulsar en la imagen.

¡¡¡Gracias a todos los asistentes!!!





martes, 12 de julio de 2011

Los muertos no tienen amigos - Luis Gutiérrez Maluenda


Pese a que es calificada de novela “negra” a mi modo de ver se queda en gris (que no es lo mismo que mediocre) con topos a colores. Gris porque la intriga no es que sea precisamente intrincada y la forma de solucionarla es más bien simple. Tampoco los personajes resultan demasiado realistas, porque tienden a la caricatura. Además, algo raro hay en la estructura, porque de la “trama” el protagonista parece acordarse tras unas cuantas páginas que transcurren sin tener demasiada relación con la historia, o al menos sin que el lector sepa muy bien qué pintan.

Todo eso sería malo si estuviéramos ante una novela negra, pero los topos a colores indican que estamos más ante una novela de humor (porque creo que el objetivo del autor más es divertirse y divertir que entretener con un misterio). Desde ese punto de vista, la cosa cambia bastante.

La novela no arranca carcajadas, aunque sí alguna sonrisa, porque no está hecha para provocar desde lo inesperado, sino desde una ironía intencionadamente exagerada. El tono de caricaturesco tipo duro fracasado hasta en lo de ser duro, no deja de tener su gracia cuando se le coge el tranquillo al personaje. Y es que lo más divertido no son las situaciones, ni siquiera la mayoría de los personajes, sino el protagonista: Humphrey, un detective privado de poca monta que se mueve por el Raval. De alguna manera la forma en que se expresa recuerda a Seymour Skinner, el director del colegio de los Simpson. Y de hecho a veces las situaciones también son un poco “simpsonianas”.

Una novela para entretenerse y pasar un buen rato.